Crítica: Detroit, Zona de conflicto (2017), de Kathryn Bigelow

Detroit: Zona de conflicto / Detroit (Estados Unidos – 2017)

Dirección: Kathryn Bigelow / Guión: Mark Boal / Fotografía: Barry Ackroyd / Edición: William Goldenberg, Harry Yoon / Diseño de Producción: Jeremy Hindle / Intérpretes: John Boyega, Will Poulter, Algee Smith, Jacob Latimore, John Krasinski, Anthony Mackie, Jason Mitchell, Hannah Muray / Duración: 143 minutos.

Después filmes como La noche más oscura (2012) que se instala en la conflictiva temática de un pasado reciente narrando el operativo de las fuerzas especiales que se precipitan para atrapar a Bin Laden, y por otra parte la gigante y multi-premiada Vivir al límite (2008) que nos describe la vida y la rutina de un militar, especialista en detección de minas, en medio Oriente y que vive atravesado por lo que podríamos llamar “la adicción a la guerra”. Hoy esta feroz realizadora estadounidense se impone con un filme que reescribe y  reconstruye un aberrante acontecimiento sucedido en los EEUU hace 50 años atrás: “Julio de 1967/ Detriot se define como una de la revueltas raciales más atroces de la historia moderna, donde mueren unos 50 hombres negros, sumados a 2000 heridos y 7000 detenidos”.

Son los años 60 y la locura racista luce como una estrella en el firmamento. Bigelow elije ese julio sangriento como un hecho del pasado que le sirve como resorte hacia el presente, como una clara metáfora sobre otros atroces racismos y las mismas modalidades de violencia que aún operan hoy en la sociedad norteamericana contemporánea. Bigelow  y su guionista Marck Boal deciden alejarse en la selección de una historia real, y eso les permite mirar desde atrás hacia adelante abriéndose un camino directo y eficaz como el tiro de un francotirador, lo que dicen y como lo dicen es claramente un tiro al blanco, sin dudas ni matices: radical y oscuro por donde se lo mire.

Con una lupa fina eligen un momento puntual dentro de todo el caos de aquel mes arrasador de violencia salvaje, la noche del 25 de julio, una oscura jornada donde un grupo de policías blancos encierran bajo amenaza de muerte y abusivos maltratos a un grupo de jóvenes de color que tan solo estaban en la habitación en un motel, acusándolos de esconder a un francotirador. La jornada de torturas se hace eterna y asesinan a tres de ellos a quemarropa. Luego de no encontrar culpables posibles, dejan libres a los pocos sobrevivientes bajo amenazas de muerte si rompen el silencio.

Este hecho es el núcleo del relato total que despliega la película, que mientras juega con la impronta de reconstruir algo que sucedió realmente y documentarlo, no borra nunca la presencia de la ficción como herramienta, que genera climas, que construye situaciones y que da una vida precisa y visceral a los personajes de este abominable relato.

La película podría dividirse en 5 momentos, en 5 actos, con una duración total de 143 minutos. Una estructura bien calculada le permite ese despliegue narrativo. El primer acto podríamos contenerlo en la secuencia de presentación con animación donde cuenta de manera (poco profunda y muy reduccionista) la historia de la inmigración de la raza negra hacia américa.

De ahí entramos directo al acto dos donde sin respiro nos metemos en el mes del caos de Detroit, la miseria, los saqueos, la policía hiper-violenta, una lucha de razas sin sentido y un poder desmedido sin solución de ordenar ni llegar a ninguna armonía. Presenta a los personajes, claramente delineados con una velocidad vertiginosa y en pocos trazos entramos en sus dimensiones y su contexto. Una cámara asfixiante, encuadres incesantemente móviles, planos largos, cortes veloces, generan un clima desesperante.

El acto tres es el infierno absoluto, es el momento de mayor tensión. Pero no sugerido sino explícito, es la incomodidad continua y una necesidad desesperante de que haya una tregua, porque a veces querríamos huir de la sala. Ahora se despliegan los hechos donde se presenta el encierro creado por los policías y los detenidos sometidos en esa noche eterna a un juego de tortura psicológica y física, que se hace tan vívida para los personajes como para el espectador.

Los segmentos subsiguientes (el cuarto y el quinto) ponen en la mesa el desarrollo del juicio posterior a los policías, sus consecuencias nefastas y sigue el derrotero hasta el final de uno de los sobrevivientes de esa noche de muerte.

No me detengo en dar nombres a los personajes porque más allá de que el filme nos deja identificarlos, la historia la percibo coral. No es una historia de individuos que se valen dramáticamente por sí mismos, sino por el contrario sujetos y contextos que se entrelazan entre sí. La calidad del trabajo actoral está al nivel que la búsqueda de la película propone, es efectiva y emocional, sin grises ni medias tintas.

Elegir esta experiencia cinematográfica es válida para quien está en condiciones de atravesar este infierno del Dante. Esta vez Bigelow no nos deja, como en otros filmes, alguna ambigüedad para que oscile nuestro pensamiento y nuestras emociones, se nos impone lapidaria y categórica en todas las áreas discursivas de la película. Detroit es asfixiante, incómoda, pero no por eso menos realista, por el contrario funciona como espejo de lo que vemos, a veces, en mayor o menor en escala, en nuestra ciudad o en cualquier lugar del mundo.

Si dejara entrever algunos hilos de locura y contradicción humana (como bien logró en Vivir al límite) le daría otro aire al relato. Un poco de indefinición en algunas “verdades” para poder abrir una grieta al pensamiento del espectador.

Aunque tal vez no sea su mejor película, la genial Kathryn es una defensora de sus propios temas e intereses, una mujer de 66 años que tiene más sangre en las venas que más de la mitad del mustio, obsoleto y moribundo Hollywood.

Por Victoria Leven
@victorialeven

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