Crítica: Muere, monstruo, muere (2018), de Alejandro Fadel

Muere, monstruo, muere (Argentina / Francia / Chile – 2018)
MDQFest33: Competencia Internacional

Dirección, Guion: Alejandro Fadel / Producción: Agustina Llambi Campbell, Alejandro Fadel, Fernando Brom, Julie Gayet, Antoun Sehnaoui, Nadia Turincev, Jean Raymond García, Benjamin Delaux, Édouard Lacoste, Dominga Sotomayor, Omar Zúñiga / Fotografía: Julián Apezteguía, Manuel Rebella / Montaje: Andrés P. Estrada / Música: Alex Nante, Beatriz Ferreyra / Intérpretes: Víctor López, Esteban Bigliardi, Tania Casciani, Romina Iniesta, Jorge Prado / Duración: 109 minutos.

Planos rigurosamente vigilados. Una morosidad al borde de lo irritable. La notable factura técnica que incluye una excelente edición de sonido. Encuadres iluminados a la perfección. Es decir, todo aquello que representa hoy el amable conformismo de la mayoría de las películas que circulan por festivales prestigiosos. La novedad en este caso es la incursión en lo fantástico. Sin embargo, hay más engaño que otra cosa, sobre todo porque la película se presenta como de terror autoral, como si este tipo de cine necesitara de tal legitimación. En realidad, al igual que sucede en el otro filme argentino en competencia internacional de Mar del Plata 2018 (Vendrán lluvias suaves), se bordea el género con la excusa de la afectación (autores son Carpenter, Cronenberg, Romero). Y no se trata de ser un purista del miedo ni invalidar propuestas estéticas híbridas, sino de no dejar pasar de qué forma se enmascara un procedimiento harto repetitivo (bien asimilado en la política de los festivales y defendido a ultranza en desmedro de otra vitalidad marginada por programadores) de directores más vinculados a la elite diletante gratuita que al público en general.

En este sentido, Fadel demuestra talento como observador y lo hace notar todo el tiempo, pero desde unas montañas más elevadas que el paisaje de Los Andes. La historia comienza con esa clase de escenas reconocibles en Reygadas, Escalante y tantos otros, donde una mujer pierde su cabeza en medio de un rebaño de ovejas ensangrentadas (hasta la sangre en los animales está prolijamente puesta). Será el inicio de una serie de crímenes misteriosos cuyo principal acusado dice escuchar voces y habla como el Hombre mirando al sudeste de Subiela. A él se le suman un comisario, un policía y otra mujer. La trama avanza en medio de ambigüedades, de líneas casi imperceptibles de diálogo con duración inverosímilmente excesiva y algún que otro desliz canchero como el del policía bailando una canción de Sergio Denis. Curiosa también es la confesión del director antes de la función sobre la alegría de filmar en su Mendoza natal, de capturar los paisajes, dado que, en general, brillan por su ausencia.

Dentro de un registro monocorde, las situaciones nunca levantan más allá de la superficie autómata que pisan los personajes, hablando de modo poco entendible y sin matices. Para colmo, y como muestra del esfuerzo empleado en los efectos especiales, el tramo final desmerece el trabajo de fuera de campo sostenido durante toda la película. Muy plástico, muy cromático. Pura cáscara para el regodeo.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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