Crítica: Ama-San (2016), de Cláudia Varejão

Ama-San (Portugal / Japón – 2016)

Dirección, Guión y Fotografía: Cláudia Varejão / Edición: Cláudia Varejão y João Braz / Sonido: Takashi Sugimoto / Duración: 112 minutos.

Hay escenas de la vida real que funcionan como una metáfora. Hay hábitos, personas y mundos que construyen con sus rituales una acción poética, y es la ventana del cine la que nos permite observar esta narración viva. El cine que se convierte en un espejo a través del discurso del documental y como una imagen cristal, nos permite extraer de la acción de observar una realidad capturada a través de la lente como quien extrae perlas del fondo del mar.

El filme nos obsequia una serie de fragmentos en la vida de tres mujeres veteranas que viven en un pueblo costero y pesquero de Japón. Su marca distintiva es que mantienen vivo un ritual milenario: extraer perlas del fondo del mar de manera artesanal. No es un eufemismo decir milenario porque esta actividad lleva más de 1000 años de historia desarrollándose en manos femeninas y no es una palabra más decir que este trabajo es “artesanal” porque es ciertamente una tarea hecha solo con sus propias manos , como un artesano talla una piedra, ellas rescatan sus tesoros.

Las vemos hundirse en el agua azulada e inmensa del mar (hasta sin accesorios para respirar) y danzan como descendiendo hacia el lugar que esconde el tesoro. Es una escena lenta y silenciosa, donde apenas vibra el movimiento del agua en las profundidades que en una toma única observamos y presenciamos este acto tan simple como simbólico. No hay música, no hay encuadres que busquen habitar más allá de la observación misma, a la escena la domina una mirada aquietada y transparente, donde tan solo es importante saber dónde poder mirar y permanecer allí, dejando que la realidad poética fluya con su bello devenir.

Es este el cuadro viviente que cinematográficamente nos deja a la vista el exquisito documental de la realizadora portuguesa Cláudia Varejão, cuya narración se desarrolla tras los pasos de estas buceadoras mágicas. Así nos retrata un ritual femenino que al resistir el paso del tiempo termina constituyéndose sin teorías ni imposturas, en una forma de resistencia. Y como toda acción poética es una forma de resistencia, Ama san -que significa mujeres del mar en japonés- nos deja descubrir un retrato de resistencia. Resistir al paso del tiempo, y a la muerte de un ritual. Se resisten a que se diluya esta mágica tarea de rescatar algo tan icónico como una perla, que es un objeto precioso, escaso, históricamente relacionado a la belleza femenina y escondido en el secreto de las aguas profundas. Se resisten a que deje de ser esta tarea la de una mujer enarbolando la imagen de las “mujeres del mar” que hoy aún son, y de todas las que fueron a través de todos estos años.

Y entre todo ello, el agua, el silencio, los cuerpos en movimiento. En sus vidas cotidianas desfilan otras simplezas, los hijos, la cocina, la música, hasta la graciosa situación de verlas cantar en un karaoke y espiar las pequeñas cosas de sus pequeños días.

Lo que nos queda como imagen y como huella de la metafórica recolección de aquellas pequeñas alhajas blancas, es verlas vestirse para el descenso, en sus trajes de neopreno y con sus cabezas envueltas de manera meticulosa en un pañuelo blanco donde solo asoman sus rostros marcados por los surcos de los años, prestos para hundirse en el agua transparente de ese ritual infinito que las mantiene vivas y las hará eternas.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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