Crítica: Buscando a Panzeri (2020), de Sebastián Kohan Esquenazi

Buscando a Panzeri (Argentina – 2020)
Estreno exclusivo de la plataforma Puentes de Cine perteneciente a la Asociación de Directores de Cine PCI.

Dirección: Sebastián Kohan Esquenazi / Guión: Juan Villegas, Sebastián Kohan Esquenazi / Producción: Daniel Guzman, Juan Ignacio Sabatini, Juan Pablo Sallato, Sebastián Kohan Esquenazi / Dirección de Fotografía: Juan Ignacio Sabatini, Juan Pablo Sallato / Montaje: Titi Viera-Gallo, Gonzalo Cladera / Música original: Juan Pablo de Mendonça / Intervienen: Ezequiel Fernández Moores, Carlos Ulanosky, Matías Bauso, Tomás Abraham, Pol Ajenjo / Duración: 69 minutos.

Qué lindo es ser futbolero. Qué aburrido, ser un intelectual que no entiende el fútbol. Por eso, siempre me han gustado poco y nada los pensadores que hablan de fútbol o los hombres de fútbol que hablan como pensadores. Sin embargo, como todo en la vida, los peores son los –istas, aquellos que destilan fundamentalismo con lenguaje florido o se apropian de figuras interesantes a su modo para desplegar puestas en escena mediáticas o mantener el circo en las redes cloacales. Porque un abordaje posible para Buscando a Panzeri, la película recientemente estrenada de Sebastián Kohan Esquenazi, invita a separar la paja del trigo: una cosa es el documental, otra Dante Panzeri y otra muy distinta los panzeristas, algunos de ellos con la panza bien llena de disparates debido a cómo panzerean por allí, más allá de Panzeri mismo.

“¿Usted conoce al periodista Dante Panzeri?” es una de las preguntas que inaugura una veta bastante recurrente en la actualidad, a saber, la del documental/policial. Un hombre y un enigma. En el medio, la figura del realizador como investigador, que se enuncia como “el tipo que habla y que no tiene equipo”. La imagen de la falsa modestia (por suerte) da paso a otra más interesante, la del hombre perdido en la burocracia de archivos en mal estado, registros confusos y negativas para ofrecer testimonio acerca de Panzeri. Por momentos, asistimos a una comedia kafkiana. Lejos de la trascendencia, enseguida se encuentra el tono y la simpatía de quien oficia como un Virgilio para los espectadores. Pasarán unos cuantos minutos para que se enderece la búsqueda y las piezas aparezcan. En ese armado estimulante la película encuentra su mejor forma, fluye en medio de una liviana apariencia, pero deja mucha tela para cortar. Detrás del enigma Panzeri, Kohan muestra paredes llena de papeles pegados, llama a una cantidad impresionante de números telefónicos y recoge testimonios. A esta altura, ya no necesita afirmar que es “hincha de tantos equipos como ciudades habitó” para ganarse al público. El montaje es mejor herramienta de seducción.

