Crítica: El príncipe (2019), de Sebastián Muñoz

El príncipe (Chile / Argentina / Bélgica – 2019)

Dirección: Sebastián Muñoz / Guion: Sebastián Muñoz, Luis Barrales, basado en la novela de Mario Cruz / Producción: Producción: Roberto Doveris, Marianne Mayer-Beckh, Nicolás Grosso, Federico Sande Novo, Griselda González Gentile, Mark Leonard Rees / Fotografía: Enrique Stindt / Montaje: Danielle Fillios / Música original: Ángela Acuña / Intérpretes: Alfredo Castro, Juan Carlos Maldonado, Gastón Pauls, Lucas Balmaceda, Cesare Serra, Sebastián Ayala, Jose Antonio Raffo / Duración: 95 minutos.

Jaime (Juan Carlos Maldonado) llega a la cárcel con la cola entre las patas después de asesinar a sangre fría a su amigo el Gitano, en un ataque de celos por haberlo visto bailar con otro. Jaime es un animal indefenso metido en un terreno salvaje y ajeno a su mundillo adolescente. En la celda conoce a un grupo liderado por “El Potro” (Alfredo Castro), un antiguo convicto, conocido entre los pasillos, con quien establecerá una intensa relación ordenada por la lealtad y el padrinazgo. Con el tiempo, lo incontrolable de la pasión irá carcomiendo los bordes y el rol de cada uno en esa relación de poder sufrirá un enroque. Si en principio “El Potro” ocupa el papel de ese padre que educa a su hijo a los golpes, una vez que Jaime –ahora bautizado como “El Príncipe”- entiende que su belleza (una belleza puramente física, narcisista y vacía) puede ser un arma tan o más poderosa que los años de antigüedad en la prisión, las cosas empiezan a cambiar y los celos, el despecho, la posesión del otro, se vuelven una moneda que va pasando de mano en mano hasta quedar manchada con sangre. En este punto, no deja de ser llamativo como la violencia pareciera ser el único combustible capaz para la construcción de una relación entre hombres. Lo mismo ocurre con el sexo. Hay una insistencia por parte del director Sebastián Muñoz en mostrar lo genital que termina no solo alejándolo de cualquier intento de erotismo sino acercándolo al morbo más llano. Por ejemplo, una de las únicas apariciones en escena que tienen los guardia cárceles los muestra introduciéndole a un personaje una cachiporra en el culo.

La atención que le brinda el director al vínculo entre los dos protagonistas -un vinculo intenso, tóxico y evidentemente necesario para el autodescubrimiento de la sexualidad del pequeño efebo- lo beneficia a la hora de concentrarse en lo que quiere contar. No hay motines, no hay peleas en los comedores, los patios, ni en las duchas y cuando estos roces aparecen están siempre atravesados por un impulso amoroso, pasional o de despecho. Incluso, uno podría pensar que la cárcel consiste en apenas una celda, un pasillo y un baño donde se alojan solo prisioneros homosexuales. En este sentido, no hay dudas de que El Príncipe como drama carcelario (porque además de eso es también una coming of age, una buddy movie y un melodrama) explota al máximo la cuestión de la asfixia. Una vez que Jaime cae preso, el exterior desaparece por completo. Apenas la voz de un noticiero radial nos ubica en tiempo y espacio: Chile, principios de los años 70, meses antes de la asunción de Salvador Allende. Los cuerpos se mueven entre las sábanas, las pieles se pegan bajo el agua de las duchas, los presos se amontonan en los cuartos como si no hubiese espacio para todos. Hay encierro y mucho, tanto que hasta parece posible sentir el olor. Así es como una vez que Jaime cae preso, la película jamás saldrá de esas paredes. Y si pretende hacerlo estará obligada a interrumpir sí o sí el presente del relato a través de una serie de flashbacks caprichosamente insertados (nunca se sabe si son recuerdos del protagonista o se lo está contando a alguien) que explican cómo este joven sediento, confundido y guiado por su instinto más profundo y animal, degolló con una botella partida a su mejor amigo para terminar convirtiéndose en un príncipe sin corona, ni territorio, pero con la seguridad de ser propietario de sí mismo.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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