Crítica: Mi vieja y querida dama (2014), de Israel Horovitz

Mi vieja y querida dama / My Old Lady (Reino Unido – 2014)

Dirección: Israel Horovitz / Guion: Israel Horovitz, sobre su pieza teatral / Fotografía: Michel Amathieu / Música: Mark Orton / Edición: Jacob Craycoff y Stephnanie Ahn / Diseño de producción: Pierre François Limbosch / Intérpretes: Maggie Smith, Kevin Kline, Kristin Scott Thomas, Dominique Pinon / Duración: 107 minutos.

JUEGO DE CAJAS HEREDADAS

“Tiene usted una vida por delante, Mathias; no hay riqueza mayor. Yo soy una anciana. – reflexiona Mathilde –. No hay nada más extenuante que la exasperación y usted me ha exasperado. Por favor, ¿podría dejarme sola?”.

El cansancio de Mathilde Girard (Maggie Smith) poco tiene que ver con sus 92 años; por el contrario, se debe al reencuentro con el pasado, con ciertas verdades ocultas que luchan por resurgir del olvido y hacerse carne en la herencia. Porque, en efecto, lo que se subraya de forma constante en Mi vieja y querida dama es que la herencia no sólo se despliega en tanto legado material, como la gran casa en París obtenida por Mathias Gold (Kevin Kline) en el testamento de su padre – con el aditamento de un desconocido tratado de usufructo vitalicio entre él y Girard –, sino también referido a los modos de vida, de relacionarse con otros o con el mundo, de sentir o actuar.

Pero esta resignifiación no se completa sin la interacción de un tercer personaje: Chloe (Kristin Scott Thomas), la hija de Mathilde que vive junto a ella en la casa y quien no esconde su desagrado ante el nuevo inquilino/dueño. Por tal motivo, la mujer adquiere una doble función: por un lado, se sitúa como la bisagra entre su madre y Mathias; por otro, es a partir de las discusiones con Gold que ambos revelan sus sentimientos más íntimos y se redescubren en su vulnerabilidad. Esto también ocurre gracias a la intervención de algunos objetos ya sea fotos o la libreta de Mathias casi al final de la película.

De todas maneras, el trabajo más interesante de la opera prima de Israel Horovitz, curiosamente basado en la novela homónima escrita por él mismo, es el tratamiento y la construcción del relato como una suerte de mamushkas: cada muñeca se descubre debido a las preguntas formuladas por Mathias hacia la señora Girard sobre su vida privada, dudas que parecen ingenuas pero que pronto se convertirán en algo determinante. De igual manera, las respuestas claras de la dama destapan el peso de recuerdos abrumadores.

El juego de cajas chinas, aunque aquí se trate de una inglesa (señora Girard), una francesa (hija) y un norteamericano, despliega entonces un arsenal de preguntas, respuestas, recuerdos y sentimientos que ahonda en las fibras más finas de los personajes, sobre todo en cuestiones de la infancia o juventud, despojándolos del bagaje personal, incluso, de sus propias certezas. Ese desplazamiento de lo más general hacia lo particular no sólo opera en conjunto con la recontextualización del concepto de herencia, sino que además hace posible la mostración de los personajes en su propia vulnerabilidad, en sus rasgos más humanos y, a la vez, más brutos.

La última muñeca se deja ver en todo su esplendor y exhibe la condensación del recorrido de cada uno de los miembros: la herencia vuelve a reconfigurarse con la esperanza de que, esta vez, sea la definición correcta.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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