Crítica: Pabellón 4 (2017), de Diego Gachassin

Pabellón 4 (Argentina – 2017)

Dirección, Fotografía, Guion y Producción: Diego Gachassin / Montaje: Fernando Vega / Sonido: Hernán Gerard, Fernando Vega / Intérpretes: Alberto Sarlo, Carlos “Kongo” Miranda Mena / Duración: 71 minutos.

LA FILOSOFÍA NO SE MANCHA

La carta de presentación de Pabellón 4 es un desafío, una experiencia  si se quiere inherente al género. Sin embargo, aquí las cosas no son nada fáciles, tal como deja ver la advertencia al inicio. “Por primera vez una cámara puede entrar a registrar un documental en un pabellón de población de la Argentina.”  De esta manera, las expectativas por explorar los conflictos en una cárcel de máxima seguridad de Florencio Varela como espectadores y comprobar qué tan cierto es el riesgo son importantes. Incluso, alguno podría caer en la tentación de subestimar la capacidad de los realizadores y pensar en la posibilidad de asistir a uno de los tantos proyectos contaminados por la televisión y una estética casada con la miseria gratuita. Las primeras imágenes destierran tal prejuicio. Los bordes del pabellón en cuestión son mostrados con calma y se constituyen en el breve prólogo para llevarnos a un taller sobre filosofía y literatura, una experiencia interactiva entre los presos y un joven coordinador llamado Alberto Sarlo, quien sostiene los proyectos artísticos y deportivos ante la desidia de los funcionarios y la ausencia del Estado.

Lógicamente, la mirada también incluye los conflictos, pero los deja fuera de campo. Quien quiera asistir a la pornomiseria tiene de sobra en esos nefastos programas televisivos de las noches argentinas. En uno de los momentos nos enteramos de una pelea por pastillas que causa la muerte de uno de los internos. Lejos de recurrir a maniobras manipuladoras, la cámara registra las consecuencias morales del caso con una ronda en la que todos discuten la cuestión, dan sus argumentos y buscan razones para aplicar lo que aprenden a fin de no perder la esperanza y “hacer la diferencia desde este infierno”.

Los esfuerzos desmedidos de Alberto se completan con las gestiones que trata de hacer fuera de la cárcel para mantener el grupo y la momentánea armonía. Y por supuesto nada es fácil. De  modo tal que una conmovedora lectura de un preso da lugar a una escena siguiente donde se arma lío por unos billetes falsos y hay que intervenir para salvar vidas. Sin embargo, hay un aspecto fundamental en su personalidad que queda magistralmente registrado en un pasaje del documental cuando les habla a los presos como el Sócrates que todos anhelamos, sin careta,  y da los fundamentos éticos de su función, totalmente alejados de lo políticamente correcto y de las demandas de una sociedad que siempre esquiva el verdadero origen de los problemas. “Yo vengo a enseñar literatura y filosofía y me chupa un huevo su reinserción” les dice a los muchachos. Y lo maravilloso es que, lejos de prometerles un paraíso, trata de convencerlos de que nada tiene que ver con la moral el arte (les nombra a Celine, Voltaire, Heidegger, entre otros). “Yo no vengo a enseñar literatura y filosofía para que sean mejores personas. Eso es colonialismo.”  La secuencia es extraordinaria. No solo echa por tierra el sentido de la utilidad, un tranquilizante para las mentes conservadoras, sino que pone un mismo nivel el potencial de los internos al de los grandes nombres de la historia.

El otro protagonista es un ex convicto con un pasado familiar bravo, dibujante, boxeador, involucrado también con los talleres. Es un punto de vista complementario, el de la reinserción, pero coincidente con el de Alberto en desenmascarar la hipocresía del medio pelo argentino.  Mientras ellos trabajan, la radio informa que los políticos continúan sacando leyes para “controlar, vigilar y castigar”.

Me permito concluir con una anécdota personal. Hace unos cuantos años, mientras cursaba la carrera de Letras en la Universidad Nacional de Mar del Plata, en una de esas materias pedagógicas cuyo nombre prefiero no acordarme, la profesora destilaba teoría hasta por los codos y se regodeaba en abstracciones propias de la pose académica. Una alumna pidió permiso para interrumpir. No solo estaba agobiada por la marea conceptual sino por la falta de un cable a tierra en toda esa maraña de palabras. Era interesante el planteo, sin embargo fue opacado por un tipo flaco con barba (no era una barba de barrio, sino una intelectual, arreglada para la ocasión) que hizo la típica canchereada de claustro, una ironía berreta del estilo “¿y qué querés, llevar Foucault a las villas?”. Bueno, a ese tipo de barba estilizada yo le regalaría una copia de Pabellón 4 para que intente no morir aislado en su castillo de cristal académico. Seguramente, podrá ver que la cárcel no es un rincón de luz ni mucho menos, algo que todos sabemos, pero también comprobará que la filosofía no se mancha.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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