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Crítica: Pendular (2017), de Julia Murat

Pendular (Argentina / Brasil / Francia – 2017)

Dirección y edición: Julia Murat / Guion: Julia Murat y Matías Marini / Fotografía: Soledad Rodrigues / Música: Lucas Mercier y Fabiano Krigier / Coreografía: Flavia Meireles / Intérpretes: Raquel Karro y Rodrigo Bolzan / Duración: 108 minutos.

¿Hasta qué punto una unión amorosa entre dos personas puede terminar afectando la privacidad? ¿Hasta qué punto es mejor cocerse la boca para que los secretos y los pensamientos de uno sobre el otro no resquebrajen las comisuras de aquello que han construido? Bajo esta idea, la directora y guionista Julia Murat compone con una atractiva fotografía (eso sí, por momentos la imagen se vuelve exageradamente pulcra y estetizada a tal punto que parece una composición de alguien diagnosticado con algún tipo de trastorno obsesivo compulsivo), una película que utiliza el espacio y toda su carga metafórica como medio para el tema del filme: la relación de pareja.

En este caso, una inmensa fábrica abandonada ubicada en los suburbios de “alguna” ciudad brasilera, se vuelve el hábitat de una pareja de artistas treintañeros con cierto encanto descontracturado y snob (“él”, escultor, “ella”, bailarina de danza contemporánea). Y si digo “alguna ciudad” es porque en parte lo original de Pendular es su desinterés descomunal en vehiculizar el filme a través de la palabra. De modo que las acciones que ocurren silenciosamente y en privado tienen más peso que la verbalización de las emociones, logrando que cuando sucede lo contrario, la historia recobra una mayor energía dramática. En otras palabras: acción-contracción.

Sin embargo, pareciera haber algo de desconfianza al mudismo propuesto, cierta inseguridad frente a lo que muestra la pantalla obligando al relato a estructurarse mediante cuatro bloques delimitados bajo un concepto en particular. En cada etapa se busca hibridar el proceso artístico con el estado de la relación amorosa: si hay crisis en la pareja también lo habrá en lo creativo. Pero, así como las cuatro paredes que encierran ambos talleres son simbólicamente el sitio conflictual, hay un segundo escenario donde lo salvaje vence al raciocinio y la lucha de egos queda solapada: la cama. Así, son varias las escenas en las que Murat filma el sexo de forma explícita, desvaneciendo los límites entre un cuerpo y el otro e integrando la escultura y la danza en un único movimiento.

Es verdad que la referencia a Dogville de Lars Von Trier está en forma de cita textual e inevitablemente visual, pero lo de Pendular no es tanto un experimento con lo teatral, sino un valioso ejercicio de ventriloquia espacial. Por ejemplo, las puertas con rejas de hierro que encarcelan la fábrica o una cinta adhesiva naranja sobre el piso que no solo divide físicamente los respectivos espacios laborales de cada uno, sino que adquiere un sentido metáforico relacionado a los límites que circunscriben una relación amorosa. Límites sujetos a las inquietudes y deseos personales, límites borrosos, inestables y siempre propensos a cortarse.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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