Crítica: La Dosis (2020), de Martín Kraut

La Dosis (Argentina – 2020)
Debido a la crisis sanitaria este filme se estrena simultáneamente en Cine.Ar TV y Cine.AR Play (Gratis durante una semana).

Dirección y Guion: Martín Kraut / Producción: Pablo Chernov / Fotografía: Gustavo Biazzi / Montaje: Eliane D. Katz / Música Original: Juan Tobal / Intérpretes: Carlos Portaluppi, Ignacio Rogers, Lorena Vega / Duración: 93 minutos.

DESPOJOS VISCERALES

Con la mirada levemente perdida y el cuerpo alicaído, Marcos Roldán advierte cómo se le escabullen la carrera y el resto de vida al otro lado del vidrio, en esa unidad de cuidados intensivos que tanto recorrió durante 20 años. Lo que antes era experiencia y profesionalismo, de pronto, se convierte en ocaso y descuido. Ahora, se asemeja a un espectro que deambula entre las lúgubres instalaciones del hospital o engulle solo la lata de arvejas diaria. “Tenía las venas muy finitas –intenta excusarse cuando Gabriel entra a la oficina–. Nunca me pasó”. Éste pretende consolarlo, sin embargo, el reflejo de un paciente en la camilla proyectado sobre el torso del hombre –en una suerte de mundo lejano– acentúa el sentimiento de quiebre. A Marcos no le queda más nada, mientras que el nuevo enfermero promete juventud, simpatía, cordialidad; incluso, luce más alto que él en la escena, como si se impusiera tácitamente una renovación natural.

Ya desde el inicio de La dosis, el protagonista es despojado de los lazos afectivos y de la zona de confort hasta volverse preso de alucinaciones y trucos mentales. Los cajones y muebles vacíos del departamento dan a entender el abandono reciente y su sistema emocional termina en jaque tras la llegada del compañero comprador y el emergente triángulo entre ellos y Noelia, colega y amiga. Cuando ambos frentes lo sumergen por completo en la soledad, el director embiste otra vez quitándole también su secreto, el último vestigio identitario. Descubierto y aturdido, Marcos se transforma en testigo y cómplice de las decisiones arbitrarias de Gabriel y no puede escapar de la red de juegos de dobles y espejos, engaños, ambigüedades, jeringas letales, sinfonías de los aparatos médicos, luces tenues y pasillos desiertos.

Inspirado por una noticia de 2012 en la que dos enfermeros utilizaron la eutanasia en varios pacientes en Uruguay, Martín Kraut confecciona su ópera prima como una versión libre sostenida en superposiciones de capas de sentido, proyecciones translúcidas y una paleta de colores oscura para crear puntos comunes y de desdoblamiento entre Marcos y Gabriel. La creencia de salvación o condena, que roza las fronteras permanentemente para descubrir las similitudes entre los hombres. O las batallas implícitas entre maestro y discípulo para encarnar / poseer lo del otro cargadas de incógnitas e ilusiones. Y la idea de muerte que sobrevuela durante toda la película a través de reconfiguraciones de sentido como el desposeimiento, el fin de un trabajo o de una época, una mudanza, el abandono, la soledad y el fallecimiento propiamente dicho. Un entramado turbio con múltiples pasadizos falsos que enmaraña realidad con imaginación; un desplazamiento del eje que amenaza con revelar aquello más profundo para no volverlo a ocultar.

Por Brenda Caletti
@117Brenn

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