Crítica: Gauguin, viaje a Tahiti (2017), de Edouard Deluc

Gauguin: viaje a Tahiti / Gauguin – Voyage de Tahiti (Francia – 2017)

Dirección: Edouard Deluc / Guion: Etienne Comar, Edouard Deluc, Sarah Kaminsky,Thomas Lilti / Fotografía: Pierre Cottereau / Montaje: Guerric Catala / Música: Warren Ellis / Producción:Bruno Levy / Intérpretes: Vincent Cassel, Malik Zidi, Ian McCamy, Pua-Taï Hikutini, Pernille Bergendorff / Duración: 102 minutos.

Este segundo filme de ficción del director francés Edouard Deluc, al que conocimos por su ópera prima Voyage, Voyage (2012), una película filmada en Mendoza que presentaba otra propuesta diferente en cuanto a modelo argumental pero que se une a esta nueva propuesta claramente por la mirada de Deluc como amante de los paisajes y las panorámicas con las que nos zambulle su nuevo filme Gauguin,viaje a Tahiti. El título ya da la pista argumental de que se trata de la biopic focalizada en una parte fundamental de la vida del pintor post impresionista francés: su viaje a la Polinesia, donde nacen sus inolvidable figuras de la selvática y colorida isla.

El pasaje de la vida del artista que la película retrata especialmente, o al menos eso intenta, es aquel de sus últimos días en París y su partida a Tahití en 1891 dejando en Francia a sus hijos y esposa. A estos hechos y por elipsis continuamos con parte de su estadía en Mataiea un pueblo primitivo y agreste lejos de Papetee capital de la colonia donde el pintor había pasado unos años, pero esta parte del viaje no forma parte del relato cinematográfico.

El centro de la narración se da en Mataiea con el inicio de su desgaste cardíaco y su salud quebrantada por la miseria y la soledad. Desde allí vamos avanzando directamente hacia el encuentro con la joven tahitiana Thea´mana a la que él llamaba Tehura ya que con ella tendrá una relación amorosa, artística y erótica que lo marcará tanto en su vida personal como en la expansión expresiva de su discurso plástico. Tehura fue la musa inspiradora central esta etapa: la del salvajismo de la Polinseia.

Todo este proceso perteneciente al estilo llamado “primitivismo” define su identidad pictórica con una sensualidad exótica, la ausencia de una perspectiva clásica, una paleta de colores saturada y plena, más una pincelada intensa lejos del impresionismo más sutil. Gauguin construye una nueva relación con lo salvaje, lo primario, creando desde estos valores un nuevo discurso para la pintura occidental.

El filme adapta de manera libre sus diarios de viaje llamados: “Noa noa” (significa “perfume” en tahitiano) y que el mismo Paul Guaguin publicara en 1901. Sobre este texto autobiográfico Deluc y un equipo de guionistas buscan recrear un relato de formato audiovisual. Pero la adaptación no solo es libre en el mejor de los sentidos, sino que muy alejada de todas las reflexiones que el artista había plasmado en esas páginas sobre el proceso de revelación y cambios de su obra, textos que marcan esos diarios a fuego y que le dan la entidad a esa etapa de su vida que tiene en toda su obra.

Otra elección del filme que da por resultado algo blando y agradable, lejos de la personalidad que han elegido retratar, son tanto la música incidental como el exceso de paisajes de amable factura, bonitos más que bellos, y para nada emocionales, o sea no funcionan como un espejo del mundo interior de un arrebatado Gauguin.

Vincent Casell lo encarna con solvencia, tanto su physique du rôle como su expresividad son posibles para ese imaginario Paul, ayudando bastante a ello los pocos diálogos que proponen un clima más visual, pero pobre en el plano sonoro y muy endeble en el uso del habla local que el actor no logra resolver con suficiente credibilidad.

La bella Tehura es la excusa para tratar de poner en el relato amoroso las tintas fuertes. Pero si de amores en el mundo de los artistas hablamos no es este ni el más intenso ni el más exótico.

El choque de culturas es parte central de sus diarios y la película aborda este tema pero recae en cierta tibieza narrativa que peca finalmente de ineficacia.

Un personaje complejo y contradictorio como Gauguin no se ve reflejado en toda su espesura, pero menos aún vemos la maravilla de las obras que en esta época logra dar a luz.

Quienes nada conocen de la vida del artista se llevarán un relato fresco y fácil de seguir como un paseo superficial pero no por eso falso. Incompleto en su corte biográfico y cuidado en su factura técnica, lo que nos deja es un paisaje amable pero de poca fuerza retratista.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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