Crítica: Death of Nintendo (2020), de Raya Martin – 22 BAFICI

Death of Nintendo (Filipinas / Estados Unidos – 2020)
22 BAFICI: Autores

Dirección: Raya Martin / Guion: Valerie Castillo Martinez / Producción: Valerie Castillo Martinez, Kriz Gazmen, Marjorie Lachica, Zelle Samson-Martinez / Fotografía: Ante Cheng / Edición: Cyril Aris / Diseño de Arte: Whammy Alcazaren, Thesa Tang / Sonido: Andy Sisul / Música: Zeke Khaseli, Yudhi Arfani / Intérpretes: Noel Comia Jr., Agot Isidro, Kim Chloe Oquendo / Duración: 99 minutos.

¿Qué ha pasado para que Raya Martin, considerado una especie de joven maravilla del cine filipino, pase de películas como Independencia, Autohystoria o Manila a este relato de iniciación con videojuegos, fantasmas y circuncisiones? Vaya a saber uno, el cine puede ser tan extraño como el mundo. Bueno, los detractores de su filmografía tendrán un argumento más para cuestionar su mirada acerca de la realidad de su país o, acaso, encuentren una dosis de frescura para comenzar a prestarle atención desde ese lugar. Porque, a primera vista, Death of Nintendo es juvenil, graciosa, un pasatiempo que nada tiene que ver con los títulos anteriores del director. ¿Es un pecado esto? Para nada. Pero tampoco garantiza una buena película.

El marco es Manila, en los años noventa. El protagonista es un adolescente llamado Paolo, fanático de la clásica consola y amigo de una banda de pibes simpáticos a los que se suma una niña muy valiente y observadora, el contrapunto de otra adolescente de la que todos parecen estar enamorados. Desde el principio queda establecida la dinámica dual que circunda a los personajes. Por un lado, la realidad de los videojuegos, los rituales de comida, juegos y pajas. Por otro, la presencia de lo sobrenatural vinculado a tradiciones autóctonas. Entre los desafíos, hay dos que los desvela: ir al cementerio a cazar espectros y acudir a un médico para que los circunciden. En ese cóctel de creencias, hábitos y disputas con los adultos, Martin filma un guion ajeno plagado de las convenciones del género Comig of Age, con colores, músicas, escenas ralentizadas y humor, un combo donde, por momentos, la cosa funciona y por otros, padece de una sobrecarga de argumentos y de clisés nostálgicos hacia una época que se añora en todo lo que tiene de fetichista (hay que ver con qué deslumbramiento desenvuelven los juegos).

Pero en un mundo que parece hedónico, hay señales que alarman. Los cortes de luz y los constantes temblores interrumpen las veladas con los fichines. Y los adultos, principalmente una madre opresiva, alteran varios planes o invitan a la confrontación. Su marcado carácter dogmático/religioso genera la incomunicación con Paolo. Estos duelos son materializados en una paleta de colores al borde del artificio que altera los tonos según la ocasión, de igual manera que el plano sonoro anuncia las amenazas, aunque se podría suponer que la principal amenaza es la manera en que la idiosincrasia estadounidense se mete en la médula de la cultura filipina (nótese el exceso de referencias) y en estos chicos que dan cuenta de un universo globalizado y consagrado a reproducir los signos norteamericanos. Igualmente, el lugar que ocupa la religión cristiana y, sobre todo, su liturgia desaforada (hay una escena en que los chicos ven una dramatización del Via Crucis sin comprender para qué tanta tortura sufrida en carne propia).

La primera impresión (si es la que cuenta) es que más allá de la garra que Martin le pone al filmar, el material le suena ajeno, como si hubiera una brecha entre el guion escrito por Valerie Castillo Martínez y las decisiones de cámara. Un efecto de acumulación es el que impera, sin lograr definirse tal vez el tono. Y recién en la parte final, más sincera, menos estruendosa, cuando los personajes comienzan a definirse, la película se encuentra.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

55%
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