Crítica: 27, el club de los malditos (2018), de Nicanor Loreti

27, el club de los malditos (Argentina – 2018)

Dirección: Nicanor Loreti / Guion: Nicanor Loreti, Alex Cox / Fotografía: Mariano Suárez / Edición: Emanuel Flax / Intérpretes: Diego Capusotto, Sofía Gala Castiglione, Daniel Aráoz, Willy Toledo, Paula Manzone / Duración: 80 minutos

¿FIN DE LA LEYENDA URBANA?

El teniente Martín Lombardo exuda todos los clichés de un mal policía: interviene la escena del crimen, pierde de vista a la testigo, trabaja con resaca e incluso se hace suspender. Sin embargo, el surgimiento de un nuevo caso –el supuesto suicidio del cantante punk Leandro de la Torre– elimina el castigo y trae de regreso a este hombre de la ley fanático de Racing con cierta inclinación hacia la violencia y con un marcado sello personal, que incluye los ojos saltones como antesala de su frase de presentación “Buenaasss”, con un prolongado énfasis en la última parte.

La nueva película de Nicanor Loreti combina la leyenda urbana del “club de los 27”, es decir, la muerte de numerosos músicos a dicha edad como Jim Morrison, Jimi Hendrix, Janis Joplin, Kurt Cobain y Amy Winehouse, entre otros, con teorías conspiratorias basadas en la hipótesis de que todos fueron asesinados. Por tal motivo, el relato se construye sobre esta premisa y con el video de la supuesta caída por la ventana del cantante registrado por Paula, una fanática y testigo del hecho.

27, el club de los malditos” contiene guiños a variados géneros como el policial, la ciencia ficción, toques de acción o el comic, manifestados en algunos gestos como arrojar el cigarrillo y aplastarlo con la punta del zapato, los tiroteos, las explosiones, la aparición de un laboratorio, cierta estética pop/punk o los ángulos de la cámara. De hecho, el director se permite jugar con la incorporación de escenas en  blanco y negro en inglés y se toma ciertas licencias para incluir a Sid Vicious, cantante y bajista de Sex Pistols que murió a los 21 años por sobredosis de heroína y a Joe Strummer, líder de The Clash, cuyo deceso ocurrió en 2002 a los 50 años.

El filme está organizado desde el absurdo, la falta de explicación de algunas escenas, el desarrollo excesivo de muchas otras y la poca profundización de las historias de la mayoría de los personajes secundarios; decisiones que deslucen el trabajo y le quitan fuerza a la hipótesis inicial, por más disparatada que pueda parecer.

La pandilla impensada se deja ver con variedades de armas a la espera de la orden final; esa misma que nace a partir de los ojos saltones para acabar con el grito de guerra “Buenaasss”.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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