Crítica: Custodia Compartida (2017), de Xavier Legrand

Custodia Compartida / Jusqu’à la garde (Francia – 2017)

Dirección y Guion: Xavier Legrand / Fotografía: Nathalie Durand / Edición: Yorgos Lamprinos / Producción: Alexandre Gavras / Intérpretes: Denis Menochet, Léa Drucker, Thomas Gioria, Mathilde Auneveux, Coralie Russier / Duración: 93 minutos.

Esta es la ópera prima del conocido actor francés Xavier Legrand que recogió en su presentación internacional dos premios significativos del Festival de Venecia 2017: El León de Plata al Mejor Director y el premio a la Mejor Opera Prima. Legrand tan solo había dirigido un cortometraje anteriormente, que fue nominado al Premio Oscar: Avant que de tout perdre (2013) donde abordó ya en este formato uno de los temas que desarrollara ahora en Custodia compartida, incluso trabajó en ambos proyectos con los mismos actores.

Es inquietante el proceso que utiliza Legrand para construir este relato con muchas sutilezas. A primera vista, y si no nos esforzamos por separar las capas de miradas y perspectivas que contiene, podemos verlo como un contundente filme que habla de la violencia familiar y en especial de la violencia de género dividiendo las aguas entre dos bandos maniqueos: los opresores y los oprimidos, los malos y los buenos. Esta mirada interpretativa sería una construcción reduccionista de la trama que se propone, sería la manera más simple de salir de estos temas tan complejos llenos de claroscuros donde los vínculos nos se pueden dilucidar de una sola pasada moralista.

El filme presenta a la pareja protagónica en un encuentro de aparente negociación de la mano de sus respectivas abogadas y la jueza del proceso. Lo que se dirime es la custodia de los hijos de este ex matrimonio: una joven a punto de cumplir sus 18 y Julien un niño de unos 8 años que es el centro de la disputa. Las actitudes de la pareja insinúan una situación ambigua con posiciones opuestas pero confusas a la vez.

La mujer, que apenas pronuncia una palabra, presenta a su ex marido, por boca de su representante como un acosador que sus hijos no desean volver a ver en ninguna circunstancia, exigiendo la tenencia absoluta y otros beneficios del caso. En el otro polo del discurso la abogada de “el padre” expone que las manipulaciones de la madre han llevado el vínculo a un nivel de incomunicación radical, viéndose impedido de todo contacto como una suerte de negación de su existencia y exige, por lo tanto, la custodia compartida. La jueza deberá definir la resolución de esta encrucijada por la tenencia: circunstancia que no debiera existir en el ideal de los casos, pero que se presenta aquí más como una lucha de poder que como una preocupación por preservar a su propia descendencia.

Es la resolución de la jueza que aprueba la custodia compartida la piedra fundamental del conflicto, el germen de una progresiva curva de acciones y reacciones que llevan a las emociones a crecer en la peor de las formas: la manipulación que lleva a la violencia, la violencia que no tiene medida, el silencio y las mentiras, y una serie de estallidos de niveles insoportables.

Pero si el proceso es el de una bola de nieve que cada vez crece más destruyendo todo lo que toca, Legrand organiza la narrativa con una herramienta clave del discurso cinematográfico: el punto de vista. Me refiero a la herramienta del lenguaje cinematográfico representada por la forma en que la cámara se hace partícipe de lo que un personaje ve o escucha, al menos en primera instancia esa es una de sus funciones. El punto de vista es algo que suele generar mucha identificación con el personaje cuya mirada representa, un dato interesante porque aquí el personaje elegido no es el ideal de la identificación y aún así comanda el relato. El punto de vista es algo complejo y engañoso, ya que organiza la trama con lo que se percibe desde el lugar de “ese” personaje elegido o de cada personaje que represente esta capa de mirada. En este filme ese punto estará volcado casi en su totalidad a la figura de “el padre”, casi, aclaro, porque las contrapartes que exhiben el punto de vista ubicado en “la madre” son menos pero están magistralmente calculadas, y lo que nos revela cada una de ellas exige un fino análisis ya que ponen en duda una a la otra la posibilidad de concluir con una sola percepción salvadora, idealizante o fatalista.

Hay en Custodia compartida dos capas de miradas que entretejen el drama, dos películas en una misma narración: la del padre que va hacia un lugar que se le está negado todo el tiempo. Este procedimiento le genera una progresiva inestabilidad, una progresiva violencia, una pérdida del control y una pulsión destructiva, llegando a actuar como un animal lleno de ira e impotencia en la llamada “civilización”.

La otra mirada es la de “la madre” que maneja su evasión, construye su responsabilidad compartida con procedimientos turbios, silenciosos, engañosos, plagados de manipulaciones, construyendo desde su postura una violencia pasivo-activa donde finalmente el no ataque virulento no es más que la contracara de una actitud victimizante llena de lugares siniestros.

La gran diatriba ético moral de los vínculos es el tema de esta trama compleja donde vemos los lazos oscuros que se tejen en esta urdimbre familiar. La familia parece ser ese terreno donde “el otro” se presenta como amenazante, es tal como se define la palabra “siniestro” según Freud. Los padres en los lugares de poder llevan desde distintos lugares el cuadro de la familia a la catástrofe.

Esta locura terrorífica que se impone todo el tiempo in crescendo, generando el clima de un thriller que avanza sin concesiones hasta estallar en la secuencia final digna del cine de Kubrick, cual Nicholson en El resplandor, o un filme de terror del mismísimo John Carpenter.

La secuencia final cuyos hechos no quiero develar, es a mi parecer de un gran carácter simbólico – por su extremo contenido y su estilizada forma – por ende la representación de otra cosa mayor que excede la configuración realista de la escena en sí para erigirse como el símbolo de “La dialéctica del amo y el esclavo” de Hegel, un texto que analiza y cuestiona la dinámica aparente del modelo más obvio. Este símbolo de nuestra cultura occidental puede poner en crisis el cuadro masculino-femenino de una simple lectura: víctima y victimario, llevando a los lugares de paternidad/maternidad a un punto de destrucción sin retorno.

La imagen final, casi una copia/homenaje textual del final de la superlativa obra de Francis Ford Coppola El Padrino, me deja sin lugar a dudas una pregunta a completar, una reflexión moral a construir, sobre la imagen “de quien mira es mirado” antes de que la pantalla se convierta una puerta que se cierra y todo funda a negro.

Por Victoria Leven
@victorialeven

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