Crítica: La luz incidente (2015), de Ariel Rotter

La luz incidente (Argentina – 2015)

Dirección y guion: Ariel Rotter / Fotografía: Guillermo Nieto / Montaje: Eliane Katz / Música: Mariano Loiácono / Dirección de arte: Aili Chen / Producción: Juan Pablo Miller, Ariel Rotter / Intérpretes: Érica Rivas, Marcelo Subiotto, Susana Pampín, Greta y Lupe Cura, Rossana Vezzoni, Elvira Onetto, Roberto Suárez / Duración: 97 minutos.

ABSORCIÓN MONOCROMÁTICA

Luisa abre el armario y mira la ropa colgada. Muy despacio saca una camisa y la huele bastante tiempo ya sea para acercarse a través del olfato hacia su dueño o, quizás, para no permitirse olvidarlo. Con cuidado toma una de las mangas y la acomoda como si fuera un abrazo. Entonces, entra Mary y Luisa devuelve la prenda a su sitio.

La escena está retratada no sólo con delicadeza, sino con tal grado de intimidad que se asemeja a los pensamientos propios, en los que interviene una mezcla de recuerdo, duda y lo difuso. Este tratamiento que replica Ariel Rotter a lo largo de la película está basado en su mirada interior respecto a las fotos familiares guardadas, de las que poco se hablaba y no se podía preguntar mucho; una combinación entre el trazado de la memoria familiar y los fantasmas personales.

Por tal motivo, en La luz incidente hay un constante trabajo de construcción y deconstrucción delimitadas por líneas muy finas tanto en la puesta en escena como en los personajes. En primera medida, no es casual el uso del blanco y negro como tampoco el hecho de que en varias escenas los personajes se encuentran en los marcos de las puertas. También, las dos veces que aparecen fotos no se muestran a cámara y su vínculo con quien la conserva es sumamente profundo.

Por el otro lado, el director privilegia la idea de borramiento ya sea del espacio, del rostro o del tema. Por ejemplo, cuando Luisa (Érica Rivas) va al parque con sus hijas, cada vez que una de ellas se acerca a un primer plano por el balanceo de la hamaca, su cara se torna difusa y cuando se aleja se restablece.

En el caso del tema es más bien su evasión: alrededor de la mitad del filme se sabe con certeza el motivo del sufrimiento de Luisa pues, hasta ese momento, los personajes sólo dan indicios de lo ocurrido. Y ese mecanismo también da cuenta del recuerdo en sí mismo, de aquello que permanece oculto o no es completamente claro.

La luz a la que hace referencia el título parece resignificarse al final y, con ella, la memoria en sí. Quizás sea hora de dejar entrar al color.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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