Crítica: Drift (2017), de Helena Wittmann

Drift (Alemania – 2017)
Estreno exclusivo a través de la plataforma Puentes de Cine.

Dirección y Fotografía: Helena Wittmann / Guion: Helena Wittmann, Theresa George / Música: Nika Son / Intérpretes: Theresa George, Josefina Gill / Duración: 98 minutos.

Drift (2017) es un filme experimental de la directora alemana Helena Wittmann que propone la vuelta a la naturaleza a través de la contemplación de los espacios abiertos, y en especial, la experiencia hipnótica y de atracción magnética que nos produce la visión del mar. La historia que nos cuenta es mínima, dos mujeres jóvenes, Josefina, argentina, y Therese, alemana, están de viaje por Europa. Josefina volverá a la Argentina, y Therese comenzará un viaje interior abismático en el que descubrirá las fuerzas desatadas de la naturaleza.

EL VIAJERO SOBRE EL MAR DE NUBES

La directora toma uno de los procedimientos del pintor romántico alemán Caspar David Friederich que representó en su obra más conocida, El viajero sobre el mar de nubes, de espaldas a su espectador y de pie al borde de un abismo mirando al mar. Las dos protagonistas del filme, Josefina y Therese, miran al mar desde un monte, a través del parabrisas de un auto, desde un balcón de habitación de hotel, desde un velero, o desde la orilla de la playa. El contraste entre la inmensidad del mar, su belleza sublime, en el sentido romántico de la palabra, su poderosa e imponente belleza irá minimizando, y más tarde en el relato, desplazando la figura de las dos mujeres hasta convertirlas en presencias irrelevantes inmersas dentro de la inmensidad del mar, del cielo y de la tierra.

A medida que el relato avanza y va ganando terreno la naturaleza, en este caso el mar como una fuerza todopoderosa de esa misma naturaleza, nuestra percepción de algún modo se irá des automatizando y virará el foco de atención de las protagonistas, que pasa a un segundo plano, a fijarlo en la naturaleza desatada del mar. Lo que era fondo pasa a ser figura, y la figura sale de campo, y el paisaje es el que termina predominando en el relato. La directora nos propone así un volver a la naturaleza, en una especie de desantropomorfización del paisaje como postulaban los románticos alemanes.

Ya no es la palabra la que se impone en el relato, ya que el diálogo irá menguando y diluyéndose hasta desaparecer, será el rugido del mar, el sonido de las aves, el rumor del viento agitando la vegetación los que tomen protagonismo y se hagan oír y acaparen la atención del espectador. En este punto en el que la naturaleza manda y se impone, Therese, al igual que una viajera solitaria, se dejará llevar en esa deriva sin oponer resistencia como si fuera un náufrago errante en medio del mar. Muchas de las imágenes capturadas del cielo y de las nubes recuerdan la pintura atmosférica del pintor romántico inglés Joseph Turner, tendiendo así el relato un vínculo cada vez más débil con la realidad.

FINAL DEL VIAJE

La vuelta del viaje quizás sea lo más dramático, debiera decir, traumático, ya que el contraste entre el rugido del mar, el canto de las aves, y el rumor del viento meciendo las ramas de los árboles, estos últimos retratados en largos y bellos planos, es tan desoladora como el sonido metálico y chirriante de las vías del tren por el que se traslada Therese una vez llegada a la ciudad. Evidentemente algo se ha perdido en el trayecto de ese viaje, en la vuelta, en el regreso a casa. Una vez devuelta a la civilización las protagonistas Josefina y Therese vuelven a conectar con la automatización de la ciudad, a través de la tecnología, es decir, vuelven a conectarse pero esta vez a través de la pantalla de sus computadoras.

La ventana, imagen recurrente y predominante en el relato, además de encuadre, es otro motivo que la directora toma del pintor C. D. Friederich, para mostrar la escisión que existe entre el hombre y la naturaleza. En este caso, en la escena final, la ventana dejará al descubierto la situación de encierro carcelario delimitando dos espacios bien definidos, el afuera donde predomina la naturaleza, y el adentro asfixiante y claustrofóbico. A partir de ese momento todo volverá a la normalidad, la naturaleza esta vez asomará tímidamente domeñada en los gajos verdes trasplantados en una maceta, o en el verdor asomando apenas a través de la ventana…

Por Gabriela Mársico
@GabrielaMarsico

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