Crítica: Al acecho (2019), de Francisco D´Eufemia

Al acecho (Argentina – 2019)
Debido a la crisis sanitaria este filme se estrena simultáneamente en Cine.Ar TV y Cine.AR Play (Gratis durante una semana).

Dirección y Montaje: Francisco D´Eufemia / Guion: Francisco D´Eufemia, Fernando Krapp / Producción: Tomás De Leone, Maia Menta / Productora asociada: Roberta Sanchez / Dirección de Fotografía: Diego Poleri / Dirección de Arte: Juan Pedro Valle / Música Original: Ariel Polenta / Intérpretes: Rodrigo de la Serna, Belén Blanco, Walter Jakob, Facundo Aquinos / Duración: 95 minutos.

Francisco D´Eufemia (Canción perdida en la nieve, 2015; codirección de Fuga de la Patagonia, 2016) vuelve al ruedo junto al guionista Fernando Krapp para contarnos una historia salvaje adentrándose una vez más en un paisaje agreste y hostil al dirigir este híbrido entre lo policial y el thriller rural, casi enteramente rodado dentro del Parque Pereyra Iraola, en donde el protagonista Silva, interpretado por un preciso Rodrigo de la Serna, se internará en el inhóspito paisaje de la naturaleza en una búsqueda frenética entre el deseo y la redención…

EL LLAMADO DE LO SALVAJE

Pablo Silva (Rodrigo de la Serna) llega al Parque Iraola a trabajar como guardaparque a la espera de la resolución de un sumario interno, después de haber sido apresado en una espectacular redada llevada a cabo por la policía por supuestos delitos cometidos dentro de la jurisdicción del Delta del río Santiago.

Mario Venandi (Walter Jakob), jefe a cargo del parque, lo recibe, le da alojamiento y lo pone al tanto de sus tareas, entre otras, la vigilancia y el patrullaje del Parque Iraola, un lugar inhóspito y ruinoso que alberga un pasado de esplendor y un futuro incierto. Mariano Rodríguez (Facundo Aquinos) lo llevará de recorrida para mostrarle el lugar. En una de estas recorridas, acompañaremos con el aliento entrecortado, efecto provocado por la cámara en mano utilizada por el director durante estas caminatas, introduciéndonos en la espesura del parque del mismo modo que accederemos al lado más salvaje del interior de los protagonistas. Silva y Mariano encontrarán a un perro muerto aparentemente víctima de cazadores furtivos en busca de animales que serán destinados al tráfico y al comercio ilegal.

A partir de ese momento Silva se pondrá a rastrear las huellas de los cazadores, y en este punto, la historia toma una densidad singular. De alguna manera, el rol de cazador de animales se invierte, y los cazadores furtivos devienen potenciales presas, desde el punto de vista de Silva, ya que los rastreará y los perseguirá hasta acorralarlos, con el fin de averiguar la cadena de complicidades dentro de una red de tráfico de animales. Sus fines nunca resultan del todo claros. Y en este punto ciego, en no saber cuáles son las verdaderas intenciones de Silva es donde reside el conflicto narrativo del filme.

La tensión irá en aumento, y nunca dejará de subir porque estará sostenida en gran parte por la ambigüedad del proceder de Silva. Ya que sus acciones por momentos vacilan entre capturar a los cazadores furtivos y denunciarlos, como bien le aclara a Martínez, su compañero en el parque, o al contrario, querer negociar con ellos para obtener ganancias.

En esa vacilación del personaje es donde radica la potencia del conflicto. No sabremos porqué hace lo que hace ya que la mayor parte del tiempo Silva lo pasa en soledad, sin intercambios verbales con otros personajes que nos pudieran brindar alguna pista sobre sus verdaderos móviles. Tendrá un encuentro sexual algo desenfrenado y salvaje como la misma naturaleza de la encargada del lugar, Camila Márquez, interpretada por una Belén Blanco tan agreste e indomable como la misma espesura que la circunda y con la que tan bien se mimetiza. La misma Camila asevera, “ya no hay lugares así”. Así como la fotografía logrará atrapar esa rusticidad del paisaje, el sonido captará a la naturaleza, el sonido del agua del arroyo o del río, porque como dice Silva, “lo mío es el agua”.

LOBO

El momento más revelador y sustancioso del filme se dará cuando Silva, en medio de una de sus tantas recorridas por los lugares no permitidos al paso del público, se encuentre con un zorro herido y enjaulado que ha caído presa de esa red de cazadores furtivos que trafican animales para alimentar cotos de caza ilegales. A partir de ese instante en el que Silva lo rescata y lo lleva a una barraca abandonada, se producirá en Silva un apego brutal e irresistible hacia el animal herido, el zorro, quizás porque tanto personaje como animal hacen espejo de una misma naturaleza. Silva tratará de mantener a salvo al zorro enjaulado, lo alimentará y pasará parte de su tiempo en su compañía, como si al darle protección y alimento estuviera por otra parte alimentando su siempre oculto lado salvaje. En una escena inusualmente expresiva, por lo primitiva y rudimentaria, veremos a un Silva sentado sobre el piso comiendo con las manos junto al zorro que hará lo mismo pero fuera de campo, escucharemos simétricamente el ruido que hacen las dos bestias saciando su apetito.

El Parque Iraola replicará lo salvaje del paisaje que Silva lleva en su interior ya que el encuentro con el zorro no hará más que desatar esa naturaleza indómita, que había estado latente pero dormida; ese lazo tan indestructible como atávico se pondrá de manifiesto en el encuentro con el animal, tal vez por esa razón Silva sienta el llamado de esa poderosa naturaleza salvaje que la presencia del zorro ha despertado en su interior, sin resistirse a seguir su llamado porque animal y hombre se corresponderán en una misma y poderosa naturaleza.

Por Gabriela Mársico
@GabrielaMarsico

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