Crítica: Lúa vermella (2020), de Lois Patiño – MDPFF35

Lúa vermella (España – 2020)
35 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata: Competencia Estados Alterados

Dirección, Guion y Fotografía: Lois Patiño / Producción: Felipe Lage Coro, Iván Patiño /  Montaje: Pablo Gil Rituerto, Óscar de Gispert, Lois Patiño / Sonido: Juan Carlos Blancas / Dirección de Arte: Jaione Camborda / Intérpretes: Ana Marra, Carmen Martínez, Pilar Rodlos, Rubio de Camelle / Duración: 84 minutos.

En las costas de una aldea en Galicia, todo está quieto. La comunidad entera ha quedado inmóvil. Cada uno de los habitantes se encuentra atrapado en su propio organismo bajo un estado vegetativo, de profunda somnolencia. No son zombies porque su materia no está degradada. Más bien son espectros, almas enfrascadas en cuerpos paralizados que tal vez por una maldición, un conjuro, un hecho que no queda del todo claro, han quedado condenados a habitar un limbo en el que no están ni completamente vivos ni completamente muertos. En ese universo lo sólido es una cualidad imposible y, si bien todo está estático, nada está en su lugar. Entre cada una de las viñetas, se filtra una voz proveniente de otro tiempo y lugar que habla de la desaparición de un tal Rubio, un marinero que supo encontrar más de cuarenta cadáveres de náufragos en el océano. También hay otras voces que flotan desprendidas de los cuerpos y que cuentan, por ejemplo, como uno encontró una persona en el agua pero al querer agarrarla se le cayeron las tripas y sus brazos quedaron sosteniendo “la piel azul vacía”. Otra cuenta que cuando se mira al espejo, ve salir humo de su cuerpo. Otros se preguntan hace cuanto tiempo es que están bajo la luna roja, si hace mil o hace cien años. El universo que arma el realizador Lois Patiño es uno donde el tiempo transcurre horizontal en comunión con el movimiento de las olas y el viento. Un tiempo sin picos ni pliegues que le sirve para hablar de una idea de lo mítico donde las leyendas de Galicia -con sus meigas y sus conexiones con planos supraterrenales- se alimentan de las bestias marítimas salidas de los cuentos de Lovecraft. Sin embargo, al transcurrir el visionado, uno comienza a preguntarse por la forma que tiene esa idea de lo mitológico.  ¿Cuál es la lógica que dictamina que al plano X le siga un plano Y y que al plano Y le siga un plano Z? ¿Realmente importa que la historia esté situada en Galicia? ¿Cuál es la lógica en todo esto?

Es innegable el efecto pendular que consigue al ir y venir de lo pesadillesco a lo meditativo. Como también es innegable la belleza que despiertan varias de sus composiciones, algunas a la altura de cualquier cuadro de Caspar David Friedrich. Como el pintor romántico, para Patiño frente a la imponencia de la naturaleza, el hombre es intrascendente, una pequeñez fútil y pasajera. Sus postales consiguen capturar parte de esa concepción escurridiza que es lo sublime. Sus imágenes en verdad generan pregnancia, pero nunca entre ellas. A la vez que fascinan, desconciertan. Resultan más pensamientos estériles, mutilados. Una cabra que aparece sorpresivamente por los pasillos de una casa, ahí donde debería estar la forma humana que segundos atrás predijeron los pasos del Rubio. Un caballo blanco que escapó de algún episodio inédito de Twin Peaks y ahora galopa libre por los caminos del pueblo. Un pez gigante con escamas luminosas y una bocota que emite sonidos extraños desde la oscuridad de la zona hadal. Y de nuevo la pregunta, ¿Cuál es la lógica que organiza éste mito? ¿O es que el Rubio, la Luna Roja, el Monstruo, son acaso una excusa, un molde donde verter todos esos flashes que surgen en el entresueño y que, así como maravillan de inmediato (lo sublime funciona de esa manera), se agotan ni bien se corta al plano siguiente, para a continuación, ¿volver a maravillarse olvidándose del anterior y así? Más que un armazón narrativo, Lúa Vermella es una serie de pensamientos retráctiles: eso que uno anota y después resulta ilegible. De ahí su hermetismo. Su lenguaje es la tartamudez. Como sus espectros, es lo que late pero no tiene vida. Aquello que se mueve pero hacia adentro. No hay traslación porque se niega el tiempo lineal, pero tampoco se profundiza la circularidad. Más bien se estanca en la misma palabra, en el mismo concepto, hasta pulverizarlo una y otra vez. Más que una continuidad de la basculación contemplativa del oleaje del mar, Lua Vermella se siente como el intento frustrado de querer hacer equilibrio sobre el hielo macizo de un glaciar. Un glaciar donde su superficie encandila la vista y las interpretaciones en vez de encontrar soporte, patinan.

Por Felix De Cunto
@felix_decunto

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