Crítica: Un camino a casa (2016), de Garth Davis

Un camino a casa / Lion (Estados Unidos / Australia / Reino Unido – 2016)

Dirección: Garth Davis / Guión: Luke Davies / Fotografía: Greig Fraser / Música: Volker Bertelmann y Dustin O’Halloran / Edición: Alexandre de Franceschi / Intérpretes: Dev Patel, Rooney Mara, David Wenham y Nicole Kidman / Duración: 118 minutos.

LAS REGLAS DEL JUEGO

Hay una sentencia que pega fuerte entre los comentarios cinéfilos y que involucra también a ciertos géneros: es más fácil hacer llorar que reír. Si uno se atiene al derrotero que propone la película de Garth Davis, es difícil no involucrarse y entregarse al juego de las lágrimas que su historia (por otra parte, verídica) propone. Y no hay por qué sentirse culpable. Sin embargo, se puede ir más lejos, tomar la distancia necesaria (que se borra durante la proyección) y atender a ciertos mecanismos que, en todo caso, incitan a que el recuerdo se disipe rápidamente. Y no hay que ser masoquista para ello; solo atender a cómo opera la industria en los relatos que construye.

El protagonista es Saroo, un niño que se pierde en un lugar en la India y luego es adoptado por una familia australiana. El filme se divide en dos partes y en la primera desarrolla el riesgoso itinerario que afronta el chiquito extraviado con todos los recursos posibles para explotar la fotogenia de su rostro y, al mismo tiempo, transferir su dolor al espectador. Uno de los equívocos más grandes en el análisis es pensar que existe una ligazón de esta media hora inicial con el registro documental de las películas neorrealistas de posguerra, como algunos dejaron entrever. La estética de Davis adopta un modo de representación más publicitario que otra cosa, más cerca de la decoración occidental que del acercamiento estético a una realidad que le es ajena. El marco, terrible por naturaleza, que atraviesa el niño es el de un Oliver Twist edulcorado por ralentis y espejos de colores. Y esto dista del neorrealismo. Como dijera Daney, “Rossellini también daba golpes bajos y era cruel”, pero esa crueldad se aceptaba porque era la que se oponía al lado académico y al sentimentalismo forzado. Toda la secuencia del extravío es durísima por las emociones que involucra y por tratarse de un niño fundamentalmente. No está en cuestión el tema sino su tratamiento. Vuelvo a Daney: “la postal bien pensante de la belleza consensual”. El dolor es una cosa; fotografiar la pobreza con photoshop es otra.

Veinticinco años después la acción se traslada a Australia y ahora estamos como en casa. Cambian los colores. Familia reconocible y héroe más afín con nuestros parámetros narrativos. El drama encuentra su cauce: la búsqueda de la madre y del hermano es un fantasma que persigue al protagonista fagocitando su cómoda vida burguesa y todo conduce a terreno seguro para derramar lágrimas sin culpa, apegados a la melodía dulzona y al dolor que nos transfiere la situación. Lateralmente se dirimen algunas cuestiones interesantes tales como la búsqueda de identidad en los tiempos que corren y la dificultad de lo que implica una adopción por parte de familias ricas (como si fueran muñequitos exóticos los niños que vienen de otros lados, una pose reconocible en el mundo del espectáculo de alto voltaje). Sin embargo, quedan en un segundo plano ante la manía por el regodeo sentimental. En esta parte los invitados de lujo serán los golpes bajos, como si nos chantaran un “si querés llorar, llorá” sin ningún pudor. Y si el cine, entre tantas otras cosas, es un refugio catártico, bienvenido sea entonces para los que deseen participar del juego. Los cálculos sirven también para triunfar.

Por Guillermo colantonio
@guillermocolant

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