Crítica: Estoy acá, Senegal en Buenos Aires (2017), de Bramuglia y Tabacznik

Estoy acá, Senegal en Buenos Aires (Argentina – 2017)

Dirección, Guion y Producción: Juan Manuel Bramuglia y Esteban Tabacznik / Dirección de Fotografía: Juan Manuel Bramuglia / Montaje: Alberto Ponce,
Juan Manuel Bramuglia y Esteban Tabacznik / Intervienen: Ababacar Sow, Mbaye Seck, Florencia Curto, Marcos Filardi, Dame Diagne, Khadim Diaga, Daouda Sarr, Laura Iorio y Cheikh Mbacké / Duración: 77 minutos.

LA IMPORTANCIA DE PERTENECER

¿Cómo acostumbrase a vivir en un país tan alejado de las costumbres, creencias o del idioma? ¿De qué manera influye ese nuevo contexto en los pensamientos, en la personalidad y hasta en la forma de concebir al país de origen? ¿Cómo afrontar el desfasaje entre la ilusión de internet o de una idea popular y la realidad propiamente dicha? ¿Cuál es el lazo entre nacionalidad, tránsito, refugio y arraigo para un inmigrante? ¿Dónde encontrar la belleza? ¿Cómo sortear las miradas de familiares y compatriotas? Estas son algunas de las cuestiones más importantes trabajadas en Estoy acá, articuladas por las historias de vida de los senegaleses Ababacar Sow y Mbaye Seck, la memoria, las concepciones fijadas en ambas culturas, el contraste entre las tradiciones y la idea de familia y el diálogo permanente entre ellos durante largas caminatas por la ciudad.

Tanto el comienzo como el final tienden a un tono poético desde las imágenes y las reflexiones. Un inicio con la cámara en contrapicado que registra a través de planos detalle y una fuerte presencia del sol el monumento al Renacimiento africano ubicado en Dakar. Luego y ya en subjetiva aparece el ex mercado de esclavos de la isla de Gorea junto a una voz en off que indica que las generaciones pasadas construyeron Europa y América y que los blancos se llevaron el dinero que ahora deben ir a buscar como inmigrantes vendiendo bijouterie, anteojos, relojes, carteras o ropa, por ejemplo. Lo que seguramente llamará la atención de los espectadores locales es la fuerte creencia de Argentina como país rico en un nivel equiparable al primer mundo y no tanto cómo dicha fantasía se hace pedazos una vez en el país. Ababacar cuenta que preguntó varias veces si estaba acá porque no concordaba con lo que pensaba y que le robaron la mochila con direcciones la primera noche mientras dormía en la calle, la sensación permanente de robo en los ciudadanos o los controles policiales donde se quedan con la mercadería, con la recaudación y los celulares. Frente a una intención de intercambio cultural con lo más sobresaliente de ambos sitios, las condiciones de vida se tornan hostiles y solitarias.

Uno de los aspectos más interesantes del documental tiene que ver con el despliegue de los puntos de vista contrarios de los protagonistas, que se conocieron en una pensión y se hicieron amigos. Si bien los une la nacionalidad, las costumbres y la distancia con la familia, los diferencian los objetivos, las miradas sobre la inmigración, sobre el país y el futuro. Mbaye Seck parece sólo interesarse por ganar dinero (la reiteración excesiva se vuelve molesta) y no puede evitar comparar ambas formas de vida (una individual y otra en comunidad, con puertas y piezas abiertas) soñando con el regreso definitivo a Senegal, mientras que Ababacar se focaliza en su crecimiento personal desde el trabajo estable junto a quien fue su tutor, el estudio, la casa propia, la pareja y la belleza del paisaje y la gente. Uno no puede dejar de concebirse como extraño, el otro consigue adaptar sus raíces tomando lo mejor de ambos mundos.

Además de la evidente oposición, los directores Esteban Tabacznik y Juan Manuel Bramuglia contrastan las formas de habitar esos espacios y lo desafortunado de algunas nociones fundadas en ambas perspectivas. Utilizan la celebración religiosa como claro distintivo: por un lado, un acontecimiento colectivo, con discursos que apelan al mejoramiento propio y a la convivencia; por otro, diversos grupos con micrófono o música en medio de la plaza Once mencionando conceptos sueltos y la atención dispersa de los transeúntes. Por supuesto, no se trata de ritos comparables pero la intención parecería ser la de subrayar los valores de comunidad del primero y de aislamiento del segundo. Esto mismo se replica en las largas caminatas de ellos por diferentes barrios con gente que los mira con desconfianza y los desplazamientos en grupos allá, aunque teman las miradas de los demás y los consideren “toubab-wawa” (blancos- negros por haber adoptado las costumbres). También Mbaye señala lo absurdo de pensar a Argentina como símbolo de abundancia económica, a Senegal con gente que vive con los leones o África como un único y gran país.

El final busca recuperar el nexo entre poética e historia del principio en una suerte de paralelismo pero no logra su cometido y las reflexiones quedan un tanto desdibujadas. Si bien la película se grabó hace unos años resulta innegable su vigencia a nivel local como en el resto del mundo tanto por la inmigración como por los pensamientos arcaicos instaurados en las sociedades y acerca en primer plano cómo los argentinos somos vistos y considerados por fuera de las burbujas personales.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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