Crítica: Azul el mar (2019), de Sabrina Moreno

Azul el mar (Argentina – 2019)
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Dirección y Guion: Sabrina Moreno / Producción ejecutiva: Paola Suárez / Dirección de producción: Natalí Córdoba / Dirección de fotografía: Sebastián Ferrero / Montaje: Martín Sappia / Vestuario: Sol Muñoz / Música original: Alejandro Di Rienzo y Arturo Escudero / Dirección de arte: Lucas Muñoz Bombín / Intérpretes: Umbra Colombo, Beto Bernuez, Martina Depascual Fernández, Nehuén Fritz, Margarita Garelik, Juan Cruz Solís / Duración: 65 minutos.

FLUJOS VISCERALES

Sensaciones que derriban, que se contradicen, que engañan, que vacían, que se vuelven ilusiones, que irrumpen, que inundan el cuerpo y la mente poniendo en jaque lo terrenal, lo supuestamente sólido. Lola convive con un frenesí interno que le arrebata la voz y la capacidad de sentir, dejándola prisionera de su piel hasta el punto de intentar huir, en vano, de aquel sofoco. ¿Cómo seguir contemplando un reflejo tan extraño de sí misma? ¿De qué manera sostener una estabilidad quebrada? ¿Cómo reconciliar a la mujer con la madre bajo la mirada de los hijos?

La ópera prima de Sabrina Moreno propone un abordaje tripartito. Primero trabaja con el plano más concreto dentro del relato, es decir, los lazos familiares y de pareja en las vacaciones, sin que influya la rutina ni el hogar. Y lo hace a través de una postal muy argentina: Mar del Plata, donde resulta muy poderosa la identificación con los paseos por la peatonal, la rambla, las estatuas de los lobos marinos, los días de playa, los alfajores Havanna e, incluso, las noches de videojuegos y fichines. Frente a cierta alegría y libertad en los lugares públicos, la directora opone la tensión en el cuarto matrimonial, la cercanía entre los hermanos o las pequeñas discusiones por el orden. Este es el contraste más evidente entre el afuera y lo privado, ya que los otros dos atraviesan esos ámbitos pero dentro de la protagonista.

Luego opera el tratamiento comparativo entre sus sentimientos y los ciclos de la naturaleza. Para eso, Moreno se vale de varios motivos que se repiten a lo largo de la película. La tormenta que amenaza el cielo casi al inicio de Azul el mar, el sol –tanto al amanecer como en la puesta– parece referir tanto a una angustia por ese tiempo muerto como a una súplica, a una posibilidad remota de transformación, mientras que el agua se presenta en dos versiones: por un lado, la ola que rompe hasta convertirse en espuma, como el estallido previo a la paz interior o la puesta en voz para aliviar el ahogo; por otro, los cuerpos de ella y de sus hijos flotando, como una simbiosis de los cuatro en el útero, una unión eterna y, a la vez, una forma de equipararlos a pesar de la diferencia de roles y edades. Por último, una suerte ciénaga bajo los pies de Lola, que la atrapa sin dejarla avanzar y surge de imprevisto.

La tercera y última capa da cuenta del mundo onírico y de los recuerdos con fronteras demasiado sutiles, incluso, asemejándolos. Ya desde el comienzo predomina una estética volátil, nebulosa, con tonos pasteles que aluden a la ambigüedad. Este efecto se consolida mediante las duplicaciones o juego de espejos de numerosas escenas que suponen un pasado dichoso u otra felicidad posible en un contexto diverso. Un confusión que le exige al espectador de una mirada dispuesta y del empleo atento de sus propios sentidos en la travesía para reconectar las facetas de la protagonista y aplacar el torbellino que le hizo vibrar arrebatadamente cada célula del cuerpo hasta quedar fluctuando libre, liviana y en armonía con la multiplicidad de mundos.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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