Crítica: Beatles (2014), de Peter Flinth

Beatles (Noruega – 2014)

Dirección: Peter Flinth / Guión: Axel Hellstenius, basado en la novela de Lars Saabye Christensen / Fotografía: Philippe Cress / Edición: Vidar Flataukan / Música: Magne Furuholmen / Intérpretes: Louis Williams, Håvard Jackwitz, Ole Nicolai Myrvold Jørgensen, Halvor Tangen Schultz, Susanne Boucher, Marit Andreassen, Gard B. Eidsvold / Duración: 107 minutos

VOZ INTERIOR DE OCHO PERSONAS

Kim, entre una media sonrisa y cierto nerviosismo, aguarda la señal de sus tres cómplices estratégicamente ubicados. Es que el último en llegar o quien repite el nombre de una banda debe cumplir una prenda. Kim corre hacia el auto y le quita el logo al Mercedes Benz. Los cuatro corren al ser descubiertos. Kim guarda su trofeo, junto a los anteriores. Sin embargo, tras una advertencia de su padre, los cuatro se deshacen de la evidencia arrojándola al agua. “Los Beatles seguro hicieron lo mismo –comenta uno de ellos-. Fueron al muelle de Liverpool y arrojaron su infancia”.

Porque esa escena en su totalidad representa el tratamiento que el director Peter Flinth realiza en su película Beatles: la exhibición de la adolescencia, del despertar sexual, de las dudas, el exceso, la lealtad, las nuevas experiencias y el fortalecimiento de la amistad. Basada en la novela del noruego Lars Saabye Christensen, la construcción se sostiene a partir de la admiración de los cuatro protagonistas Kim (Louis Williams), Gunnar (Ole Nicolai Myrvold Jørgensen), Ola (Halvor Tangen Schultz) y Seb (Håvard Jackwitz) profesan por The Beatles, el grupo furor de su época.

En consecuencia, no es una película sobre la banda ni tampoco sobre el grupo que luego crearán estos jóvenes – The Snafus –sino, por el contrario, cómo estos elementos contribuyen a la búsqueda de la identidad de esos jóvenes en la adolescencia; búsqueda que se impulsa cuando descubren el disco Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band.

Flinth trabaja el relato desde la mirada de Kim. Al principio, a través del examen del colegio y la escritura de un ensayo; luego, a partir de sus propios sentimientos y dudas que se mezclan con ciertos puntos de quiebre debido a los regresos al aula y a la necesidad de contarlo todo. Porque escribir su historia funciona como un desdoblamiento: por un lado, como un registro personal, de sus amigos y de sus ídolos; por otro, como una forma de encontrar su propia voz.

Como contraste, el director trabaja lo no dicho no sólo a partir del silencio o la elipsis, sino también de lo sugerido o la mirada. Este lugar le permite retratar, de manera más sutil, hechos que escapan a la visión del protagonista como, por ejemplo, la relación de Gunnar con una mujer mayor o las protestas sociales. Y al mismo tiempo construir rasgos de sus personajes o valores de la amistad. El caso por excelencia es Seb, los cambios de conducta en su casa y la confesión hacia Kim.

Si bien resulta estimulante el vagabundeo de la mirada de Kim, su abuso la convierte en un recurso agotador y repetitivo que le quita el dinamismo y la ingenuidad que le brinda al comienzo.

En cierto sentido hay una idea que atraviesa toda la película: lo impresionante. Como bien manifiesta Kim al inicio, tanto tocar en una banda como hacer un salto de 10 metros implica ser impresionante. Pero también lo es no ser tan genial o audaz. La diferencia radica no sólo en reconocerlo como tal, sino en subirse al escenario/trampolín, tomar el micrófono o abrir los brazos, enfrentarse al mundo en ese instante y dejarse llevar.

Por Brenda Caletti
redaccion@cineramaplus.com.ar

 

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