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Crítica: Fuego en el mar (2016), de Gianfranco Rosi

Fuego en el mar / Fuocoammare (Italia / Francia – 2016)

Dirección y fotografía: Gianfranco Rosi / Guión: Gianfranco Rosi, sobre una idea de Carla Cattani / Edición: Jacopo Quadri / Producción: Donatella Palermo, Gianfranco Rosi, Serge Lalou, Camille Laemle, Roberto Ciccutto, Paolo Del Brocco, Martine Saada, Olivier Pere / Intervienen: Samuele Puccilo, Maria Signorello, Pietro Bartolo, Maria Costa, Giuseppe Fragapane, Francesco Paterna, Mattias Cuccina, Francesco Mannino / Duración: 108 minutos

COSTUMBRES DEL AGUA

La oscuridad casi impenetrable parece no sólo devorar la imagen, sino también al movimiento. Sin embargo, y con dificultad, se perciben dos antenas que giran de forma continua. El silencio pronto se interrumpe al recibir un mensaje por radio, un pedido de auxilio y un  reclamo por Dios pero no indica en qué posición se encuentra el bote. La voz se desvanece, como si hubiera sido engullida por la espesura de la noche.

Ya dentro de la cabina y con el único reflejo de los radares se escucha un segundo llamado; una mujer que ruega por ayuda. Esta vez, el hombre consigue las coordenadas y le pide calma. Con los primeros rayos de sol, los rescatistas parten en su búsqueda.

El pasaje del día a la noche o, mejor dicho, el contraste entre luz y sombra funciona como rasgo inherente de las dos historias planteadas en Fuocoammare: por un lado la vida cotidiana de la isla de Lampedusa, ubicada al sur de Sicilia; por otro, las tareas de rescate de los inmigrantes africanos y del Medio Oriente.

De esta forma, las escenas diarias de la isla están trabajadas durante el día, con gran detenimiento en el detalle y bajo el recorte de dos micro relatos. El de mayor protagonismo es Samuele, un chico que juega a disparar con gomera con su amigo y en escenas con su padre y abuela; el otro caso es una pareja de ancianos, cuya esposa llama a una radio para dedicar canciones italianas, una de ellas llamada Fuocoammare.

La oscuridad abarca la mayoría de las escenas de rescate, con la salvedad de algunas bajo el sol en botes perdidos en el agua. El director Gianfranco Rosi retrata la gran cantidad de inspecciones por las que deben transitar los inmigrantes pero sin explayarse sobre ellas y las  intercala con las experiencias personales y un breve testimonio de un médico. Una escena bastante cruda es aquella en la que un grupo de  jóvenes cuenta su travesía por varios países hasta el escape por mar.

Si bien la película no apela el efectismo y está construida desde la delicadeza del tema, tampoco termina por abordarlo de manera profunda o de establecer una postura frente a ello. Más bien se evidencia el despliegue del material con cortes de costumbrismo que, en muchas ocasiones, adquieren un mayor tratamiento, por ejemplo, las reiteradas apariciones de Samuele queriendo cazar pájaros pero no se conectan en ningún momento.

“En Lampedusa, todos somos marineros”, le dice un chico a Samuele. Quizás el mar sea el elemento común: para unos, la salvación; para otros, su forma de vida.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

 

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