Desbordar

Desbordar (Argentina – 2010)

Dirección: Alex Tossenberger / Guión: Alex Tossenberger y Pablo Lago / Fotografía: Mariano Cúneo / Edición: Dan Chelger / Música: Martín Iribarren / Elenco: Carlos Echevarría, Julián Doregger, Fernán Mirás / Duración: 109 minutos

El director Alex Tossenberger (Gigantes de Valdez, 2007) toma un hecho real –la creación de un taller de periodismo y escritura dentro del Hospital psiquiátrico Borda coordinado por tres jóvenes psicólogos a fines de los años 80- para recrearlo en el filme Desbordar nombre que toma de la revista publicada por entonces, fruto de la producción escrita de los internos de ese mismo taller además de colaboraciones de renombradas figuras de la cultura tales como las de Alfredo Moffat y Vicente Zito Lema, así como también las de Hebe de Bonafini o del juez Eugenio Zaffaroni.

El mismo Tossenberger ha declarado: “A mí me preocupa qué representaciones se tienen de lo que es la salud mental y la locura. El anhelo con la película es poder trabajar en las representaciones. La película apunta a la aceptación de la diferencia”.

Los problemas en Desbordar surgen justamente a la hora de construir un modo de representación de la locura. El filme, lamentablemente, reproduce estos modos de representación del cine hollywoodense que a su vez están basados en el arquetipo o estereotipo del enfermo mental. Se explota el lado romántico de la locura: el genio o artista. Y por otro, el lado estigmatizador: el loco criminal.

El silencio de los inocentes
El hospicio es la institución más degradadora de todas, incluso más que la cárcel. Porque aquí al interno se lo despoja de lo más íntimo: de su identidad. La historia clínica es desechada, y la medicación pasará a ser el único tratamiento de su enfermedad. Se condena al interno a un ocio forzado y vive -como bien lo dice un personaje- en un mundo sin tiempo. Así se lo animaliza y el interno termina como un vegetal. Pierde la palabra. Vale decir, se pierde a sí mismo.

Ivan (Julian Doregger) Dario (Nacho Ciatti) y Marcos (Carlos Echeverria) son los jóvenes psicólogos que crean un taller de periodismo y escritura con algunos internos del hospicio: Jose Cadrela (Jorge Naya), Martin Tayal (Miguel Dedovich) German Oldaro (Cesar Gustavo Covi) Julian Pasende (Omar Farrucci) justamente para que los internos vuelvan a recuperarse a sí mismos.

El taller de escritura surge a partir de una concepción transformadora de la salud mental, logra entre otras cosas, como se verá en el filme, recuperar la palabra, el diálogo, restituir el vínculo terapéutico entre médico y paciente, revirtiendo así la cosificación y devolviéndole al interno su condición de sujeto. Este es el poderoso punto de partida del filme que podría haber generado una indagación seria, profunda y comprometida con la realidad de la salud mental, en vez de producir una vez más un discurso mistificador de la locura propio de la ideología dominante.

Cualquiera que haya visto la población de los hospicios comprobará que lejos de encontrarse con gente pintoresca, locos lindos o de atar, verá a linyeras, gente muy pobre que ha sido abandonada por sus familiares, y que librados a su suerte deambulan como zombis de manera desesperanzada, o bien, dormitan en cualquier lugar. Muchos de ellos podrían recuperarse si contaran con atención y un tratamiento adecuado.

Lo terrible, la locura, no está dentro de la mente de los pacientes, sino en las condiciones infrahumanas a las que son sometidos: el estado ruinoso de los edificios, la suciedad, la falta de recursos materiales y humanos, la falta de gas, de agua, de electricidad –incluso sorprende que puedan aplicar tratamientos de electrochoques-, y por otro lado, la sobre medicación, bien llamada chalecos químicos, que mantiene a los internos bajo control.

El filme intenta denunciar el predominio de sectores médicos preocupados por el negocio que tienen con los laboratorios, que por los tratamientos que podrían curar a los internos. La venta de órganos y el abuso físico y psicológico en manos de parte del personal a cargo: Monzon (Daniel Valenzuela ) un enfermero sádico y brutal que se impone, incluso, al cuerpo médico. Tampoco faltara el director fiel representante de la burocracia hospitalaria, y en el extremo opuesto el joven idealista que entregara su vida por una causa. En este entramado de estereotipos carentes de verdad y consistencia, naufragara la trama en un mar de frases hechas que saldrán de la boca de maquetas. Estas miradas condescendientes y falsas resultan en una distorsión y manipulación que reproducen y siguen perpetuando la discriminación y la estigmatización de la enfermedad mental, representaciones, por otra parte, que deforman el imaginario colectivo dejando como agente residual el miedo que se le sigue y seguirá teniendo a lo desconocido, en este caso a la locura.

Atrapado sin salida
Desde El gabinete del doctor Caligari, (1933), hasta El club de la pelea, (2004), o más recientemente Memento (2009) el cine ha transitado el tema de la locura con diferentes resultados. Cuando se ha tenido la intención de mostrar la enfermedad mental objetivamente para hacerla comprensible para el espectador se ha llegado muy lejos y ha resultado una experiencia rica e iluminadora. Valgan como buenos ejemplos los filmes mencionados. Sin embargo, cuando el objetivo ha sido la explotación comercial de la locura, por otro lado, una tentación difícil de resistir para algunos cineastas, con el fin de atraer espectadores a través del morbo, el resultado ha sido el mismo que con Desbordar. Desolador.

El filme, en términos dramáticos, es fallido. En primer lugar porque los personajes no han sido bien trabajados. No tienen historia. Irónicamente, el filme calca y reproduce lo que ocurre con la psiquiatría argentina. Poniendo de relieve dos rasgos que la caracterizan: la inmovilidad, es decir su falta de dinamismo, y el anacronismo, tomando así una concepción jerárquica, autoritaria y no dialéctica de la conducta. Se toma al paciente-personaje como un ser ahistórico. Se lo despoja de su experiencia personal, de su cultura y de su identidad. Los médicos auspiciados o bien regenteados por los laboratorios contribuyen a la cronificación del paciente con sobre medicación, dejando de lado su historia clínica, ya no importa quién es ni de dónde viene, y este hecho, quitarle la historia de vida es quitarle su identidad.

No sorprende que el filme Desbordar haya sido declarado de interés cultural y distinguido por el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires por iniciativa de la diputada María Elena Gadeo. Ya que entre las instituciones que generan ideologías de apoyo a la psiquiatría, y a sus cátedras en la Universidad, se encuentra el Ministerio de Educación. Tampoco olvidemos que si bien el estreno de Desbordar coincidió con la aprobación de la Ley de Salud Mental que redefine el tema de la locura y su tratamiento, y que establece al paciente psiquiatrico como sujeto de derecho, no se contempla en ninguno de sus artículos, el derecho de los internados a acceder al arte como terapia alternativa de recuperación. Esperamos que en un futuro no muy lejano sean los mismos internos agrupados en las comunidades autogestivas y alternativas-Frente de Artistas del Borda, Cooperanza, Radio la Colifata- los que encuentren un camino paralelo o una solución insólita para hacer una película que los represente como de verdad son.

Gabriela Mársico
redacción@cineramaplus.com.ar

Podría interesarte

Escribe un comentario

No publicaremos tu mail