Crítica: Baldío (2019), de Inés De Oliveira Cézar

Baldío (Argentina – 2019)

Dirección: Inés De Oliveira Cézar / Guion y Producción: Inés De Oliveira Cézar, Saula Benavente / Dirección de Fotografía: Federico Bracken / Edición: Ana Poliak / Dirección de Arte:  Graciela Galán / Música Original: Gustavo Pomeranec / Intérpretes: Mónica Galán, Gabriel Corrado, Nicolás Mateo, Rafael Spregelburd, Mónica Raiola, Luis Brandoni, Leonor Manso,  Ronnie Arias, Cecilia Dopazo, Martín Pavlovsky, María Figueras, Alejandro Vannelli, Agustina Muñoz, Lalo Rotavería, Dalila Cebrián / Duración: 78 minutos.

UNIVERSOS FUSIONADOS

Una representación dentro de otra. Un juego de espejos para realzar las posibilidades del lenguaje cinematográfico sumado a una búsqueda poética, narrativa o plástica personal. En este caso, Inés de Oliveira Cézar subraya la idea de lo construido desde el inicio mediante el encuadre de una escenografía junto con planos detalle de la peluca, el arma y el maletín abierto con dinero así como una charla entre el director y el equipo técnico. Semejante comienzo no solo apunta a dejar en evidencia el montaje y la mirada subjetiva que manipula hasta el último momento, sino también la obsolescencia de las categorías de documental y ficción. En la actualidad, y de manera significativa en este filme, se trata de hibridaciones que coquetean con rasgos y elementos de cada una sin dejarse aprisionar. Un pasaje continuo que pone en quiebre modismos y reglas donde, por ejemplo, Brisa sale a la calle con su peluca brillante y es reconocida por un vecino o espía por el hueco de una puerta mientras llama a su hijo perdido, a la manera del lente de la cámara.

Más allá de esto, la directora apuesta por una mixtura mayor entre la vida cotidiana de la protagonista y el rodaje a través de dos aspectos. El primero tiene que ver con una mirada sumamente perceptible –incluso, se lo puede pensar como un personaje más por momentos– que fusiona ambos universos. Así como revela el set al comienzo de Baldío, dicho encuadre se replica durante todo el metraje. No importa si se encuentra con una amiga, está cenando después de grabar o discute con el ex. De hecho, hay dos escenas donde se plasma de manera sobresaliente: cuando conversa con la maquilladora en uno de los pasillos durante un descanso y se enoja porque la cámara sigue prendida. Entonces pide que la apaguen y la pantalla se funde a negro. En la otra, ella está sola en el auto esperando que una señora se corra de la puerta de su casa. Tras bajar, el sonido queda atrapado dentro de las cuatro puertas del vehículo y lo que sucede afuera se escucha lejano.

El segundo apunta a volver análogos los estados de ánimo y los sentimientos de la actriz y del director. Por un lado, una mujer reconocida que debe lidiar sola con Hilario, el hijo adicto al paco que vive en la calle y al cual quiere volver a internar para rehabilitarlo. Por otro, un hombre egocéntrico al que le gusta darse aires frente a los demás. Los dos desarrollan puntos de encuentro y rupturas paralelas, aunque no sean conscientes de ello, acentuados por el círculo que los rodea. Tal vez, el mayor nexo sea la búsqueda de una persona importante para cada uno ligado a un rol –madre y director– y los diferentes estados que atraviesan en dicho camino.

La película dedicada a la memoria de Mónica Galán –fue su último trabajo– propone nuevas experimentaciones para borrar, de forma definitiva, los cada vez más delgados límites clasificatorios en pos de amalgamar el arte, la cotidianidad, los puntos de vista y los diferentes roles sociales. Un juego de espejos que intenta reunir lo mejor de cada uno, probar otras alternativas y combinarlas para conformar nuevos lenguajes.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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