Crítica: La fiesta silenciosa (2019), de Diego Fried

La fiesta silenciosa (Argentina – 2019)
Debido a la crisis sanitaria este filme se estrena simultáneamente en Cine.Ar TV y Cine.AR Play (Gratis durante una semana).

Dirección: Diego Fried / Codirección: Federico Finkielstain / Producción: Martin Aliaga y Roxana Ramos / Guion: Nicolas Gueilburt, Luz Orlando Brennan, Diego Fried / Fotografía: Manuel Rebella / Música: Pedro Onetto / Sonido: Martin Grignaschi / Montaje: Mariana Quiroga / Dirección de Arte: Soledad Guerrero / Intérpretes: Jazmín Stuart, Gerardo Romano, Esteban Bigliardi, Gastón Cocchiarale, Lautaro Bettoni / Duración: 86 minutos.

El nuevo largometraje del director Diego Fried es un rape & revenge (violación y venganza) polémico, pantanoso, que así como carga con el mismo grado de intensidad anímica, sufre varias asperezas narrativas que elige pasar por alto. El día previo a su casamiento, Laura (Jazmín Stuart) y Daniel (Esteban Bigliardi) arriban a la casona del padre de ella, León (Gerardo Romano), para relajarse horas antes de la celebración que tendrá lugar ahí mismo. Lejos de descansar, la futura esposa discute con su pareja y se va de la casa-quinta sin destino. La errancia termina al toparse con una fiesta electrónica donde las personas bailan mientras escuchan la música con auriculares. Entre el nerviosismo por lo que sucederá mañana, y una necesidad desahogo, Laura se suma a los jóvenes y descarga todas las tensiones acumuladas. Primero bailando, luego con un chico, hasta que del beso apasionado, la imagen va a corte y la vemos en la oscuridad caminando entre lágrimas.

Con tal de tironear la narración al festín de venganza desenfrenada que es lo que exige el subgénero y, al fin y al cabo, lo único que realmente le interesa a la película, se saltean algunos trámites cruciales de guion como si fuesen obstáculos que hay que desmalezar para no perder tanto el tiempo. Ya la decisión impulsiva de irse a caminar sin rumbo está vagamente justificada por una embriaguez que nunca vemos. Si desde que llegan a la estancia Laura se presenta como una mujer con carácter, aguerrida y con cierta alteración interna por el evento del día siguiente, las copas de más que le señala Daniel no parecen modificar en nada su comportamiento. De la misma forma que entre el shock post-traumático y su impulso reaccionario casi no hay puntos medios. Laura regresa angustiada a la casa y a las horas, sale de nuevo, ahora con el arma cargada en la mano lista para inaugurar la cacería. Esta primera mitad no tiene otra razón de ser que poner en evidencia las conductas patriarcales que encapsulan a la protagonista y eso no está mal. De hecho, está muy bien siempre y cuando se tenga el tiempo para desarrollar todas esas micro-violencias que se suponen silenciosas (algo que en Los sonámbulos de Paula Hernández -2019- se resolvió con más sutileza que erupción), en vez de quedar reducida a la planicie de un poderoso cabeza de familia que le dice “princesita” a su hija y “cuidamela” a su yerno, el mismo yerno que inmediatamente después de la violación la presiona en la cama para tener sexo. Lo que nos queda entonces es que en el comprimido lapso que va de la tarde a la noche, Laura es víctima de todo lo que una mujer puede llegar a sufrir, y si el tecnicismo suntuoso de la cámara lo acompaña, no habría nada capaz de detener la implosión de la furia femenina. Sin embargo, no se le permite ni eso, de modo que los que van a encargarse de la venganza son su padre y futuro esposo, ambos amparados bajo la lógica machista de que el cuerpo violentado les pertenece, y por ende, la justicia por mano propia debe correr por su cuenta. Así es como los directores aprovechan para subrayar otra vez la opresión masculina, ahora sí con un sentido dramático no tan tosco, poniendo a su vez a prueba Laura que queda desplazada a la pasividad.

Es cierto que el rape and revenge al sostenerse bajo una estructura esquemática que va de un punto A a un punto B obliga, por el nivel de intensidad de ambos elementos, a tener que dar por entendidas algunas cuestiones. Históricamente, la distancia de clase explicaba sin mucha vuelta el porqué de la violación. La víctima concentraba para el atacante un doble deseo prohibido. No solo se apoderaba de un cuerpo femenino, sino de uno femenino y de una clase social superior, inalcanzable. La fuente de la doncella (Ingmar Bergman, 1960), Perros de paja (Sam Peckinpah, 1971), o hasta La Patota (Santiago Mitre, 2015)-que lleva con polémica hasta el extremo esta problemática dejando inconclusa la segunda pata del género al reemplazar venganza por perdón- son ejemplos claros. En este sentido, en un primer momento La fiesta silenciosa le escapa a este prejuicio al instalar su relato dentro de una geografía económicamente acomodada, de quintas inmensas y chicos bien que hacen lo que quieren cuando los papis no están en casa. Sin embargo, según la película, el que viola a Laura de ninguna manera puede llegar ser el carilindo con el que se estaba besando. Al principio, los flashbacks que sacuden a la protagonista no ayudan a entender bien el porqué de la angustia. Si es por haber engañado a su marido horas antes de casarse o porque el joven se propasó. Luego se revela que en realidad hubo un tercero en escena y que el violador era uno de los amigos, el anfitrión de la fiesta y como no podía ser de otro modo, el chico gordo que al no ser atractivo, el único método que encuentra para estar con una chica es violándola. Digamos entonces que lo que no tiene de prejuicio de clase, lo tiene de gordofobia. La intención de fondo pudo ser otra, un discurso contra la obligación por responder a cierto mandato masculino, pero de nuevo, el personaje de Maxi -que junto al resto de los chicos esta extraviado sin encontrar el camino de regreso a Proyecto X (Nima Nourizadeh, 2012)- queda como la única bestia en este lío. El suspenso arrolla con todo y no hay tiempo para andar reponiendo nada por lo que resulta más fácil teñir las zonas grises de rojo sangre y ya.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

 

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