Crítica: Alicia (2018), de Alejandro Rath

Alicia (Argentina – 2018)

Dirección: Alejandro Rath / Guion: Alejandro Rath, Alberto Romero / Fotografía: Martín Turnes / Sonido: Lucas Ulecia / Dirección de arte: Angeles García Frinchaboy / Montaje: Anita Remón / Producción ejecutiva: Mariana Luconi, Valeria Bistagnino / Intérpretes: Leonor Manso, Patricio Contreras, Martín Vega, Paloma Contreras, Iván Moschner, Silvia Geijo, Sergio Villamil, Pedro Roth y Héctor Giménez / Duración: 72 minutos.

A veces una historia pequeña intenta cómo camino narrativo crear con un mínimo argumento una gran reflexión, y ese rumbo suele ser arduo y complejo, ya que inferir con lo pequeño lo muy grande, en términos de grandes ideologías o de ideas netamente universales, no ofrece muchas certezas ni recetas a la hora de construir el drama. Es un proceso que se basa en búsquedas más personales, derivaciones más imprecisas que nos pueden resultar reveladoras o demasiado diluidas y quedar en la sola intención de querer saltar muy alto desde muy cerca.

El filme, segundo del director Alejandro Rath (¿Quién mató a Mariano Ferreyra?), nos presenta una breve argumentalidad clásica en punto tramático y con intenciones modernas en un aspecto fontal. Cuenta los últimos tiempos en la vida de Alicia (Leonor Manso), la madre de Jotta (Martín Vega), este joven hombre que agencia como protagonista del filme vive un momento de preguntas existenciales frente a la muerte de su madre. En el acto de acompañarla en ese proceso se siente conminado a revisar la idea de la muerte y del duelo, tanto desde los ideales políticos que formaron parte del núcleo familiar, como desde otras perspectivas posibles, como la religiosa. Todo eso se abre en pos de hallar una respuesta sobre las formas trascendentes que hacen a la idea de la muerte y sus límites.

En este camino de búsqueda Jotta va pasando de situaciones hospitalarias con su madre, a otras con la enfermera con quien traba una relación cercana y hasta encuentros con su mismo padre en charlas de todo tipo de tenor, desde las más banales hasta las profundas. Mientras, indaga sobre la muerte, recorre cementerios, iglesias varias y hasta pasa por un velatorio judío. La micro odisea que construye lo lleva a encontrarse con estos personajes representantes de un otro saber, el de las creencias religiosas que, distintas y hasta opuestas, podrán echar luz sobre la sombría perspectiva que estos interrogantes fatales presentan en su vida.

En ese formato de “recorrido” se intercalan desde escenas totalmente ficcionales como las charlas con su madre o con la enfermera, hasta otras de corte cuasi documental tales como la peregrinación a Luján, su asistencia a un templo evangelista con el mismísimo Pastor Giménez predicando en plano o hasta algunas charlas entre los creyentes judaicos en medio de un velatorio a cajón cerrado. Así es que el rabino, el cura católico, o el pastor más otros habitantes de esos mundos nuevos para el protagonista proponen disertaciones varias sobre la fé, la vida después de la muerte, el alma, y el fin de la terrenalidad.

Esa dinámica de formato tipo documental se presenta yuxtapuesta de otros momentos donde en distintas situaciones que parecen imaginadas por el protagonista, léase fantaseadas o soñadas, irrumpen en escena varios de los personajes ya vistos en el filme. Así se tocan los dos extremos, por un lado discurre el plano de la despojada realidad y por otro el del puro artificio que juega en contrapunto con el registro realista. La excusa más peculiar es utilizar el humor como puente entre ambos mundos.

Es la excusa de darle al humor un rol más preponderante en el relato la punta más atractiva del filme, y la que más lo emparentaría con el director que el mismo realizador de esta película refiere en toda la obra con diferentes guiños: Nanni Moretti. Aún cuando esta propuesta en Alicia es despareja y poco fructífera, vale destacar que la relación entre la muerte y el humor es para nosotros históricamente atractiva y que culturalmente la vivimos como algo familiar.

El estilo de tratamiento actoral, o diseño de la dirección de actores no suma lo necesario para un clima adecuado, salvo por Leonor Manso y Patricio Contreras que definen por su propia cuenta y sus vastos años de oficio la forma en que construyen sus personajes, queda muy poco homogénea y cada personaje aporta registros distintos en un filme que deambula entre lo bucólico y lo paródico.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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