Crítica: Alptraum (2017), de Ana Piterbarg

Alptraum (Argentina – 2017)

Dirección y guion: Ana Piterbarg / Fotografía: Alan Badan, Alejandro Giuliani, Germán Costantino, Lucía Vassallo / Edición: Luis Arancibia, Alejandro Soler / Intérpretes: Germán Rodríguez, Barbara Togander, Florencia Sacchi / Duración: 86 minutos.

FUERZA ANIMAL

Según la leyenda, el Krampus fue seducido por la dulzura de un hada, la siguió embriagado y terminó perdido en medio de una confusión con otros seres. Con su debilidad dispersa, la bestia folclórica alpina recuperó el dominio y le exigía a las víctimas dulces y cariño; si no quedaba satisfecho, los visitaba mientras dormían convirtiendo los sueños en pesadillas y sus cuerpos en el de la criatura.

Pero la artimaña traspasó los límites de lo onírico para encarnarse, para volverse algo concreto y diversificado. O, al menos, eso es lo que reflejan los dibujos del mural al inicio de la película, una sinfonía de figuras recortadas, algunas un tanto borrosas, que comparten características humanas y animales; una suerte de materialización del relato oral y un recordatorio terrestre de su poderío. Como Andreas, la última víctima que atraviesa diferentes estadios de dicha transformación como insomnio, violencia, celos, capacidad de ver, paralelismo de acciones. Porque Alptraum no es sólo el título del filme (significa pesadilla en alemán), sino la fase permanente por la que circula el protagonista, un estado de bifurcación entre dos mundos que pareciera llegar al clímax cuando el hombre se recuesta sobre el mismo mural envuelto en desconcierto y soledad.

Es interesante el trabajo de lo interno, de lo primigenio, lo ancestral, del mito hacia su manifestación que realiza Ana Piterbarg conformado por una dicotomía: por un lado lo tribal representado por el sonido tanto musical como de la voz, cuya máxima expresión son los ensayos del grupo de teatro del que Andreas forma parte y dirige. Esta música de tambores, gritos desgarrados y ritual se despliega a lo largo de Alptraum como leitmotiv del protagonista y de su caso de hibridación humano-bestia.

Por el otro, la incorporación del inconsciente en diferentes capas: también desde el trabajo del grupo en esa búsqueda que no brinda frutos y se vuelve necesario un cambio de roles, las visiones o sueños del protagonista que aparecen en primer plano, de su tratamiento estético y, por momentos, semejante al cine primitivo, por las breves sesiones de terapia o los dibujos de Andreas.

Sin embargo, también hay elementos que quedan desdibujados o no se entiende a qué hacen referencia como, por ejemplo, las escenas del niño hacia el final o la investigación policíaca.

La delgada línea entre lo consciente y los trucos imaginarios se vuelve cada más borrosa. Bestia y hombre parecen no diferenciarse. ¿Dónde está el hada para domesticar a la fiera?

Por Brenda Caletti
@117Brenn

60%
Awesome
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