Crítica: Es sólo el fin del mundo (2016), de Xavier Dolan

Es sólo el fin del mundo / Juste la fin du monde (Francia / Canadá – 2016)

Dirección, Guion y Edición: Xavier Dolan / Fotografía: André Turpin / Música: Gabriel Yared / Elenco: Marion Cotillard, Léa Seydoux, Vincent Cassel, Gaspard Ulliel y Nathalie Baye / Duración: 97 minutos.

UN NUEVO RETORNO

Juste la fin du monde, sexta película del canadiense Xavier Dolan presenta una adaptación del texto teatral homónimo del dramaturgo francés Jean Luc Lagarce. Fiel a la fuente de su inspiración y encontrando en las líneas teatrales una gran identificación con los temas que a él le preocupan, el realizador supo cómo solucionar el pasaje de un lenguaje a otro. Sin apartarse de la trayectoria estilística que lo caracteriza, Dolan pone en escena el drama de una familia que no sabe escucharse a través de primeros planos que delimitan su espacio de acción.

Situada en “algún lugar, en algún tiempo”, la película narra la historia de un hijo que decide volver al hogar familiar (del cual alguna vez huyó incomprendido) para anunciar su inminente muerte. Nada sabemos de esta familia disfuncional hasta que comienzan a revelarse las posiciones de cada uno de sus integrantes: Martine (Nathalie Baye) es una madre viuda que carga con la vida de sus tres hijos: Suzanne (Leà Seydoux) la menor de la familia, Antoine (Vincet Casell) el antagonista de su hermano menor y Louis (Gaspard Ulliel) el protagonista de la historia, un escritor y director de teatro, aparentemente homosexual. A su vez, la familia está conformada por Catherine (Marion Cotillard) esposa de Antoine y personaje que ayudará a aliviar el intenso momento que Louis pasará en la casa.

La motivación del regreso a casa es muy sencilla, hay algo importante que anunciar pero rápidamente el mensajero se transforma en receptor cuando se encuentra, luego de doce años, con su madre y sus hermanos quienes prácticamente no lo conocen pero tienen mucho que reprocharle. Louis es un alma sensible de pocas palabras y es esa característica la que habilita al resto de la familia a evitar el silencio y llenar el vacío con palabras de poco contenido, pero que descubren traumas y frustraciones de sus vidas estancadas en esa casa del pasado.

Juste la fin du monde, así como Tom en el granero, es la adaptación de una obra teatral y en tal caso, lo que debería cuestionarse es cómo se produce el pasaje entre lenguajes porque es aquí donde considero se presenta una de las decisiones más arriesgadas de su joven filmografía. Dolan elige filmar a sus personajes en acotadísimos primeros planos, situación extrema que muchas veces ha resultado fallida. Aquí, no sólo el recurso está muy bien aprovechado sino que es el elemento esencial que dota al filme de personalidad. A través de esos acercamientos permanentes a los rostros de los actores, lo que prima es el gesto, cada mínimo movimiento de la boca, cada desvío de miradas al suelo y cada lágrima que brota pero que no rueda por la mejilla son los signos que revelan los sentimientos que las palabras no pueden expresar.

Y no es que sea un filme silencioso, más bien todo lo contrario. Aquí las palabras y los sonidos sobran y se pueblan de gritos, música de la radio y ruidos de electrodomésticos que no cesan de colaborar en la preparación del gran banquete en honor a la llegada del hermano fantasmagórico. Pero es ese contraste el que funciona para hacer de Juste la fin du monde una película que sumerge a su audiencia en la historia familiar de una forma brutal ya que no tendrá más nada que hacer que prestar atención obligada a los rostros y jugar a descifrar qué más podría suceder durante ese almuerzo de verano.

Una de las grandes novedades que trae el filme es el manejo del tiempo, Dolan acostumbra a presentar un tiempo incierto en el que no podemos calcular cuánto transcurre entre escena y escena creando una atmosfera de incertidumbre con la que juega a mostrar eventos del pasado, el presente o el futuro de forma indiscriminada. En esta oportunidad se arriesga nuevamente y propone un tiempo marcado por varios signos: por un lado el tiempo de preparación de comida y sus pasos (entrada, primer plato y postre) que marcan el tiempo cronológico y por el otro el tiempo de vida que le queda a Louis. Ambos se entrelazan y marcan el ritmo interno de la película.

Lo que deja un cierto sabor amargo es la utilización de una metáfora que bien podría haberse evitado pero allí está y pronto se olvida gracias a la selección de la banda sonora repleta de hits de ahora y de siempre que descomprimen la tensión y dan una bocanada de aire fresco.

Por Paula Caffaro
@paula_caffaro

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