Crítica: Dóberman (2019), de Azul Lombardía

Doberman (Argentina – 2019)

Dirección y Guion: Azul Lombardía / Producción Ejecutiva: Lucas Mirvois, Pablo Ingercher, Ramiro Pavón / Dirección de Fotografía: Eric Elizondo / Dirección de Arte: Santiago Badillo / Montaje: Nicolás Goldbart / Música Original: Mariano Otero / Intérpretes: Maruja Bustamante, Mónica Raiola / Duración: 72 minutos.

*Este texto puede contener información importante vinculada al final del relato.

Toda transposición supone un riesgo, alto o bajo, pero riesgo al fin. La actriz, dramaturga y ahora directora, Azul Lombardía asume ese peligro para trasladar su obra Dóberman de las tablas a la pantalla grande. Una trama minimalista, simple, anclada en el costumbrismo criollo y el grotesco, donde la conversación que tienen dos vecinas de alguna localidad del conurbano bonaerense concluye en una tragedia doméstica. Mecha (Mónica Raiola) es una mujer tan superada como separada. La vemos de entre casa, chismoseando por teléfono con una amiga, echando humo de su cigarrillo y realizando múltiples tareas como una máquina recién encendida mientras espera con la pasta hecha y el tuco gorgoteando la llegada de su hijo y la de Bairon, su dóberman y única compañía hogareña. Una escena doméstica que será interrumpida de golpe por los aplausos de Mirna (Maruja Bustamante) llamando desde la vereda. Su aparición repentina montada en una bicicleta como una niña gigante y evidenciando un severo retraso mental a través de su habla cansina, revelará sus verdaderas intenciones una vez que la charla entre al interior del hogar.

Desde las primeras imágenes hay un ambiente marcado por las calles de ripio, las calles bajas, la calma que exhala la hora de la siesta, que permite vincular la película con otras como El ciudadano ilustre o El otro hermano que también hacen del pueblo un abismo asfixiante, con leyes propias, donde todo puede ocurrir, incluso, las peores tragedias a plena luz del día. La diferencia de Dóberman radica en que la cámara no sale a recorrer el pueblo sino que es el pueblo el que entra al comedor diario bajo la forma del chisme y la anécdota. Esos personajes exógenos que ingresan a la conversación, en especial, a través de la boca acusadora de Mecha quien tiene guardado siempre un dardo para cada uno de los vecinos del lugar, construyen una atmósfera localista pero solo sirven como distracción. La tensión con la que trabaja Lombardía, alimentada vagamente por un plano secuencia que se reduce a contraer y dilatar la imagen, está puesta en la quietud que transmite Mirna, sentada en su silla, con su vaso de agua, expectante por atacar como un animal rabioso y despechado a quien cree, se está acostando con su marido. Con la llegada del dóberman de Mecha llega el tragicómico final para hacer de la historia apenas un recuadro en las últimas páginas del diario local de mañana.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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