Crítica: Jungla (2017), de Greg McLean

Jungla / Jungle (Australia / Colombia – 2018)

Dirección: Greg McLean / Guion: Justin Monjo, basado en el libro de Yossi Ghinsberg / Producción: Todd Fellman, Mike Gabrawy, Gary Hamilton, Dana Lustig, Greg McLean / Fotografía: Stefan Duscio / Montaje: Sean Lahiff / Dirección de arte: Diana Trujillo / Intérpretes: Daniel Radcliffe, Alex Russell, Lily Sullivan, Thomas Kretschmann, Yasmin Kassim / Duración: 115 minutos.

Es sabido, cualquier hecho verídico capaz de trasladarse a la pantalla pone a Hollywood con la lengua afuera y los ojitos brillosos, más allá de que luego de recrearlo la única conexión que se mantenga sea un simple cartelito de letras blancas sobre un fondo negro que diga “basada en una hecho real” porque es sabido, a Hollywood todo lo que le parece chico siempre puede ser más grande. Bajo esta lógica de la espectacularización ha caído la historia de Yossi Ghinsberg (Daniel Radcliff), un joven israelí que durante un viaje como mochilero en Bolivia, emprende una expedición hacia la selva amazónica seducido por Karl, un misterioso aventurero que le asegura la existencia de una tribu desconocida (Indiana Jone meets Into the Wild).

Gregg McLean, conocido principalmente por los slashers australianos Wolf Creek y Wolf Creek II, desperdicia aproximadamente una hora en una introducción que se empeña en dibujar con una prototípica profundidad cada personaje para luego, dejar a Yossi aislado, luchando contra alucinaciones y fantasmas de un pasado biográfico que nunca antes había sido mostrado pero que el director igual implanta en forma flashbacks. Habiendo visto 127 Horas, Naufrágo o ¡Viven!, uno pensaría entonces qué otra cosa más allá de la locación puede actualizar un género que es bastante claustrofóbico y unidireccional en sus posibilidades narrativas. Al fin y al cabo no hay mucha vuelta: o sale vivo o no sale y en este caso, la respuesta está escrita de antemano.

A lo largo de las tres semanas no pasa mucho aunque la música pretenda aparentar lo contrario con ese subibaja invasivo de fade in y fade out. El cuerpo de Yossi va transformándose poco a poco, a medida que su cabeza desbarranca hasta alcanzar una especie de epifanía en un autosacrificio cuasi religioso con hormigas (si su viaje a Bolivia estaba motivado por la búsqueda del sentido de la vida podríamos decir que lo terminó encontrando). Además de la evidente pérdida de masa corporal, se le pudren los pies y debe extirparse un parásito subcutáneo de la frente en un claro desvío de esta historia de aventuras al plano del body-horror y el terror psicológico, aquel en el que McLean sabe cómo sacar provecho.

Para quien vio Deliverance (1972) es inevitable no pensar en Jungla como su versión amazónica. Desde las caracterizaciones bien definidas de los cuatro miembros del grupo y la competencia tacita por quien lleva más testosterona en sangre, hasta los rápidos del río -esas gargantas aguadas de la muerte capaces de tragarse en un segundo a quien las navegue. Pero mientras el clásico de John Boorman apoyaba su relato sobre la reflexión consciente del choque entre civilización y barbarie, el filme de McLean es una odisea que va implantando tópicos dispares a fin de engrosar una historia que desde el principio ya conocemos su resolución. Queda entonces el foco puesto en cómo un esquelético Radcliff se las arregla sin su varita mágica para sobrevivir en un territorio que poco tiene de peligroso (se ve que Noé no pudo llegar con su arca a la selva para depositar algo de fauna) y para sostener una película con más maquillaje que alma.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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