Crítica: Parasite (2019), de Bong Joon-ho

Parasite / Gisaengchung (Corea del Sur – 2019)

Dirección: Bong Joon-ho / Guión: Bong Joon-ho y Jin Won Han / Fotografía: Hong Kyung-Pyo / Música: Jae-Il Jung / Edición: Yang Jinmo / Intérpretes: Song Kang Ho, Lee Sun Kyun, Cho Yeo Jeong, Choi Woo Shik, Park So Dam, Lee Jung Eun y Chang Hyae Jin / Duración: 132 minutos.

La definición de la palabra “parásito” para la Real Academia Española es la de un “organismo animal o vegetal que vive a costa de otro de distinta especie, alimentándose de él y debilitándolo sin llegar a matarlo”, esta definición encierra parte del significado del título del filme que se sumerge en las aguas del mundo parasitario que habita nuestra sociedad contemporánea.

Desde esa idea disparadora surge con fuerza la trama del último y potente filme de Bong, donde una familia de clase baja invade el status quo de una familia de clase alta y la imagen de lo parasitario se nos instala entre los “desclasados” y los “elegidos” por el sistema, pero la verdad es que el fagocitamiento no termina allí, sino que solamente empieza.

Si los pobres intentan ser los parásitos de los ricos, los ricos son los parásitos del sistema, los parásitos del poder del gran fantasma “el capital” y así se arma una cadena de oprimidos y opresores que forman un esquema reiterativo y absurdo: quienes se comen a quienes, quien “parasitan” a quien, sin duda un espejo caricaturizante de la realidad y del esquema de funcionamiento de nuestra sociedad en su costado más patológico.

En Parasite la familia marginal vive en un sótano, o sea en los mundos subterráneos en el “por debajo de la línea de la tierra”, y los ricos viven “escaleras arriba” allí donde podríamos pensar que su jardín se parece a un préstamo transitorio del paraíso en la tierra.

Pero esa casa majestuosa, es a la vez un mundo infernal. En sus propios sótanos y pasadizos internos se esconde otra vida marginal, la vida de otros parásitos que competirán con la nueva familia invasora. Cuando esto se descubra, en medio de una fiesta familiar, se desatará la tragedia total de esa lucha de clases, los pobres se amasijarán entre pobres y el pater familia de los ricos morirá acuchillado en esa puja de poder, porque es el pater opresor.

Ni los ricos son buena gente, ni los pobres son santificados por tener una moral incuestionable, tal cual lo vaticinó Luis Buñuel en su filme ateo Viridiana la vida del mendicante puede llegar a límites de crueldad y de invasión inimaginables. Cuando tomamos lo ajeno como propio el resultado es la inevitable caída hacia la destrucción. La voracidad sin límites destruye a todas las clases sin piedad ni distinción de ningún tipo. Es la puerta abismal hacia una decadencia moral irreversible.

Si para estas dos primeras décadas del siglo XXI Parasite se propone como un retrato satírico de nuestra dialéctica contemporánea coreografiando un retrato del discurso del amo y el esclavo, podríamos trazar un lazo con el filme que ya en los años 60 se planteaba como precedente cinematográfico esencial El sirviente (1963) de Joseph Losey, una adaptación cinematográfica de la obra teatral de Harold Pinter guionada por el mismo Pinter, que es sin duda una joya cinematográfica.

Bong no propone la misma parábola del amo y el esclavo que Losey pero sus similitudes temáticas y morales son inevitables. Así como Dirck Bogarde, el futuro mayordomo que deviene luego en nuevo amo, viene de las claocas, la familia de este filme viene del sótano, del subsuelo del mundo. En ambos casos los valores metafóricos de la casa, las conexiones explícitas entre el arriba y el abajo funciona simbólicamente de maneras similares. La casa de Bong y la de Losey reflejan las contradicciones sociales y humanas, el carácter de los personajes, y como sus protagonistas parecen atrapados en ella, incapaces de salir y cambiar el orden establecido por ese esquema de poder.

Una diferencia sustancial es que así como Losey se refugia en el drama oscuro más radical, Bong Joon negocia el territorio del verosímil, y las absurdidades de trazo grueso amparándose en la narrativa de una comedia negra, absurda y anti naturalista.

La parábola de Bong Joon, aún recorriendo un camino muy opuesto estéticamente al de Losey, arriba a una triste conclusión similar: todo lo que ambiciona el esclavo es llegar a convertirse en el amo. Y así, la promesa final del hijo a su padre nos revela la encrucijada social en la que vivimos, donde la liberación del oprimido, aún en sus propias fantasías es la de ser “el otro”.

Por Victoria Leven
@LevenVictoria

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