Crítica: Re Loca (2018), de Martino Zaidelis

Re Loca (Argentina – 2018)

Dirección: Martino Zaidelis / Guion: Martino Zaidelis, Andrés Aloi con la colaboración de Sebastián De Caro; basado en el guión de “Sin filtro” escrito por Nicolás López y Diego Ayala / Producción: Sebastian Aloi, Axel Kuschevatzky / Dirección de fotografía: Lucio Bonelli / Música original: Emilio Kauderer / Montaje: Cristina Carrasco, Martino Zaidelis / Intérpretes: Natalia Oreiro, Fernán Mirás, Diego Torres, Gimena Accardi, Pilar Gamboa, Hugo Arana, Malena Sánchez / Duración: 94 minutos.

Desde la primera escena nos enteramos que los días de Pilar (Natalia Oreiro) comienzan de manera insoportable sin todavía haberse ido a dormir. Su marido (Fernán Mirás), un pintor holgazán y vividor no la deja dormir por culpa de sus ronquidos y su flatulencia nocturna. Arriba, un vecino extendió su fin de semana y sigue de after. En la habitación de al lado, su hijastro, igual de vago que su padre, se la pasa de joda con amigos y filmando películas porno dentro del departamento. A todo esto, su ingenuo ex novio devenido en amigo (Diego Torres), le manda mensajes a medianoche hablándole de su futuro casamiento. Al despertarse todo sigue peor. Los taxistas y automovilistas la minimizan e insultan creyéndose dueños de la calle. Al llegar a la agencia de publicidad donde trabaja, se entera que contrataron a una joven influencer para a darle esa nueva imagen, esa pátina de modernidad y juventud de la que ella, por una cuestión generacional, no tiene.

El día parece no terminar y las tensiones aumentan cada vez más hasta que de buenas a primeras explota. Pero no como el protagonista de Un día de Furia, sino peor, hacia adentro: sufre un ataque de pánico. Decide entonces salir a despejarse en el Puente de la Mujer donde como un maná en el desierto se encuentra con un sanador espiritual (Hugo Arana) que además de prestarle su oreja para depósito de sus angustias, la instruye en un ritual casero para afrontar sus miedos. A la mañana siguiente, Pilar despierta siendo otra. Ha adquirido el superpoder de decir lo que siente, tal como sale de fábrica, sin injerencias del Yo ni del Superyo.

Sin embargo, todo superpoder tiene sus efectos colaterales y lo que en un primer momento la ayuda a combatir los micromachismos cotidianos, a sincerarse frente a lo que piensa de su esposo, a ganar coraje para renunciar a su trabajo, comienza a ser perjudicial tanto para otros como para ella. De todas las palabras que dispara algunas traen escondidas clavos que terminan hiriendo los sentimientos de su círculo íntimo. Al final, la premisa de que hay que romper todo y construir sobre los escombros que le dicta el personaje de Hugo Arana queda a medias. Pilar rompe todo, arregla algo y se va sin nada, manejando por la autopista, haciéndose cargo de su locura, por suerte, con más gracia que desgracia.

Como se ve la historia sigue exactamente el mismo orden de escenas, el mismo estereotipo de personajes, el mismo guion prefabricado que Sin Filtro (2016), película del chileno Nicolás López en la que está basada -que a su vez ya tuvo su remake española de la mano de Santiago Segura este mismo año. La variación de Re loca entonces pareciera ser muy leve. Un argumento idéntico, solo que con actores de diferente nacionalidad. Sin embargo, es en esta ambientación localista y sobre todo, en el impecable elenco donde la película de Martino Zaidelis adquiere fuerza, sentido de existencia (y pertenencia). No olvidemos que estamos frente a una comedia donde se putea, y mucho. Y si hay algo que le gusta a una parte importante del público argentino es una buena puteada, fuerte y a lo criollo. Y qué estas barbaridades salgan de la boca de Natalia Oreiro, ligada siempre a esa imagen de mujer graciosa y carismática pero carente del plus explosivo que sí tiene por ejemplo Erica Rivas, es el mayor acierto del director. Desde su histrionismo hasta la manera en que manda a todos a la mierda en la segunda mitad, la actuación de Oreiro es absorbente durante todo el largometraje. Verla en personaje de mina sacada es como estar frente a un niño pequeño que dice sus primeras malas palabras, y esto, termina siendo recibido con una mezcla de simpatía y sorpresa que divierte, entretiene y por lo tanto, funciona.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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