Crítica: Mil veces buenas noches (2013), de Erik Poppe

Mil veces buenas noches / Tusen ganger god natt (Noruega / Suecia / Irlanda – 2013)

Director: Erik Poppe / Guión: Harald Rosenløw Eeg y Erik Poppe/ Fotografía: John Christian Rosenlund / Música: Armand Amar / Edición: Sofia Lindgren / Intérpretes: Juliette Binoche, Nikolaj Coster-Waldau, Maria Doyle Kennedy, Larry Mullen Jr. y Mireille Darc / Duración: 117 minutos

ETERNO RETORNO DEL DUELO

Con una secuencia inicial que eriza la piel, Mil veces buenas noches viene a contar una historia de tensión entre el deber y la pasión. Una historia que muestra los recovecos íntimos de un mundo en el que no todos sus habitantes tienen el privilegio de vivir a salvo. Y es ahí, en estos lugares olvidados por Dios, en donde la cámara de Erik Poppe se ubica para ofrecer un punto de vista singular que marca, todo el tiempo, el peso de la dicotomía que se presenta en la piel de Rebecca (Juliette Binoche), una reportera gráfica de zonas en conflicto, quién luego de un grave accidente debe decidir entre continuar con su trabajo o quedarse en casa con su familia.

Tras presenciar la ceremonia ritual en la que una mujer afgana es preparada para inmolarse, Rebecca decide ir un paso más allá, y acompañar el periplo de la mujer-bomba hasta el último minuto posible. Su fervor por documentar una historia impresionante la enceguece, y dominada por la pasión, comienza a sentir miedo. Pero ya es tarde, y ahora habrá que poner el cuerpo hasta el final. La bomba explota, y ¿Rebecca? En el plano narrativo, sobrevive, mientras que metafóricamente muere: en la explosión se salvó su cuerpo pero no su mente.

Mil veces buenas noches juega con las oposiciones que se manifiestan en dos sentidos, por un lado, le otorgan ritmo al filme, pero por el otro, logran que el espectador no tenga sólo un punto de vista, sino múltiples. Las oposiciones también se plantean en torno al tema de la película y obligan a la audiencia a ponerse en la piel de Rebecca y pensar qué harían en su lugar. Porque Rebecca conservó su cuerpo y volvió a su hogar, pero lo que debería haber sido una cálida bienvenida se transformó en una lista de cuestionamientos. Su marido y dos hijas ya no pueden volver a tolerar otro viaje más en el que nadie sabe si regresará a salvo.

Entonces, ¿cómo mantener una distancia profesional ante la crudeza de un contexto en el que la muerte acecha y la vida no tiene valor? ¿Debe el fotógrafo intervenir?, o ¿Sólo debe documentar desde la neutralidad? ¿Y si su vida corre peligro? Muchas son las preguntas y pocas las respuestas, porque la discusión es harto extensa y la solución imprecisa. La ética roza los límites de los derechos humanos y mientras la adrenalina advierte la inminencia del desastre, la mano firme nunca deberá soltar el aparato fotográfico, ese dispositivo que media entre la razón y la pasión, entre la realidad y la ficción construida desde la parcialidad de otro ser humano que también está sufriendo las consecuencias de no saber si ese instante será la última imagen de su vida.

Binoche se roba la película, y en sus “apariciones” escénicas, su presencia parece recodar un vagabundeo fantasmal. Está pero no está, y su habitar es efímero, silencioso y agazapado. Ubicada en la oscuridad del plano, merodea por los sitios que alguna vez la recibieron pero que ahora la rechazan. Puede parecer que la expulsión provenga por fuera de sí, pero lo cierto es que la no presencia es producto de su estado mental. ¿Cómo olvidar aquellos niños volando por el aire?

Tal vez la comparación suene pretenciosa, pero para ilustrar el concepto que expongo acerca del vagabundo de Rebecca, no estaría mal establecer una relación con el personaje que la misma actriz realizó en Bleu (Krzysztof Kieślowski, 1993) en donde una mujer sobrevive a la muerte de su marido e hija en un accidente automovilístico. Tanto Rebecca como Julie son cuerpos invisibles que “des habitan” la escena en búsqueda de recuperar algo de paz. Poppe seguro pensó en esta conexión cuando decidió poner en escena un móvil (colgante generalmente artesanal que se ubica en puertas o ventanas como “llamadores”). Quienes recuerden Bleu podrán establecer la misma relación, con seguridad, porque en ambos filmes este elemento es central para la comprensión simbólica y el goce estético. En Bleu funciona como recuerdo y huella del dolor, en Mil veces buenas noches, como advertencia de lo que pudo haber sido.

Mil veces buenas noches es la puerta de entrada a un mundo para la mayoría vedado y lejano, pero lo que oculta en el fondo es la guerra no sólo como conflicto territorial sino también como drama interior de una madre que cada vez que saluda a sus hijas antes de dormir activa el crudo proceso de un supuesto duelo, que en un abrir y cerrar de ojos puede transformarse de simulacro a realidad.

Por Paula Caffaro
@paula_caffaro

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