Crítica: Proyecto Florida (2017), de Sean Baker

Proyecto Florida / The Florida Project (Estados Unidos – 2017)

Dirección y edición: Sean Baker / Guion: Sean Baker, Chris Bergoch / Producción: Sean Baker, Chris Bergoch, Kevin Chinoy, Andrew Duncan, Alex Saks, Francesca Silvestri, Shih-Ching Tsou / Fotografía: Alexis Zabe / Intérpretes: Brooklynn Kimberly Prince, Bria Vinaite, Willem Dafoe, Valeria Cotto / Duración: 111 minutos

El comienzo de Proyecto Florida no podía ser mejor. Un plano que abre con chicos, travesuras, corridas y una discusión entre mayores que, lejos de terminar en escándalo, fortalece el espíritu comunitario en medio de la adversidad. Nada es fácil para este vecindario de color lila cuya fachada simula un castillo que no fue y donde lo real se materializa adentro de cada habitación. En una de ellas viven Halley y Monee, madre e hija, aunque parecen ser una ya que los roles de adulta y niña son perfectamente intercambiables. Cómplices, felizmente irresponsables e incorregibles, sobreviven en esta historia cuyo escenario es el lugar donde originalmente hubiera estado el paraíso artificial de Disney y que ahora aparece como un gran predio hotelero con gente que, como tantísimos americanos, han quedado excluidos de los planes de Mr. Trump. Ese mundo alejado del idílico parque es visto, disfrutado y padecido por  Moone quien, junto con sus amigos, hace de las suyas.

El encargado de mantener el lugar y de soportar todas las demandas es el enorme Willem Dafoe. Su presencia, contenida y siempre justa, está a la altura del punto de vista del director: lejos de la moralina, del sentimentalismo y bien cerca de la vida. Bobby es como un superhéroe dentro del complejo, por momentos, contenedor, y otras veces especie de guardia cárcel. Es el centro del huracán adonde confluyen todos los conflictos y si los enfrenta, trata de impartir justicia, siempre con un sentido de moderación y sin violencia. La escena clave que lo confirma como protector se da cuando echa a patadas a un pederasta que se acerca adonde juegan los niños. En este sentido, hay algo notable en la demarcación de espacios que establece la mirada de Baker: el peligro mayor no está en quienes cruzan hacia “el reino de la diversión” buscando pertenecer, tratando de vender perfumes o soñando con disfrutar aunque sea un rato de los placeres de los ricos, sino en esos mismos ciudadanos de apariencia normal que cruzan para este lado para cometer sus delitos encubiertos con máscaras de familia sana y funcional. O aquellos, como la pareja de turistas brasileños, que llegan equivocadamente al complejo y despectivamente dicen estar rodeado de “un proyecto de gitanos”. Cuando los otros, “los olvidados” como dijera Buñuel, van a la supuesta civilización, la respuesta es la indiferencia. Baker introduce dos o tres tensiones lo suficientemente elocuentes para no andar gritando, pequeñas descargas eléctricas que alteran el entorno cotidiano y nos ponen en una perspectiva ideológica clara: hay gente de mierda en este mundo dispuesta a desarmar cualquier forma de comunidad y de felicidad. Van desde pedófilos hasta oportunistas, de ricachones sin escrúpulos hasta presidentes mediáticos, pasando por todas las esferas de poder. Sin embrago, lejos de caer en una visión estereotipada, también existen los conflictos internos al vecindario, las decisiones de los padres con respecto a sus hijos y las consecuencias. En este sentido, la relación de Halley con su amiga estalla a partir de una travesura de los niños (con verdadera actitud punk, hay que decirlo) en un condominio abandonado. El problema pone en evidencia las diferencias dentro del grupo y confluye en un cuadro dramático para nada idílico, pero realista, sobre todo para los que disfrutan de la pornomiseria.

El vínculo de Moone con su problemática madre es más fuerte que todas las adversidades juntas, incluso contra los obstáculos controladores de los asistentes sociales, tan torpes como las leyes que regulan la adopción y la tenencia de los niños. Si el cine es el arte del presente, el mejor ejemplo es la explosión de energía y la sensación de lo inacabado que contagian las dos mujeres cuando disfrutan y transgreden la entraña de una sociedad de consumo ajena a los problemas que atraviesan los más excluidos, una haciendo de adulta, la otra de niña, en un universo visual que Baker recrea con colores pastel. Y como es un director sumamente inteligente, no evade las perversiones de un sistema devorador pero tampoco las enuncia con trazos gruesos. Para ello recurre a pinceladas de humor y sobre todo no se resigna a perder humanidad. Por eso, el inolvidable final. Frente a la opresión y a la tristeza, lo mejor es correr, huir, ser libre.

Por Guillermo Colantonio
@guillermocolant

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