Crítica: Un crimen común (2020), de Francisco Márquez

Un crimen común (Argentina / Brasil / Suiza – 2020)
35 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata: Competencia Argentina
Estreno en cines

Dirección: Francisco Márquez / Guion: Francisco Márquez, Tomás Downey / Producción: Luciana Piantanida, Andrea Testa, Francisco Márquez / Fotografía: Federico Lastra / Montaje: Lorena Moriconi / Música: Orlando Scarpa Neto / Dirección de Arte: Mariela Rípodas / Sonido: Abel Tortorelli / Intérpretes: Elisa Carricajo, Mecha Martínez, Eliot Otazo, Cecilia Rainero, Ciro Coien Pardo / Duración: 96 minutos.

Lo primero que nos llama la atención de Un crimen común es su formato de exhibición. Resulta tan raro ver hoy algo más angosto que el 16:9 del standard televisivo, que una película con aspect ratio “cuadrado” nos hace, por lo menos, cuestionarnos por esa decisión. José Luis Guerín dijo una vez que era su formato favorito y me pregunté por qué. Con el tiempo llegué a la conclusión que éste es el plano de lo humano, del rostro. Porque los cuerpos ocupan casi todo el ancho del cuadro, sin dejar lugar para nada más. El entorno desaparece, pero sólo de lo visible y, con ello, automáticamente se amplía el fuera de campo. Y cuando hablamos de un filme que habla sobre el miedo y el terror, la elección parece casi evidente.

Un crimen común es una película marxista, una película que habla de la lucha de clases. Su protagonista, Cecilia, es una madre separada con un hijo, profesora universitaria en Sociales. En su casa trabaja una mujer que tiene un hijo joven. El drama se desencadena cuando ese joven desaparece, luego de haberse presentado de noche en su casa y huido ante la negativa de ella a recibirlo, para luego aparecer muerto en un río. El culpable de su muerte es Gendarmería, que se la tenían jurada, según dicen los vecinos y su madre. A partir de ahí el equilibrio burgués que sostenía la vida de su protagonista comienza a tambalear.

Cecilia enseña autores marxistas y que dialogan con el marxismo en sus clases. Reprende a dos estudiantes que le presentan un abstract con poco o nulo marco teórico. Cecilia se mueve en el mundo de las ideas, allí encuentra su anclaje. Cuando muere el joven, la culpa comienza a atormentarla, pero no sólo por no haberle abierto la puerta aquella noche, sino porque, previamente incluso, había desconfiado de él; lo creyó una amenaza, lo prejuzgó por pobre, lo creyó un delincuente. En un principio, refugiada en sus ideas y sus textos, Cecilia pensó que había en su vida una armónica convivencia de clases. Incluso almorzaba con quien era su empleada. Pero cuando su miedo burgués a perderlo todo comienza a azotarla, los textos dejan de dar respuestas. El conflicto de la película es entre teoría y praxis. Al tener que confrontar con otra clase social los textos se vuelven letra muerta. Esto se evidencia por un progresivo desentendimiento de sus responsabilidades académicas e incluso un cuestionamiento sobre los autores de la cátedra. A aquellos estudiantes que primero reprendió, ahora, ya con marco teórico establecido, directamente los ignora. La academia no resuelve sus miedos.

Ante el primer conflicto con su empleada, la lucha de clases se materializa e impide cualquier tipo de convivencia o tregua. La culpa no es de ninguna de las dos, ambas están determinadas por su clase social. El director nos dice que no hay reconciliación posible, no hay pacífica convivencia porque el sistema capitalista lo impide. Una vez que ocurre la contienda, todo vuelve al equilibrio, un equilibrio capitalista, un equilibrio que pone a cada uno en su lugar: la burguesa con su conciencia tranquila, la proletaria con un hijo muerto por “negro”.

Por Martín Miguel Pereira

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