Crítica: Amante Doble (2017), de François Ozon

Amante Doble / L´Amant Double (Francia / Bélgica – 2017)

Dirección: François Ozon / Guion: François Ozon, Philippe Piazzo, inspirado en la novela “Lives of the twins” de Joyce Carol Oates / Producción: Eric Altmayer, Nicolas Altmayer / Fotografía: Manu Dacosse / Vestuario: Pascaline Chavanne / Diseño de Producción: Sylvie Olivé / Intérpretes: Marine Vacth, Jérémie Renier, Jacqueline Bisset, Myriam Boyer, Dominique Reymond / Duración: 110 minutos.

DUPLICACIÓN EXCITANTE

_ Tengo miedo de curarme demasiado rápido.
_ ¿Por qué? – le consulta Paul.
_ Creo que deseo permanecer frágil. Tener un dolor y que usted permanezca fuerte.

La confesión de Chloé durante la sesión terapéutica los inquieta por unos segundos y deben bajar la mirada incapaces de sostenerla. Lentamente, ambos se reconocen en esa complicidad y sonríen. Es el inicio del juego de seducción.

La última película de François Ozon –basada libremente en la novela de Joyce Carol Oates– despliega grandes dosis de erotismo en un triángulo que distorsiona los límites entre el presente y lo onírico. Chloé fantasea con Paul cuando está con Louis y viceversa; con el primero mantiene relaciones contenidas salvo en un caso puntual, mientras que con el segundo explora deseos reprimidos. Como bien menciona Louis, los métodos usados por los gemelos difieren y, claramente, no sólo hace referencia al terreno del psicoanálisis.

El coqueteo con el concepto de espejo encuentra explicaciones biológicas como el feto dominante que absorbe al más débil, un caso específico que parece repetirse en la actualidad y la reiteración de acciones y disposiciones en el espacio. La más sobresaliente es aquella en la que Chloé asiste, por primera vez, a los consultorios: las escaleras en caracol, el timbre, la sala de espera con un sillón, libros y la misma flor, su gesto de tomar un puñado de tierra y entrar en el cuarto. Los colores quiebran ese recorrido ya visto; cálidos en el estudio de Paul y fríos en el de Louis.

Amante doble evoca el voyeurismo de la anterior En la casa (2012) a partir del lazo entre la mirada penetrante de Milo, el gato de Chloé, y ella; una proyección que encuentra su clímax cuando el felino espía a la pareja haciendo el amor y la dueña se ve reflejada en dicha mirada. Incluso, el director redobla la apuesta gracias a la constante reconfiguración de la idea de la vigilancia: se trata de la ginecóloga que deja al descubierto la vagina palpitante al inicio del filme, de la madre ausente que persigue a la chica en sueños de muerte, en el gato, en la vecina inquietante, en el propio trabajo de la mujer en el museo y en los terapeutas.

Los elementos como el pasaporte viejo, el auto, el prendedor con forma de gato, los espejos o el dolor de vientre por el cual la joven acude en primera instancia al consultorio completan el universo desdoblado, turbulento y excitante que Ozon plasma con cuidado estético y detalle.

Mientras Chloé le cuenta su sueño a Paul, las miradas de ambos parecen superponerse, enfrentarse, volverse borrosas, multiplicarse. El vigor del contacto visual se replica en las diferentes posiciones de ambos cuando uno habla y el otro escucha. A final de cuentas, uno contiene al otro en el interior. Criaturas únicas y monstruosas.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

70%
  • Nuestro Puntaje
Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail