Nuestro puntaje

6/10

Las aspas del Molino (Argentina – 2014)

Dirección, Guión y Edición: Daniel Espinoza García / Fotografía y cámara: Fabio Bastías / Música: Antonio Boyadjian / Sonido: Lucho Corti / Duración: 70 minutos.

BÚSQUEDAS DE VISIBILIDAD

Pantalla cortada: del lado izquierdo, se suceden imágenes de peatones mientras cruzan las avenidas Rivadavia, Entre Ríos o Callao; del lado derecho, múltiples recortes de la confitería El Molino. Esos juegos de imágenes simultáneas convergen en Daniel, un joven chileno que vino a estudiar cine y que vivió durante dos años en un departamento de la confitería El Molino. En efecto, el documental Las aspas del molino, dirigido por Daniel Espinoza García, se construye a partir del entrecruzamiento de los relatos de los inquilinos y de otros testimonios del ámbito político, cultural y filosófico.

El filme no se centra en la historia de la confitería sino en las experiencias de quienes vivieron en ella. De tal forma, se acentúan las historias del realizador del filme, de Santiago, Pato, Emiliano, Daniela, Renato y Luis, jóvenes extranjeros que vinieron al país a estudiar y que debieron aceptar, en primera instancia, las condiciones impuestas por Liliana (locataria) para rentar un lugar en El Molino. Pero, a lo largo de la película, se afirma la denuncia de los jóvenes hacia esa mujer (que tiene la inmobiliaria al lado de la confitería, según los testimonios) que les exigía el pago de seis meses por adelantado pero no les daba copia de contratos o les cobraba por servicios no prestados, como el ascensor o el agua. Al mismo tiempo, se presenta una señora llamada Antonia Di Caro, propietaria de un departamento del lado de la avenida Callao, amueblado al estilo Luis XVI.

El documental se apoya en la idea de contraste para crear tensiones y matices que desarrolla en varias etapas. En un primer momento se presentan testimonios de la gente que pasa por la esquina del edificio, a quienes le preguntan qué significa la confitería y qué medidas tomarían respecto a sus condiciones edilicias. “Que lo garpe el que la arruinó, yo no”, dice una mujer. O un señor que enfatiza la calidad de los materiales usados para su construcción.

En un segundo momento se intercalan diferentes opiniones sobre la confitería como símbolo de la ciudad. Según el filósofo Esteban Ierardo, el ícono en Buenos Aires funciona desde un sentido oculto, como un espacio de significación que convierte a la ciudad en una forma de estar en el mundo. Mientras que Luis Grossman, director del Casco Histórico de la ciudad de Buenos Aires, confirma que la confitería no puede transformarse en museo por el tipo de construcción, la sensación espacial y las alturas.

Esta tensión también se acentúa entre las presentaciones del mundo interior y exterior. Por ejemplo, entre el deterioro y la falta de mobiliario de los jóvenes (viven sobre Rivadavia) frente al departamento perfectamente amueblado de la señora Di Caro (vive sobre Callao). En estos casos contribuye también el juego entre luz (departamento Di Caro) y sombra (departamento de los jóvenes). En el exterior, el contraste se evidencia entre el abandono de la confitería, la agrupación fundada por la fotógrafa Paula Acunzo que busca juntar firmas para que se restaure El Molino y se convierta en un museo o espacio cultural, y las diversas manifestaciones que habitualmente se producen frente al Congreso Nacional.

Se podría considerar como punto de confluencia entre estos mundos las imágenes del interior de la confitería tomadas por los estudiantes a través de un respiradero. A pesar de que se trata de pocos segundos de material, pues los inquilinos tenían prohibido ingresar a esta parte del edificio, la grabación opera como único testimonio que revela el abandono de ese espacio al que nadie puede acceder.

El filme incorpora ciertos elementos periodísticos como el uso material de archivo (sobre todo fotos, grabaciones históricas o fragmentos de noticieros) y las entrevistas. También se perciben saltos en la edición, que no se sabe si tienen algún propósito pero distorsionan la película.

Una habitación sumida en la más completa oscuridad y un joven que levanta la persiana de a poco, parece la síntesis del documental: esa lucha entre los aspectos internos y externos que buscan dominarse y hacerse visibles pero que, por el momento, se reducen a simples ecos.

Por Brenda Caletti
redaccion@cineramaplus.com.ar

 

Nuestro puntaje

6/10

Las aspas del Molino (Argentina – 2014)

Dirección, Guión y Edición: Daniel Espinoza García / Fotografía y cámara: Fabio Bastías / Música: Antonio Boyadjian / Sonido: Lucho Corti / Duración: 70 minutos.

BÚSQUEDAS DE VISIBILIDAD

Pantalla cortada: del lado izquierdo, se suceden imágenes de peatones mientras cruzan las avenidas Rivadavia, Entre Ríos o Callao; del lado derecho, múltiples recortes de la confitería El Molino. Esos juegos de imágenes simultáneas convergen en Daniel, un joven chileno que vino a estudiar cine y que vivió durante dos años en un departamento de la confitería El Molino. En efecto, el documental Las aspas del molino, dirigido por Daniel Espinoza García, se construye a partir del entrecruzamiento de los relatos de los inquilinos y de otros testimonios del ámbito político, cultural y filosófico.

El filme no se centra en la historia de la confitería sino en las experiencias de quienes vivieron en ella. De tal forma, se acentúan las historias del realizador del filme, de Santiago, Pato, Emiliano, Daniela, Renato y Luis, jóvenes extranjeros que vinieron al país a estudiar y que debieron aceptar, en primera instancia, las condiciones impuestas por Liliana (locataria) para rentar un lugar en El Molino. Pero, a lo largo de la película, se afirma la denuncia de los jóvenes hacia esa mujer (que tiene la inmobiliaria al lado de la confitería, según los testimonios) que les exigía el pago de seis meses por adelantado pero no les daba copia de contratos o les cobraba por servicios no prestados, como el ascensor o el agua. Al mismo tiempo, se presenta una señora llamada Antonia Di Caro, propietaria de un departamento del lado de la avenida Callao, amueblado al estilo Luis XVI.

El documental se apoya en la idea de contraste para crear tensiones y matices que desarrolla en varias etapas. En un primer momento se presentan testimonios de la gente que pasa por la esquina del edificio, a quienes le preguntan qué significa la confitería y qué medidas tomarían respecto a sus condiciones edilicias. “Que lo garpe el que la arruinó, yo no”, dice una mujer. O un señor que enfatiza la calidad de los materiales usados para su construcción.

En un segundo momento se intercalan diferentes opiniones sobre la confitería como símbolo de la ciudad. Según el filósofo Esteban Ierardo, el ícono en Buenos Aires funciona desde un sentido oculto, como un espacio de significación que convierte a la ciudad en una forma de estar en el mundo. Mientras que Luis Grossman, director del Casco Histórico de la ciudad de Buenos Aires, confirma que la confitería no puede transformarse en museo por el tipo de construcción, la sensación espacial y las alturas.

Esta tensión también se acentúa entre las presentaciones del mundo interior y exterior. Por ejemplo, entre el deterioro y la falta de mobiliario de los jóvenes (viven sobre Rivadavia) frente al departamento perfectamente amueblado de la señora Di Caro (vive sobre Callao). En estos casos contribuye también el juego entre luz (departamento Di Caro) y sombra (departamento de los jóvenes). En el exterior, el contraste se evidencia entre el abandono de la confitería, la agrupación fundada por la fotógrafa Paula Acunzo que busca juntar firmas para que se restaure El Molino y se convierta en un museo o espacio cultural, y las diversas manifestaciones que habitualmente se producen frente al Congreso Nacional.

Se podría considerar como punto de confluencia entre estos mundos las imágenes del interior de la confitería tomadas por los estudiantes a través de un respiradero. A pesar de que se trata de pocos segundos de material, pues los inquilinos tenían prohibido ingresar a esta parte del edificio, la grabación opera como único testimonio que revela el abandono de ese espacio al que nadie puede acceder.

El filme incorpora ciertos elementos periodísticos como el uso material de archivo (sobre todo fotos, grabaciones históricas o fragmentos de noticieros) y las entrevistas. También se perciben saltos en la edición, que no se sabe si tienen algún propósito pero distorsionan la película.

Una habitación sumida en la más completa oscuridad y un joven que levanta la persiana de a poco, parece la síntesis del documental: esa lucha entre los aspectos internos y externos que buscan dominarse y hacerse visibles pero que, por el momento, se reducen a simples ecos.

Por Brenda Caletti
redaccion@cineramaplus.com.ar

 

Crítica: Las aspas del molino (2013), de Daniel Espinoza García

Nuestro puntaje

6/10

Las aspas del Molino (Argentina – 2014)

Dirección, Guión y Edición: Daniel Espinoza García / Fotografía y cámara: Fabio Bastías / Música: Antonio Boyadjian / Sonido: Lucho Corti / Duración: 70 minutos.

BÚSQUEDAS DE VISIBILIDAD

Pantalla cortada: del lado izquierdo, se suceden imágenes de peatones mientras cruzan las avenidas Rivadavia, Entre Ríos o Callao; del lado derecho, múltiples recortes de la confitería El Molino. Esos juegos de imágenes simultáneas convergen en Daniel, un joven chileno que vino a estudiar cine y que vivió durante dos años en un departamento de la confitería El Molino. En efecto, el documental Las aspas del molino, dirigido por Daniel Espinoza García, se construye a partir del entrecruzamiento de los relatos de los inquilinos y de otros testimonios del ámbito político, cultural y filosófico.

El filme no se centra en la historia de la confitería sino en las experiencias de quienes vivieron en ella. De tal forma, se acentúan las historias del realizador del filme, de Santiago, Pato, Emiliano, Daniela, Renato y Luis, jóvenes extranjeros que vinieron al país a estudiar y que debieron aceptar, en primera instancia, las condiciones impuestas por Liliana (locataria) para rentar un lugar en El Molino. Pero, a lo largo de la película, se afirma la denuncia de los jóvenes hacia esa mujer (que tiene la inmobiliaria al lado de la confitería, según los testimonios) que les exigía el pago de seis meses por adelantado pero no les daba copia de contratos o les cobraba por servicios no prestados, como el ascensor o el agua. Al mismo tiempo, se presenta una señora llamada Antonia Di Caro, propietaria de un departamento del lado de la avenida Callao, amueblado al estilo Luis XVI.

El documental se apoya en la idea de contraste para crear tensiones y matices que desarrolla en varias etapas. En un primer momento se presentan testimonios de la gente que pasa por la esquina del edificio, a quienes le preguntan qué significa la confitería y qué medidas tomarían respecto a sus condiciones edilicias. “Que lo garpe el que la arruinó, yo no”, dice una mujer. O un señor que enfatiza la calidad de los materiales usados para su construcción.

En un segundo momento se intercalan diferentes opiniones sobre la confitería como símbolo de la ciudad. Según el filósofo Esteban Ierardo, el ícono en Buenos Aires funciona desde un sentido oculto, como un espacio de significación que convierte a la ciudad en una forma de estar en el mundo. Mientras que Luis Grossman, director del Casco Histórico de la ciudad de Buenos Aires, confirma que la confitería no puede transformarse en museo por el tipo de construcción, la sensación espacial y las alturas.

Esta tensión también se acentúa entre las presentaciones del mundo interior y exterior. Por ejemplo, entre el deterioro y la falta de mobiliario de los jóvenes (viven sobre Rivadavia) frente al departamento perfectamente amueblado de la señora Di Caro (vive sobre Callao). En estos casos contribuye también el juego entre luz (departamento Di Caro) y sombra (departamento de los jóvenes). En el exterior, el contraste se evidencia entre el abandono de la confitería, la agrupación fundada por la fotógrafa Paula Acunzo que busca juntar firmas para que se restaure El Molino y se convierta en un museo o espacio cultural, y las diversas manifestaciones que habitualmente se producen frente al Congreso Nacional.

Se podría considerar como punto de confluencia entre estos mundos las imágenes del interior de la confitería tomadas por los estudiantes a través de un respiradero. A pesar de que se trata de pocos segundos de material, pues los inquilinos tenían prohibido ingresar a esta parte del edificio, la grabación opera como único testimonio que revela el abandono de ese espacio al que nadie puede acceder.

El filme incorpora ciertos elementos periodísticos como el uso material de archivo (sobre todo fotos, grabaciones históricas o fragmentos de noticieros) y las entrevistas. También se perciben saltos en la edición, que no se sabe si tienen algún propósito pero distorsionan la película.

Una habitación sumida en la más completa oscuridad y un joven que levanta la persiana de a poco, parece la síntesis del documental: esa lucha entre los aspectos internos y externos que buscan dominarse y hacerse visibles pero que, por el momento, se reducen a simples ecos.

Por Brenda Caletti
redaccion@cineramaplus.com.ar

 

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