Crítica: Vergara (2018), de Sergio Mazza

Vergara (Argentina – 2018)

Dirección y guion: Sergio Mazza / Fotografía: Daniel Anguiano Zuñiga / Edición: Sergio Mazza y Federico Molentino / Dirección de arte: Nicolas Moncaglieri / Sonido: Maxi Gorriti / Intérpretes: Jorge Sesán, María Celia Ferrero, Lautaro Borghi, Adrián Garavano y Miranda Postiglione / Duración: 73 minutos.

Marcelo Vergara se lleva bastante mal con el mundo. Pero tiene sus motivos. Es capaz de pasar de la calma más absoluta a los ataques de ira del mismo modo que respira. Es como la película: parece que va a derivar en estallidos, que su destino es el caos, sin embargo, colisiona contra un muro minimalista, un pilar cuyo registro pasa por el humor y el absurdo. Si exige algo no es una carcajada, más bien esa sonrisa trabajada desde una complicidad con el espectador que no siempre funciona si cae en manos equivocadas. Mazza lo sabe, y a pesar de dos o tres situaciones fallidas, el resultado general es por lo menos simpático.

Quien le pone el cuerpo a Vergara es Jorge Sesán, siempre recordado como uno de los chicos de Pizza, Birra, Faso (1997), la película que disparó el paradigma del llamado “nuevo cine argentino”. Veinte años después, las cosas no han mejorado para la Argentina: continúa la marginalidad, la pobreza alcanza índices astronómicos, la corrupción está enquistada en todos los huecos habidos y por haber y el destino nunca ha sido más incierto. A Vergara lo echan de la radio, su legítimo amor, y anda por Rosario con su mochila pelándose con la gente. Vive en una especie de refugio donde la música y el cine se cruzan como guiños. Un poster de Taxi Driver nos conecta con la alienación urbana del protagonista, mientras que el Jazz marca el rasgo de espontaneidad de una historia que se arma con la continuidad de viñetas, silencios y miradas, más cercana al universo de Rejtman que de Caetano, y que coquetea con Kaurismaki y la música de Krzysztof Komeda para Polanski. De modo tal que Vergara (como nosotros) no encaja en un mundo de muñecos, de poses. Lo único que lo motiva es una doble búsqueda, de naturaleza bien disímil: la laboral y la paterna. La primera le sirve para caer preso de un sistema que se sigue sosteniendo en el fraude y la viveza criolla; la segunda, de índole más espiritual, consiste en la necesidad de saber si puede ser padre. Por ello, su vida transcurrirá en un presente dilatado entre una biopsia testicular y las cajas que recibe en el puerto donde es empleado. Mientras tanto, intenta una relación con Laura, joven productora de la radio donde fue locutor y ahora continúa su amigo.

La inmovilidad y la monotonía, dos signos posibles para una mirada enfocada en las grandes urbes, se construyen desde planos fijos y simétricos, más ligados a la caricatura. Por otro lado, la concisión narrativa a base de elipsis y la frialdad de los colores no derrocha empatía, sobre todo en la primera parte de la película. No tiene necesariamente que entenderse esto como un rasgo negativo ni definitivo. Hay algo, a medida que transcurren los minutos, que nos lleva a querer un poco las obsesiones de Vergara, su carácter y sus acciones. Al final, la sonrisa se extiende unos centímetros más.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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