Crítica: The Unicorn (2019), de Isabelle Dupuis y Tim Geraghty – BAFICI

The unicorn / El unicornio (Estados Unidos – 2018)

Dirección: Isabelle Dupuis, Tim Geraghty / Producción: Isabelle Dupuis / Fotografía: Isabelle Dupuis, Scott Wallace / Montaje: Tim Geraghty / Sonido: Bill Colvin / Música: Peter Grudzien / Intervienen: Peter Grudzien, Terry Lewis, Jopseh Grudzien / Duración: 92 minutos.

Tal vez debamos considerar, después de unos años, que hubo un antes y un después de Tarnation (2004). La película de Jonathan Caouette fue un faro para una cantidad de documentales capaces de combinar la faceta artística con las miserias familiares, un combo recurrente en la salvaje geografía de gran parte de EE.UU. En The Unicorn, de Isabelle Dupuis y Tim Geraghty, el protagonista es Peter Grudzien, el primer músico gay de country, condición que lo confinó a los márgenes de la industria inevitablemente. Pero la película no se pretende a la manera de un biopic ni mucho menos, sino que se organiza a partir de registros fílmicos y materiales caseros obtenidos principalmente en el período 2005-2007 para dar cuenta de las formas en que el arte y la disfuncionalidad familiar suelen ir de la mano. Y allí están los documentalistas para descubrir un ámbito que oscila siempre entre la calma y la tormenta, el arte y el infierno cotidiano, donde la locura es un signo omnipresente. Hay un trío compuesto por Peter, su hermana y su padre, cuya observación pone a prueba también al espectador, quien se verá movido hacia una frontera entre la tragedia y la comedia, dada la excentricidad de los personajes, envueltos en litigios y estados alterados. Esta característica confirma una vez más esa tensión que surge a partir de un delgado límite entre las miserias humanas como forma de espectáculo y un acercamiento de la cámara fundado en el asombro y la posibilidad de descubrimiento. Que se mantenga ese conflicto es una virtud de los realizadores.

Pero también hay una película sobre un músico, y en todo caso, una celebración de aquellos espacios subterráneos donde se forjan estas identidades a los golpes, por afuera de las instituciones que controlan las voluntades y castigan, incluida la familiar. En medio del caos, el arte es la única forma de refugio. Son numerosos los pasajes en los que vemos a Peter componiendo, escuchando música, aún en las condiciones más adversas, sacando humo con su pipa. Las canciones atraviesan su vida, sea en un bar gay donde acude a cantar y a recitar o en medio de un ámbito plagado de objetos donde un gato negro circula sin tapujos. Hay momentos de humor y de dolor, más frecuentes estos últimos, sobre todo cuando su paranoia aumenta proporcionalmente a la intención de los primos por sacarlo de la casa. No obstante, nunca se dramatiza la situación ni se la manipula.

Este aspecto de la composición abre una arista interesante, sobre todo en tiempos donde la tecnología permite hallar tesoros escondidos. También lo hacen los documentales sobre músicos de culto o no consagrados por su naturaleza contestataria. Peter Grudzien ha compuesto canciones desde los 16 años y grabó un disco indigerible para el canon de la música country de la década del setenta, cuyo título es el de la película. El impacto de este artista gay en un universo machista era para el género tan rupturista como Dylan enchufando la guitarra eléctrica en el famoso concierto de Newport. No obstante, esa mezcla de psicodelia con folk fue inaceptable. Por lo menos hasta hoy. Peter ya no está, pero dos realizadores parecen hacer justicia ante la omisión.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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