Se sabe, hay toda una mitología en torno al libro “Dinámica de lo impensado”, citado frecuentemente, incluso por quienes jamás lo leyeron pero lo acomodan en el baúl de la conveniencia. Lo curioso es que no se toman la molestia siquiera de aclarar (sí lo hace el documental) que detrás de su elaboración hay una crítica sesuda que incluye, además, estudios que hoy llaman culturales. Se nos hace saber también que el periodismo de Panzeri era incómodo y que luchaba contra los poderes establecidos y las opiniones hegemónicas. Curiosamente, varios de los que hoy levantan la voz y el dedo en los medios, evocan su figura desde los lugares más cómodos y mejores pagos (por suerte no están en el documental, en una sabia decisión). Y más allá de concordar con las ideas que sostenía, nada puede soslayar el hecho de que era un animal periodístico, voraz, polemista excepcional, que fueron corriendo progresivamente como se corre a quienes ponen patas arriba ciertas verdades aclamadas. Porque Panzeri podía criticar formas de ver y de jugar el fútbol, pero su discurso excedía el campo de juego y se metía con las estructuras siniestras que comenzaban a hacer prevalecer el negocio sucio por sobre otras cosas. De este modo, instituciones, dirigentes y medios estaban bajo la lupa en cada una de sus intervenciones. Dentro de las apropiaciones caníbales que se hacen de “Dinámica de lo impensado” y de su autor, se suele omitir esto último para contrarrestar ligeramente una determinada concepción del fútbol adjudicada a la escuela de Estudiantes de la Plata. Es el tipo de lectura que inclusive manejan algunas voces que se presentan en la película y que la misma película (consciente o inconscientemente) pone en su lugar. Uno de los aciertos extraordinarios del realizador es incluir la anécdota con Bilardo. “El tipo que hace trampa, el que arruinó el fútbol argentino” y otra sarta de pavadas que se oyen por ahí, es quien se niega a opinar de alguien que ya no está. Su silencio es ético mientras tipos como Diego Bonadeo, un campeón de la moral, habla de Panzeri derrochando autoridad. Dos hechos ponen las cosas en su lugar (esto no está en el documental, esto lo digo yo). Cuando comenzó la polémica a principios de los años setenta en torno al fenómeno de Estudiantes, Bilardo va a escuchar a Panzeri porque quiere saber qué opina. De todo lo que dice toma algo que usaría toda su vida y lo llevaría hasta las últimas consecuencias: “Yo aprendí de Panzeri algo, hay que grabar todo lo que los periodistas dicen”. Bilardo aprende, otros repiten como loros. Entre ellos Diego Bonadeo, el mismo que interviene en La fiesta de todos, la película oficial del Mundial 78 dirigida por Sergio Renán, de cuyo nombre nadie quiere acordarse, sobre todo los que intervinieron. Que curiosa es la vida: los mismos tipos que siguen hablando y que se acercaron hasta al presidente Alfonsín para limpiar a Bilardo, hoy quieren lucirse. Panzeri, el tipo que criticó abiertamente la realización del evento apenas la dictadura lo anunció, murió joven y en la más absoluta soledad, y con archivos prácticamente inexistentes de sus ideas. Mantener la coherencia en este mundo es casi quijotesco. Prefiero, siempre preferiré, a los que discuten con los pares (mucho más difícil que hacerlo con los adversarios), antes que a los apologetas de plástico o los aduladores de cartones inflados. En un momento, dentro de los registros privados y familiares que la película también ofrece, el hijo de Dante refiere que a su padre le molestaría lo mediático. Podríamos elaborar una lista de oportunistas que se ponen hoy en la vereda Panzieri (periodistas y filósofos), chicaneros de blogs que hablan por atrás o se escudan en el anonimato. Son los tiempos propicios para esa clase de compromiso. Panzeri se enfrentó a tipos como Armando, presidente entonces de Boca, equivocado o no, y Armando lo fue a buscar a un programa de televisión. Esos eran los códigos. Uno decía “el Watergate del subdesarrollo” y el otro le pedía explicaciones en la cara (curiosamente o no tanto, Bilardo iría unos quince años después al programa de Neustadt a salvar a Goycochea en medio de una cobarde emboscada encabezada por Alonso, Gatti y Sanfilippo). Hoy existen los reyes del Twitter, los predicadores de pacotilla.

La veta triste de la película asoma en la parte final, sobre todo cuando el polemista, el hombre capaz de defender un cuarto puesto en natación, de armar tapas con deportistas más allá del éxito, el que se atrevía a criticar a los técnicos y los auxiliares que salían en las fotos con los jugadores, el que paradójicamente amaba el ajedrez (un juego de estrategia) y cuestionaba la estrategia en el fútbol, empieza a acusar recibo de la indiferencia del poder, para apagarse sin bombos y platillos, tapado por la euforia oficial antes del Mundial. La película de Sebastián Kohan Esquinazi es un justo homenaje.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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