Crítica: Animal (2018), de Armando Bo

Animal (Argentina – 2018)

Dirección: Armando Bo / Guion: Armando Bo y Nicolás Giacobone / Fotografía: Javier Julia / Edición: Pablo Barbieri / Intérpretes: Guillermo Francella, Carla Peterson, Federico Salles, Mercedes De Santis, Marcelo Subiotto, Gloria Carrá / Duración: 113 minutos.

Parece que la fórmula de tomar un hombre común, ordinario, como cualquier otra persona de las que están sentadas frente a la pantalla e introducirlo en una situación límite para ver hasta donde es capaz de llegar su temperamento o examinar cuánto de animal hay en el ser humano sigue vigente en la última película del guionista y realizador Armando Bo. En este caso, un órgano defectuoso en un burgués con ahorros, mujer e hijos será el inicio de un descenso a los infiernos que llegará hasta el inframundo de la sociedad, allí donde se (sobre)vive en asentamientos okupas y la amenaza del desalojo está siempre latente. Como en Un día de furia (1993) o con el explosivo humor del ingeniero Bombita de Relatos Salvajes (no me sorprendería haber visto Animal en versión reducida y de la mano Damián Szifrón) Bo reproduce el ritmo trepidante de Hollywood, para sacar -democráticamente- lo más miserable de la clase media argentina como de cierta vagancia y mediocridad lumpen.

A través de un sutil plano secuencia amanecemos junto a los Decoud, una familia exageradamente feliz, irreal, donde ninguno de sus integrantes despierta de mal humor. Incluso, hasta la cámara puede darse el lujo de emanciparse de los personajes, total, no hay de qué preocuparse, todo funciona demasiado bien y con una sincronización tan ensayada propia de alguna publicidad de queso blanco.  Sin embargo, esa misma mañana, durante su corrida diaria frente al mar (viven en Mar del Plata, en la gris Mar del Plata de invierno) Antonio, interpretado por éste nuevo Guillermo Francella serio y cinematográfico, comienza a sentirse mal y se desvanece, mientras las olas imponentes y desentendidas ni se mosquean, siguen rompiendo contra las piedras.

Una elipsis nos sitúa dos años después y vemos a aquel cabeza de familia, sano, cumplidor de las leyes y la moral imperante, sometido a su diálisis diaria. Antonio, quien lleva anotados los días sin fumar, quien llegó a gerente laburando duro en un frigorífico, quien nunca olvidó pagar sus impuestos, se da cuenta que los dioses no trabajan en la AFIP, que ser correcto no te hace inmune a la desgracia y que viendo las terribles estadísticas, necesita ya un trasplante de riñón. El problema para él es que el sistema de salud no hace diferencia de clases: anda mal para todos, entonces,  como bien lo aclarará más adelante la canción de los Rolling Stone “You can´t always get what you want”, si no podés conseguir lo que querés, habrá que ir buscarlo a otro lado, por debajo de las leyes. Así es como aparecen Elías y Lucy (Federico Salles y Mercedes De Santis), él: un vago, borracho y nihilista con estética steampunk que si lo vemos leyendo algo es a Bukowski; ella, una joven embarazada mucho más “rescatada”, que espera que el órgano de su novio sea compatible para poder cumplir su sueño de tener una casa propia.

Por más trillado y sacado de manual de guion que sea, lo más interesante que tiene el largometraje de Bo es este choque entre dos universos opuestos y sobretodo, como a medida que las bases y condiciones de la transacción se deforman el termómetro de Antonio va subiendo hasta sacar lo más salvaje de sí. Es verdad, los actores que hacen de la parejita están muy aferrados al estereotipo y por momentos el mundo en el que se mueven es tan recargado que hasta parece tomado de otra película lo que quiebra un poco el realismo extremo que la trama exige. Por ejemplo, hacia el final, cuando nuestro Dante irrumpe sin aviso en el edificio okupa, la escenografía, la iluminación, toda la imagen está exageradamente hipersaturada como en un filme de Darío Argento, y para quienes  todavía no les quedó clara la alegoría al infierno, una música clásica edulcora aún más la escena.

En definitiva, salvo algunas situaciones que crecen como un brote inútil y extienden  innecesariamente la trama, Animal es una película sobria y compacta que se sufre en carne propia. Un drama de supervivencia con personajes grotescos (y tratamientos médicos) chupasangres dignos de una película de vampiros, que le dispara una moraleja atroz al orgullo del burgués promedio y meritócrata. Al final, qué sentido tiene tener todo si una vez muerto no se puede disfrutar nada.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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