Crítica: Crimen en El Cairo (2017), de Tarik Saleh

Crimen en El Cairo / The Nile Hilton Incident (Marruecos / Suecia / Dinamarca / Alemania / Francia – 2017)

Dirección y Guion: Tarik Saleh / Producción: Kristina Åberg / Música: Krister Linder / Fotografía: Pierre Aïm / Montaje: Theis Schmidt / Intérpretes: Fares Fares, Mari Malek, Yasser Ali Maher, Ahmed Selim, Hania Amar / Duración: 111 minutos.

Si nos quedamos en la superficie, Crimen en El Cairo es un típico thriller policial que desde la trama no tiene nada de innovación más que el escenario inusual donde transcurre: un Egipto del pasado y a la vez, contemporáneo. Noureddine (Fares Fares), un policía corrupto pero mucho más contenido y esquemático en su accionar delictivo si lo comparamos con el paradigmático Harve Kittel de Un maldito policía, debe encargarse de la investigación por el asesinato de una bailarina en un hotel. El caso le cae como una flecha disparada del cielo por un Dios que de la nada, abre el camino para que nuestro personaje se dirija hacia la redención. Obvio que el arquetipo del policía hard boiled lo tiene atado a un contexto personal poco amigable -con una esposa fallecida y un padre enfermo a quien entrega su mísera cuota de humanismo cada vez que lo baña- y apenas boceteado lo cual no sé cuanto  justifica esto la reactivación de su benevolencia suspendida.

Sin embargo el camino hacia la redención del protagonista en su apariencia medular es apenas una excusa para dar cuenta del estado de un país quebrado. Poco importan las encrucijadas conspirativas y los amoríos carnales en los que se enrueda el obstinado Noureddine a fin de borrar la palabra “suicido” o “crimen pasional” de la carátula investigativa y alcanzar así la salvación egoísta de su alma. El Cairo que presenta el director Tarik Saleh es una ciudad devastada, post-apocalíptica e insalvable. El futuro no existe más que en anuncios políticos escritos sobre fachadas de edificios derruidos o en boca de mandatarios y cabezas parlantes enjauladas en televisores mal sintonizados. La imagen está sucia y cubierta bajo una tela de polvo como si ya hubiese explotado todo, mientras que la violencia y la corrupción aparecen como un virus contagioso, que ya instalado, estableció cuáles deben ser los códigos de toda relación social.

Lo más paradójico de esta estética futurista, alimentada por una fotografía impregnada de un azul crepuscular y acompañada por una música en la que predominan los sintetizadores, es que la película está situada en el pasado (reciente), poco antes de que la Primavera Árabe se propague al país de los faraones y de lugar a la revolución egipcia de 2011. En una de las escenas iníciales, Noureddine y un compañero patrullan un mercado ilegal en su “fatigante” labor de recaudación de coimas. A medida que avanzan se le van encimando a la ventana simples vendedores que balbucean una excusa tras otra, pero que a primera vista lo que observamos encapsulados en el auto son zombies. Muertos vivos  desesperados por la incertidumbre de no saber qué vendrá.

Entonces, ¿qué le queda al espectador? Dónde nos deberíamos ubicar si el discurso punk y apocalíptico del filme niega su presente. Quedará para el estimulo de los egipcios pensar si acaso la revolución prosperó y el futuro finalmente sobrevivió o si en realidad, han caído (¡como todos¡) por el precipicio que nace del fin de una cronología y habitan un limbo que los obliga a mirar sí o sí hacia atrás en un angustiante acto reflejo.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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