Crítica: Casa Propia (2018), de Rosendo Ruiz

Casa Propia (Argentina – 2018)
BAFICI 20: Competencia Argentina (Premiere Mundial)

Dirección: Rosendo Ruiz / Guión: Rosendo Ruiz, Gustavo Almada / Fotografía: Pablo Gonzalez Galetto / Edición: Rosendo Ruiz, Ramiro Sonzini / Dirección de arte: Carolina Bravo, Julia Pesce / Sonido: Atilio Sanchez / Intérpretes: Gustavo Almada, Irene Gonet, Maura Sajeva, Mauro Alegret, Yohana Pereyra / Duración: 83 minutos.

Córdoba en la actualidad. La película abre con un plano secuencia donde un grupo de adolescentes, en la noche, parados en una callecita urbana, beben, fuman y hablan de sus ocupaciones y acuerdos antes de salir de juerga. Ese inicio nos hace pensar en otra trama posible, en otra película en ciernes, pero con inteligencia y fluidez entramos a la verdadera trama que nos llevará el resto de los 80 minutos del filme.

Nuestro protagonista (a su vez co-guionista junto a Ruiz) se nos presenta como un peculiar y creíble anti héroe: profesor de literatura en una escuela pública, ya pisando las 4 décadas, y viviendo ni más ni menos que son su anciana madre. O sea, esa vida que sin Casa propia que nos remite a cierta pobreza, a cierta dependencia y en especial a una constante sensación de frustración.

La vida cotidiana de nuestro protagonista, Adrián, está signada por la relación con su madre y ese espacio de micro rutinas de la casa compartida donde él circula como si el lugar le quedara ajeno, pequeño.

Por otro lado la relación con su pareja, una mujer de su edad divorciada y con un hijo con quien vive, es otro lugar que parece revivir o reeditar la no pertenencia todo el tiempo, de no poder, donde es un invitado aprisionado por las reglas de otro mundo que no lo contiene, y tampoco parece incluirlo.

Su relación con las mujeres es difícil y de permanente desautorización, donde su función pareciera quedar solo resumida a lo utilitario de sus acciones. El vínculo con su hermana está signado por la imagen “del solterón que vive con la vieja” que está a merced de las decisiones de los otros, que casados y con hijos parecen empoderados para toda decisión, y en especial ante los ojos de su misma madre que lo ve como un pobre tipo, sin mujer, sin hijos, sin casa.

El tono realista del filme es el más apropiado para poner a la luz esta trama de vínculos y de temas generacionales en conflicto.

El uso del plano secuencia aporta un clima de tomas largas y una observación centrada en las acciones de los personajes en conflicto.

La ciudad vista de a retazos funciona con eficiencia para que el mundo de Adrián haga carne en un espacio narrativo concreto e identitario.

La escena que me queda en la retina es la visita de Adrián a distintos departamentos a lo largo de la historia, esas habitaciones blancas recién pintadas, los vendedores entusiastas, las promesas de volver, y el regreso que nunca fue.

Por Victoria Leven
@levenvictoria

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