Crítica: Whiplash (2014), de Damien Chazelle

Whiplash: música y obsesión / Whiplash (Estados Unidos – 2014)

Dirección y guion: Damien Chazelle / Fotografía: Sharone Meir / Música: Justin Hurwitz / Montaje: Tom Cross / Diseño de producción: Melanie Paizis-Jones / Intérpretes: Miles Teller, J.K. Simmons, Melissa Benoist, Paul Reiser, Austin Stowell, Nate Lang / Duración: 106 minutos.

CON SANGRE, SUDOR Y LÁGRIMAS

Con una extensa pantalla en negro y rumores sonoros de una batería, Wiplash, se inicia en la senda rítmica del jazz. Lo que sigue es, tal vez, la escena típica en la que se descubre a un joven intentando dominar el arte del tempo, situación que, según la lógica del relato clásico hollywoodense, deberá ir progresando con el correr del metraje. Sin embargo, si bien, el filme no logra destacarse por la creatividad de su historia, sí llega a encontrar cierto ritmo interno, el cual habilita el camino de la identificación con su protagonista: este joven aprendiz de músico que desea triunfar, cueste lo que cueste.

Andrew Neyman (Milles Teller) sabe bien cuál es su objetivo en la vida, y es por eso que matriculado en la mejor escuela de música, su sueño es la gloria, junto con la fama y el reconocimiento por sus dones naturales a la hora de jazzear con la batería. Alojado en un seno familiar cuyas mayores expectativas son las victorias deportivas, Andrew, no conecta con este grupo de personas que no logran visualizar que los verdaderos sueños sólo se cumplen a través de la disciplina y el esfuerzo diario.

En tanto aspectos netamente cinematográficos, Damien Chazelle, su realizador, captura a través del montaje rítmico, pasajes audiovisuales pintorescos que reflejan espectros neoyorkinos, aquella mítica ciudad que parece exhalar jazz. Preocupado en reflejar el estado de ánimo del protagonista, Chazelle se vuelve intimista a la hora encuadrar casi sin salirse del primer plano y optando por una paleta cromática amarillo-verdosa, la cual tiñe las escenas de una singular atmósfera vintage.

Consciente de su propio potencial, Andrew, se sabe poderoso a la hora de enfrentar, por ejemplo, a Terrence Fletcher ( J.K.Simmons), un estricto docente del conservatorio, quien con técnicas muy poco pedagógicas, intenta colaborar en la revelación de verdaderos talentos musicales. Es la dupla dramática de estos personajes la que marca el centro de atención de esta historia que habla acerca del poder de las convicciones.

Con mensaje esperanzador y al mejor estilo happy ending, Wiplash, recupera ciertos tópicos del tan recordado carpe diem, y su espíritu de progreso ilimitado y juventud prometedora. Viva por aquellos que viven las mieles de sus sueños cumplidos.

Por Paula Caffaro
@paula_caffaro

 

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