Crítica: La corazonada (2020), de Alejandro Montiel

La corazonada (Argentina – 2020)
Estreno exclusivo de Netflix.

Dirección: Alejandro Montiel / Guion: Mili Roque Pitt, Alejandro Montiel y Florencia Etcheves, basada en la novela “La virgen en tus ojos” de Florencia Etcheves / Música: Nico Cota / Fotografía: Guillermo Nieto / Intérpretes: Luisana Lopilato, Joaquín Furriel, Rafael Ferro, Maite Lanata, Juan Guilera, Abel Ayala, Sebastián Mogordoy, Delfina Chaves, Marita Ballesteros / Duración: 116 minutos.

SUSPENSO SUSPENDIDO

La clave siempre está en los detalles. Porque no sólo se trata de sutilezas, algunas ligeras y otras más resonantes, que despiertan redes de intrigas o asociaciones entre las diferentes capas argumentales hasta convertirse en los catalizadores que permiten resolver un caso, sino también de los mecanismos constructores del ritmo del suspenso. Trazos que coquetean entre lo ordinario y lo categórico para poner en tela de juicio la perfección de un crimen, el comportamiento de los personajes –involucrados directamente o no–, las pequeñas acciones, el despliegue de ciertos objetos, los posibles motivos, el acopio de datos o el curso de una investigación. Estas propiedades le confieren, cada vez, un valor extra y tácito a través del vínculo entre las figuras de las páginas de los libros o de las pantallas y el público, donde éstos últimos aceptan introducirse en ese mundo, acompañar en la recolección de pistas, cuestionar procedimientos o conductas y llegar a un veredicto propio. Un acuerdo ineficaz si las señales fallan, no intervienen en la producción de sentido, los climas se mantienen constantes sin ningún tipo de sobresalto o si el conflicto nunca termina de manifestarse.

Ese es el gran problema de La corazonada: no genera tensión. El director busca despertar intrigas sobre ciertas pistas de forma infructuosa, ya que los personajes abandonan el interés enseguida y, luego, reaparece arbitrariamente como si siempre hubiera sobrevolado en la historia. Por ejemplo, la extraña marca en la piel de Gloriana Márquez, oculta a primera vista, por la posición del cuerpo. Tanto Manuela ‘Pipa’ Pelari como Francisco Juánez la consideran esencial para ubicar al asesino, aunque no lo vuelven a mencionar hasta un momento decisivo. Lo mismo ocurre con la caja vacía hallada bajo la cama. Una vez que la policía confirma que pertenece a una joyería costosa y de difícil acceso para una sospechosa, el objeto pierde importancia hasta que detona de improviso, casi por azar. Otras veces los detalles pasan inadvertidos hasta para los propios personajes como las fotos que ‘Pipa’ saca en el funeral o la visita a kiosco. Dos vínculos con la familia del joven muerto que no hacen más que acentuar el segundo plano en el que quedan, como si el asesinato no fuera más que una excusa para acercar a la joven policía con el jefe.

El otro inconveniente es que Alejandro Montiel replica casi perfectamente la estructura narrativa de su antecesora, Perdida (2018), restándole misterio porque el espectador puede adelantarse a los acontecimientos y dinámica, ya que en esta oportunidad los personajes se encuentran bastante más aislados. Ambas comienzan con un operativo ligado al secuestro de menores que nada tiene que ver con los próximos casos a desarrollarse –si bien se diferencian en que ‘Pipa’ trabaja en equipo en su primera misión, mientras que en la lanzada en 2018 lo hace sola y sin avisar a los compañeros–. Luego, gracias al pedido de una madre o del fiscal Roger, inicia una investigación a escondidas del jefe que demuestra que toma los casos de forma personal y aparecen dos jóvenes que la ayudan –Alina o Fito Lagos–. Y, por último, la confianza hacia los dos superiores. La relación con Ramón Oreyana resulta tan explícita que hasta nombra al gato como él y algunos flashbacks muestran cómo se conocieron, mientras que con Juánez se construye en el presente gracias al caso en el que son asignados juntos y a las averiguaciones que debe emprender sobre su presunta culpabilidad.

Más allá de no tratarlo mucho, los gestos y actitudes revelan una incipiente lealtad. A diferencia del filme anterior, cuyo final se desarrolla progresivamente y de acuerdo con la confirmación de sus interrogantes; en esta primera película original de Netflix producida en Argentina, se torna abrupto y, luego, personal, como si respondiera al título, a esa sensación inexplicable que aflora de golpe y que no puede transmitirse, por un lado, y tejiera un puente entre ambas ‘Pipas’, por el otro. El último atisbo de destello termina por esconderse debajo de una capucha.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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