Crítica: En pedazos (2017), de Fatih Akin

En pedazos / Aus dem Nichts (Alemania / Francia – 2017)

Dirección: Fatih Akin / Guion: Fatih Akin, Hark Bohm / Producción: Fatih Akin, Ann-Kristin Hofmann, Nurhan Sekerci-Porst, Herman Weigel / Música: Josh Homme / Fotografía: Rainer Klausmann / Montaje: Andrew Bird / Intérpretes: Diane Kruger, Denis Moschitto, Samia Muriel Chancrin, Numan Acar, Hanna Hilsdorf / Duración: 106 minutos.

La última del director turco-alemán Fatih Akin es una venganza anti neo-nazi, algo así como lo hubiese sido Unglorious Bastards si en lugar de haber sido fecundado por el cráneo alterado de Tarantino hubiese estado en manos de alguien cuyas intenciones fuesen más pragmáticas, humanas, dispuestas a extender la discusión en torno a los ataques terroristas por parte de grupos de extrema derecha contemporáneos. En definitiva, una crítica anti-nazi sin tanto vuelo ficcional y más arraigada a las víctimas periféricas que provoca el odio racial. Tomando como puntapié una serie de atentados perpetuados por la organización Clandestinidad Nacionalsocialista donde fueron asesinados un total de nueve inmigrantes, En pedazos expone sin miramientos el duelo de Katja (Diana Kruger), quien sufre la pérdida de su hijo y su marido kurdo durante una explosión en el barrio turco de Hamburgo.

Akin toma la decisión de estructurar la película en tres pedazos. Un comienzo que inicia con la peor noticia que puede recibir una madre y su cruenta batalla por mitigar el dolor dejando en claro que por más manos complacientes que le apoyen en la espalda nadie le dará el impulso necesario para seguir con su vida. En criollo: si no se rescata ella, no la rescata nadie. Y justo cuando está a punto de tocar el fondo de la bañera, un llamado interrumpe su fatal decisión. Le avisan que apresaron a quienes ella creía que eran los principales victimarios y Katja renace ensangrentada.

A partir de aquí la trama se reactiva y el filme transitará del drama familiar al drama judicial y luego al thriller, sin decaer jamás en tensión -por cierto, muy lograda la banda sonora compuesta por Josh Homme-. Sin embargo, la posición tomada por el director y su maniqueísmo por hacer que empaticemos con la protagonista oblitera cualquier profundización sobre el neo-nazismo en estos tiempos. Los sospechosos son planos, chatos, están a dos frases de ser bolos, simplemente portan con orgullo su rostro ario haciendo que el plano ideológico resulte igual de superficial. A fin de cuentas da lo mismo si la causa fue por odio interracial o por un ajuste de cuentas entre narcos (primera presunción que toman los investigadores debido al pasado criminal de su esposo), el crimen es solo el telón de fondo de una historia moldeada a la psicología ultra temperamental de su protagonista.

Durante el extenso juicio que dura casi un tercio de la película -sostenido gracias al inteligentísimo truco y retruco de los abogados- en un momento se describe con detallismo forense el estado de los cadáveres. Se explican las causas de muerte, se mencionan las extremidades desmembradas y los ojos derretidos de su hijo, una imagen macabra que Katja tendrá presente cuando se enfrente al vacío legal. Si el sistema judicial fracasa, habrá que seguir por la banquina. Se podrá decir que por mas tatuajes que le dibujen, por más que el negro del luto le calce perfecto para resaltar su perfil de madre rockera, cuesta imaginársela sola, tras los pasos de una micro-célula nazi, jugando a ser Kill Bill. Aunque eso ya corre por cuenta del director. Lo que queda claro es que sobre la actuación de Diana Kruger -premiada como mejor actriz en Cannes- preferible callar y entregarse por completo al despliegue torrencial y explosivo con que encara sus acciones.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

75%
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