Crítica: La biblioteca de los libros olvidados (2019), de Rémi Bezançon

La biblioteca de los libros olvidados / Le Mystère Henri Pick (Francia – 2019)

Dirección: Rémi Bezançon / Guion: Rémi Bezançon, David Foenkinos, Vanessa Portal / Producción: Eric Altmayer, Nicolas Altmayer, Isabelle Grellat / Música: Laurent Perez del Mar / Fotografía: Antoine Monod / Montaje: Valérie Deseine / Intérpretes: Fabrice Luchini, Camille Cottin, Alice Isaaz, Bastien Bouillon, Josiane Stoléru, Astrid Whettnall, Marc Fraize, Hanna Schygulla, Marie-Christine Orry / Duración: 100 minutos.

DIÁLOGO AMARGO

Rémi Bezaçon –basándose en la novela de David Foenkinos– lleva la idea de biblioteca como templo del conocimiento, de la imaginación y de la lectura a un nivel superior: la transforma en un espacio de convivencia entre lo consagrado y lo inédito, lo reproducido y el ejemplar único, a tal punto que las categorías de autor y obra les pertenecen por igual y sólo parecen diferenciarse por el letrero que indica que algunos estantes contienen material rechazado por las editoriales, en los diseños y encuadernaciones. Daphné Despero comparte esta creencia. Por eso, no sólo se emociona al visitar la sala, sino que queda fascinada leyendo uno de los cuadernillos y decide publicarlo enseguida. El instinto no le falla ya que Las últimas horas de una historia de amor obtiene un éxito inmediato. Frente a un diamante en bruto cargado de todos los elementos para convertirse en best-seller –historia de amor con nexos con la obra de Aleksandr Pushkin y escrito por un pizzero de Bretaña fallecido pocos años atrás–, el crítico literario Jean- Michel Rouche pone en duda la autoría de Henri Pick tras una entrevista en vivo con la viuda ganándose el repudio de la familia del difunto, colegas y seguidores. Una lucha que intenta dejar al descubierto el peso de cada voz autorizada ante la industria y el público. Un enfrentamiento que Rouche vuelve personal para descubrir al “verdadero autor” del libro.

Sin embargo, el director lo reduce a un simple capricho por el afán de proponer un vínculo absurdo e innecesario entre él y Joséphine Pick, que también falla porque ninguno de los dos está bien definido. Rouche es soberbio, vanidoso y sólo le importa develar que el reciente lanzamiento encierra un engaño. Aunque el personaje nunca tiene en claro la razón y eso lo desdibuja cada vez más a lo largo del filme hasta aplacarlo por completo. Mientras que ella se enoja ante la acusación sobre el padre pero, refugiada en la excusa de darle su merecido al crítico, termina por abandonar sus ideas y sentimientos para adoptar, en cierta medida, los del hombre. El ejemplo más claro es aquel en el que le menciona una carta que Pick le escribió de pequeña y decide buscarla para comparar los estilos. Cuando la leen juntos se da cuenta de que no era lo que recordaba. Pero ¿realmente sentía eso o fue producto de la lectura en presencia de Rouche? Daphné, por otra parte, pierde fortaleza una vez que edita el libro y los intentos por recuperar su brillo e intensidad tampoco son suficientes.

Lo mismo ocurre con el tratamiento argumentativo. A pesar del coqueteo con diferentes géneros y el despliegue de numerosos conceptos, temáticas y subtramas, La biblioteca de los libros perdidos carece de desarrollos profundos y conexos. Términos como figura de autor, fenómeno de masas o estilo aparecen por unos segundos y luego se extinguen, sin ser aprovechados o interactuar con los personajes y el argumento. ¿Cuál es el diferencial de Las últimas horas de una historia de amor? ¿El contenido en sí mismo o que fue realizado por un pizzero de un pequeño pueblo que escribía a escondidas? ¿Qué características debe tener un autor, según las editoriales? ¿Cómo se convierte una obra en universal? Todas estas preguntas quedan en el aire y Bezaçon pretende responderlas con un desenlace apresurado. Como bien lamenta Rouche en una escena “hoy sólo importa la forma”. Esa premisa es la que atraviesa todo el filme restringiendo la idea superadora del inicio a un objetivo arbitrario y conformando personajes sin matices, decisiones propias ni deseos. Una forma vaciada de contenido que, a su vez coexiste con todo lo demás.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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