Crítica: Una semana y un día (2016), de Asaph Polonsky

Una semana y un día / Shavua ve yom (Israel – 2016)

Dirección: Asaph Polonsky /Guion: Asaph Polonsky / Fotografía: Moshe Mishali / Intérpretes: Sharon Alexander,  Shai Avivi,  Evgenia Dodina,  Uri Gavriel,  Carmit Mesilati Kaplan, Tomer Kapon/ Duración: 98 min.

AL FINAL, TODO ES UN JUEGO

Un día puede ser suficiente para darnos cuenta de todas las cosas “insignificantes” que nos rodean; los gatitos recién nacidos en el jardín, el vecino joven que te sonríe y por qué no, un cigarrillo de marihuana que nunca antes habías fumado.  A Eyal, la muerte de su hijo logra desencajarlo tanto que parece estar levitando en otra dimensión, o quizá, mirando todo con más claridad.

En este filme, seguimos a Eyal y a Vicky, una pareja a quien hace una semana se le murió su único hijo y parece que llegó el momento de regresar a la cotidianidad. Pero ese día, la única jornada que dura el argumento, se alarga tanto que empezamos a sospechar de su continuidad.  Aún así, cada ocurrencia de Eyal nos regala varias sonrisas.

La historia  transcurre en Israel, aunque las referencias a este país no son evidentes, ni pretenden serlo (solo cuando mencionan la celebración del Shiva), disfrutamos de un humor negro que es diferente y a la vez repetitivo por sus matices gringos, ya que su director es estadounidense. En estas escenas empañadas de humor, Polonsky hace un juego con cortes rápidos acompañados de música pop-rock, por momentos, y con planos largos y silenciosos en otros. Esta mezcla deliberada en el montaje parece más una búsqueda experimental, que una propuesta consolidada.

El relato no da cuenta del pasado de los personajes, menos aún de Ronnie (el hijo fallecido), sino que el foco está puesto en ese día, un presente eterno. En poner a Eyal (interpretado por Shai Avivi, quien se hizo conocido en su país por su actuación en una serie de cómica) a interactuar con todas las cosas que se encuentra.

Recurriendo a elementos de la técnica clown, vemos a Eyal discutiendo e insultando a sus vecinos y de repente corriendo como niño, con un rostro inexpresivo, pero con gran histrionismo en su cuerpo. El protagonista juega todo el tiempo con las situaciones que se le presentan,  sobre todo con la del porro que no pudo armar (aquí es donde más aparece el humor estadounidense que se vuelve cacofónico).

Puede parecer una película ligera que convierte a una tragedia humana, como lo es la muerte de un ser querido, en una serie de hechos ridículos, pero es ahí precisamente donde reside la magia de esta cinta, en hacer catarsis y sobrellevar un duelo riéndonos un poco del dramatismo humano, porque al final, todo es un juego.

Por Mónica Samudio
@MoikSamudio

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