Crítica: Judy (2019), de Rupert Goold

Judy (Estados Unidos – 2019)

Dirección: Rupert Goold / Guion: Tom Edge, basado en la pieza teatral End of the Rainbow, de Tom Edge y Peter Quilter / Producción: David Livingstone / Fotografía: Ole Bratt Birkeland / Montaje: Melanie Oliver / Intérpretes: Renée Zellweger, Rufus Sewell, Jessie Buckley, Finn Wittrock, Darci Shaw, Michael Gambon, Bella Ramsey, John Dagleish, Gemma Leah Devereux, Andy Nyman, Gaia Weiss, Phil Dunster, Fenella Woolgar / Duración: 118 minutos.

En los últimos años hubo una reverberación de películas donde la biografía de un personaje reconocido y exitoso en algún campo artístico (o no) sirve de puntapié para el desarrollo de una historia que, cercana o no a los hechos verídicos, tiene como intención última acercarnos a estas figuras desde la más alta ebullición dramática. Este tipo de biopics a las que podríamos llamar comerciales suelen responder a un armazón narrativo reconocible que pivotea por completo sobre el cuerpo del actor o la actriz protagonista. Casos como El primer hombre en la luna (2018), Bohemian Rapsody (2018) o Rocketman (2019) ejemplifican esta fórmula efectiva en la que se toma un período específico de la vida de una celebridad con la creencia de que ese retazo colmado de la mayor cantidad de hechos trágicos (porque si hay algo que manda acá es el drama) resulte significativo para abarcar la totalidad de la persona. Si hay alguien que vivió su paso por esta tierra de forma turbulenta, entre la luz y la sombra, con un pie en el paraíso artificioso de Hollywood y otro sumergido en el infierno de esa misma industria que la explotó desde muy pequeña para terminar convirtiéndola en el producto que hoy todos conocemos, fue la actriz y cantante Judy Garland.

Una de las escenas que abre Judy nos muestra a una niña caminando entre grúas y paredes de cartón acompañada de un hombre grandote, quien no es ni más ni menos que Louis B. Mayer, empresario ejecutivo de MGM, una de las majors que ayudaron a constituir al cine como una de las industrias más poderosas. El señor le habla y hace una distinción entre dos tipos de personas: la gente común y corriente que tiene una vida ordinaria y muere en el anonimato; y aquellos especiales, que fueron tocados por la varita mágica del éxito y cuya misión es venderle sueños a los que pertenecen al primer grupo. A continuación, el flashback se desvanece como una fantasía y volvemos al tiempo del relato. Obligada a dar conciertos para sobrevivir y en plena disputa por la tenencia de sus hijos, Judy Garland ha dejado de ser la pequeña Dorothy y el tornado que la arrastró hasta la tierra de Oz no es nada comparado con el espiral descendente, inevitable y real en el que se ha convertido su vida. Las deudas se acumulan, los estudios no la llaman y la estrella que supo iluminar la era dorada de Hollywood comienza a titilar cada vez más lento. A esto se le suma el consumo de pastillas, iniciado en su juventud por obligación de los estudios para adelgazar, y que será una constante hasta terminar causando su muerte.

La película toma como eje la gira que la llevó a Londres en 1968 con la excusa de devolver la imagen miserable y prefabricada de lo que fueron los últimos meses de la actriz. Una buena oportunidad para hacerle justicia a los golpes que recibió la actriz hubiese sido que su director Rupert Goold retome la figura con algunas rupturas a la biopic convencional en vez de entregarse al camino fácil y predeterminado que impone la industria. Otra vez la lupa está puesta en las tragedias y humillaciones de un famoso que alcanzará su falsa redención en la escena final, con el micrófono en mano y alumbrada por infinitos flashes que tan rápido como se prenden, se apagan. Por eso, si la atención está puesta en sus fracasos, como madre, como cantante, como pareja, justificado ligeramente por dos o tres flashbacks de su infancia, no es extraño que la interpretación de René Zellweger encuentre su potencial en lo corporal y no en lo psicológico. Algo similar a lo que se decía de Joaquín Phoenix en Guasón. El actor es una máscara, es un doble, por lo que solo se tiene acceso al costado más superficial de su personalidad que es a su vez, (¡oh casualidad!) su costado más amarillista.

En este caso al estar el personaje reducido al insomnio, los blísteres y el maltrato hacia cualquiera que quiera darle una mano, la encarnación que hace la actriz protagónica termina apoyándose completamente en la manera en que el personaje canta y en cómo se desplaza por el escenario. Pero sobretodo, en la postura levemente inclinada que elige Zellweger para representar a una Judy que se la pasa tambaleando como un animal herido por los efectos del alcohol y los barbitúricos. Los únicos instantes en los que la película quiere que la veamos brillar son en las secuencias musicales, cuando toma el micrófono y vuelve a repetir como una autómata los mismos pasos que el público anónimo y distante quiere que haga. Por eso, si hay una escena que nos devuelve una veta de humanidad es cuando la pareja gay de fanáticos suyos la invita a cenar a su casa. Solamente ahí, cuando la estrella baja de ese cielo de fantasía y tiene contacto real con los simples mortales se nos permite ver algo más que un conjunto de golpes bajos, gritos, histeria y rímel corrido.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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