Crítica: Cambio Cambio (2022), de Lautaro García Candela – MDQFF37

Cambio Cambio (Argentina – 2022)
MDQFF37: Competencia Internacional – Premiere Mundial

Dirección y Guion: Lautaro García Candela / Producción: Juan Segundo Alamos, Iván Moscovich, Magdalena Schavelzon, Pablo Piedras, Gonzalo García-Pelayo / Fotografía: Joaquín Neira / Montaje: Ramiro Sonzini, Lautaro García Candela / Intérpretes: Ignacio Quesada, Camila Peralta, Valeria Santa, Mucio Mancini, Darío Levy / Duración: 90 minutos.

La primera secuencia de la película de Lautaro García Candela, con la excelente apertura de créditos,  es una síntesis posible de la Argentina condenada a la desigualdad. Mientras el joven protagonista reparte volantes en la puerta de un restaurant en pleno centro, un cúmulo de voces mediáticas enfermizas opinan sobre el valor del dólar. El efecto es potente: uno quisiera abrazar a las víctimas de un sistema económico más vulnerable, pibes sin horizonte más que ganarse unos mangos en la calle y silenciar de una vez por todas a los vampiros con traje, especuladores financieros inescrupulosos que terminan echando más leña al fuego y provocando debacles. El furor por el dólar es el veneno que tragan los personajes de Cambio Cambio, entre ellos su protagonista Pablo, un pibe que anda a la deriva con su teclado, una banda con la que ensaya y mantiene una relación con una chica que atiende un local de celulares. El centro porteño es la boca del infierno, el punto álgido de una estructura que se propaga por todo el país y enferma a un imaginario que no logra salir del dilema de los verdes.

Pero esta película no se ocupa de las lacras de guante blanco, pone la atención en estos jóvenes que tienen pequeños sueños, pero un laburo que apenas le sirve para sobrevivir. Entonces, como si del género de gánsteres se tratara, surge la posibilidad del crecimiento económico rápido a partir de convertirse en un eslabón útil de la cadena de arbolitos. Y una vez que se entra en esa lógica, la podredumbre acecha.

Uno de los bloques argumentales discurre en la relación entre Pablo (que viene de Olavarría y apenas se enteró de que en el 2001 hubo un estallido) y Florencia. En todo este segmento asoma una estética lacónica similar a la de tantas películas argentinas, con diálogos cuya pretensión realista parece encauzar la historia al retrato generacional. Es la parte sentimental, más ligada al encierro cotidiano y situaciones mínimas. Pero cuando parece que todo se va consumiendo en rituales mínimos, la historia y la intensidad dramática levanta notablemente. Entonces, el vértigo del desquicio cambiario envuelve a los personajes, los saca de sus respectivas realidades porque el objetivo es llegar a la suma de dinero que les permita despegar y salir del país. Florencia tiene la posibilidad de una beca de estudio en Francia y Pablo quiere acompañarla. No obstante, siempre hay una fuerza siniestra que altera los planes. En el mejor de los casos, todo vuelve al lugar de origen, que puede ser modesto, a veces triste, pero digno.

La modestia es una cualidad que puede analizarse con pinzas. La falta de pretensiones no necesariamente conduce a la nada misma, como suele verse en tantos exponentes contemporáneos. Lo interesante y placentero en Cambio Cambio es el modo en que su joven director transmite una atmósfera de humanidad y melancolía. Basta ver el rostro de Pablo para hallarla, una mezcla de inocencia, tristeza y bondad. Por una vez, el cuidado por contar una historia y por construir personajes creíbles le gana a la necesidad de bajar consignas.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

70%
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