Crítica: Sinfonía para Ana (2017), de Virna Molina y Ernesto Ardito

Sinfonía para Ana  (Argentina – 2017)

Dirección: Virna Molina y Ernesto Ardito / Guion: Virna Molina y Ernesto Ardito / Fotografía: Fernando Molina / Elenco: Isadora Ardito, Rocío Palacín, Rafael Federman, Ricky Arraga, Rodrigo Noya, Vera Fogwill / Duración: 119 minutos.

YO RECUERDO

Esta película se presenta como la ópera prima de ficción del dueto de directores Virna Molina y Ernesto Ardito, realizadores de varios documentales de repercusión internacional como el reconocido Raymundo (2003), y las series Memoria iluminada y El futuro es nuestro, entre otras obras.

El filme es la adaptación de la novela homónima de Gabriela Meik que captura de manera autobiográfica sus vivencias adolescentes en el Nacional Buenos Aires, en aquellos tiempos en los que la sombra de la dictadura se instalaba en nuestra historia nacional. Hoy muchos de sus personajes, amigos de su época de estudiante, han desaparecido o aún se encuentran exiliados.

En el año 2004 la autora publica y presenta la novela como homenaje a su mejor amiga, Magdalena Gallardo, quien fue la alumna desaparecida más joven del Nacional Buenos Aires con tan solo 15 años. Esta novela de corte documental capturó la atención de Molina-Ardito que trabajaron durante dos años para realizar la transposición al formato cinematográfico.

La historia narra la vida juvenil de Ana (Isadora Ardito), estudiante del Nacional Buenos Aires y su amiga Isa (Rocío Palacín), en esos años 70 que eran para ellas momentos de amor y rebeldía. Dos situaciones serán los motores de un cambio esencial en la vida de Ana: la aparición de Lito (Rafael Federman) que hace real la llegada del primer amor y la militancia política que se transforma en su otra gran pasión. Entre esos dos amores, los miedos, y la realidad sociopolítica que se va complejizando día a día, Ana deberá apostar entre la lucha por sus ideales y ese romance de idilio juvenil. Aún cuando su vida se pone en riesgo, ella apuesta, y ya no habrá forma de detenerse.

Este filme que aborda nuevamente el tema de la época de la represión, ajustando el punto de vista al de una joven adolescente y su universo, no logra plantear una mirada renovadora a este asunto de interés sociopolítico y humano. Ni la mirada de la joven, ni el mundo de la estudiantina con sus deseos de libertad logran revelarnos nuevas dimensiones emocionales o conceptuales.

El guion se ahoga en varios estereotipos que anulan la identificación con los personajes y sus padecimientos. Por fuera de las figuras protagónicas Ana, Isa, Lito y otros personajes que configuran el mundo de la militancia escolar, se presentan las figuras parentales con una debilidad dramática notoria.

Vera Fogwill (madre de Ana) y su padre (Javier Urondo), conforman un dueto que oscila entre la preocupación desesperada al bode del melodrama televisivo, o pasan a una suerte de pasividad en grado cero. En su casa hay un poster del Che y un libro de Paco Urondo que no entendemos si decoran el lugar o si realmente funciona como símbolo ideológico del núcleo familiar. Porque la carga ideológica de estos elementos, entre otros, nunca se ponen en juego en una escena inquietante o un diálogo.

Por otro lado, Ana se debate entre perder o no la virginidad con Lito, tema que que parece preocuparla al punto tal de tener el mismo valor de conflicto que ser o no ser una futura montonera. Es realmente inverosímil que este hecho se presente en estos términos. Si en la novela esto tenía un nivel de protagonismo central, las decisiones de adaptación fueron desgraciadamente erradas, pues no hay empatía ni verosímil que sostenga el contraste entre un tópico tan naif para el espectador actual cuando lo contrastás con algo tan trascendental como la militancia y sus riesgos. Y si nos tiene que conmover el contraste por su ingenuidad, definitivamente no lo logra.

El trabajo en el tratamiento visual es realmente destacable, especialmente en el uso mixto de material de archivo, del falso archivo, de las imágenes como recuerdos unidas a las cuidadas secuencias del presente del relato que se hilan con una claridad narrativa sin grietas y con una fineza estética destacable. Esa mixtura de los diversos planos discursivos, los documentales y los ficcionales, es claramente un terreno de dominio absoluto de ambos realizadores. Un logro impecable el abordaje de “la estética del recuerdo”.

Pero cuando se filma para volver a terrenos temáticos como estos, el espectador exige sin duda alguna apuesta de otro riesgo y otras capas de revelación en el contenido que produzcan una reflexión resignificadora. Sino lo que nos queda es un sabor a todo esto ya lo he visto, y hasta lo he visto mejor”.

Por Victoria Leven
@victorialeven

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